Víctor Guillot

Mi año de asesino: la monstruosa transición alemana

8747

Annalise y Georg Groscurth

La transición española vino a ser el gran pacto entre las fuerzas del capital y las fuerzas del trabajo. Quienes critican actualmente la transición española lo hacen subrayando la permanencia en sus cargos de políticos, jueces y militares que habían sido autores y cómplices del franquismo como ideología, como sistema político o como un lento y desesperante crimen contra los españoles a lo largo de sus treinta y nueve años de existencia. Como ya viene siendo un tópico, Franco lo dejó todo bien atado, y a lo que se ve y ahora también se lee, Hitler no le fue a la zaga. Si bien es cierto que Alemania trató de saldar sus deudas con el nacional-socialismo en los juicios de Nüremberg, su transición hacia la democracia actualmente conocida resultó en numerosos casos mucho más nauseabunda que la española. No hay otra sensación más vaga y a la vez más exacta que la náusea para definir qué se siente cuando se lee Mi año de asesino (Sajalin, 2013), del escritor alemán Friedrich Christian Delius (Roma, 1944), un viaje por tres décadas que marcaron la historia de Alemania que contemplan desde esta especie de confesión novelada lo que fue la resistencia al nazismo durante la segunda guerra mundial, la reincorporación de antiguos nazis a la administración de la RFA, los comienzos de la guerra fría, las convulsas tensiones entre el Este y el Oeste a finales de los sesenta y las primeras algaradas estudiantiles en un Berlín dividido no sólo por un muro sino también y sobre todo por las ideologías.

Es el 6 de diciembre de 1968 cuando el jurado de la Sala de lo Penal de la Audiencia Territorial de Berlín falla absolver al antiguo juez del Tribunal del Pueblo Nacional Socialista, Hans-Joachim Rehse, de la acusación de asesinato en siete casos. En realidad, Rehse tiene a sus espaldas 230 sentencias de muerte contra judíos, comunistas, socialistas y todo aquel que fuera considerado enemigo o traidor del Tercer Reich. La sentencia suena como el disparo de un rifle ante un pelotón. En esta ocasión, en el muro las víctimas son todos los alemanes, sus recuerdos, su posibilidad de escapar de un pozo negro desde cuya hondura claman justicia todas sus víctimas. A esta situación política y jurídica (al juez se le exime de toda responsabilidad penal, según la sentencia, pues el magistrado sólo aplicó la ley vigente de entonces) responderá un estudiante de filosofía que decidirá redimir a todo su país planeando el asesinato de Rehse y escribiendo un libro que justifique su acción. De alguna forma, el crimen y la escritura, el asesinato y el reportaje terminarán fundiéndose para dar legitimidad al mismo tiempo a la palabra y al homicidio, una tema interesante que nos empuja a reflexionar sobre la relación entre pensamiento político, voluntad y acción, entre democracia, violencia y poder y, en términos literarios, la literatura entendida como una forma elaborada de crimen y a la vez de expiación de todos nuestros pecados.

10_6_Bild2_GDW_Groscurth-Havemann_0032781001_0016196a

Georg Groscurth y Robert Havemann

En este caso, la investigación de los crímenes de Rehse se centrará mayormente en una de sus víctimas, Georg Groscurth, un reputado médico alemán y uno de los fundadores de la organización clandestina Europäishce Unión (Unión Europea). Junto a Robert Havemann, Herbert Richter y Paul Rentsch, se dedicará al restablecimiento de la democracia en Alemania, falsificando la identidad de un buen número de judíos, ocultándolos y trasladándolos a lugares más seguros, saboteando desde su puesto como médico la entrada a filas de nuevos soldados durante la guerra y repartiendo octavillas desde un garaje clandestino. Friedrich Christian Delius relatará a modo de crónica incesante de crímenes y escarnios la vida de todos ellos, ciñéndose con especial interés a la trayectoria política del doctor George Groscurth, quien destacará, entre otras razones, por ser el médico personal de Rudolph Hess, estrecho colaborador de Hitler que acabaría derribado en un accidente aéreo con destino a Inglaterra.

La trayectoria profesional de Groscurth nos habla de un humanista de origen burgués que desde su juventud entra en contacto con las ideas del socialismo. Desde el punto de vista profesional, se trata de un joven doctor que en los comienzos de su carrera investiga la naturaleza de la sangre (curiosa metáfora que nos regala la vida) y publica regularmente artículos en las revistas más prestigiosas de la época, convirtiéndole en uno de los mejores especialistas de la hematología. En definitiva, Groscurth fue una referencia de la medicina alemana antes de que se iniciase la segunda guerra mundial y esto le sirvió para entrar en contacto con las autoridades más importantes del Reich tras la llegada de Adolf Hitler al poder. Sin embargo, amparado bajo la protección o la sombra de Hess, quien le toma por un gurú de la medicina, elabora simultáneamente informes y trabaja por la supervivencia de los “antinazis” de la célula UE,  tratando de acabar con el fascismo en Europa y el restablecimiento del socialismo democrático desligado del estalinismo.

En el retrato de F. C. Delius se nos habla de su generosidad, de su capacidad para afrontar el riesgo y para resistir eso que la filósofa alemana Hannah Arendt denominó “la banalidad del mal”  para referirse a aquellos criminales que firmaban ejecuciones de día y brindaban con champán todos las noches. Su labor como resistente estuvo al mismo nivel que Claus von Stauffenberg, aquel coronel que planeó el golpe de estado contra Hitler en la llamada Operación Valkiria. Hablamos de un héroe que asume la discreción como la mejor arma para lograr sus fines y sobrevivir ante la decadencia moral de un país abocado a la ruina. Sin embargo, un exceso de confianza en el seno de la UE dará lugar, finalmente, a la delación de todos sus miembros a través de un infiltrado de la Gestapo que logra conocer detalladamente sus planes. Tras su detención y encarcelamiento, Groscurth será ejecutado bajo el filo de la guillotina.

Pero George Groscurth no será el único protagonista de esta horripilante historia. Dicho de otro modo, la vida de este médico termina en 1944, pero la pesadilla alemana continuará después del final de la guerra. Y así nos lo hace entender F. C. Delius guiándonos por la historia de un país dividido de la mano de Annalise Groscurth, la esposa de George, otra doctora que sufrirá en sus propias carnes el infierno político que tuvo lugar en Berlín, antes, durante y después de la derrota de los nazis. Annalise Groscurth no formó parte de la UE y logró ser absuelta de la paranoia nazi al tiempo que mantuvo a duras penas su puesto de doctora en la administración alemana atendiendo a enfermos de la RDA y de la RFA tras el final de la guerra.

Delius nos informa de que Adenauer había decidido incorporar a todos los nazis en sus cargos en la primavera de 1950; en septiembre de ese mismo año la policía de Berlín Oeste cargaba contra las víctimas del fascismo, la mayoría judíos y comunistas, congregados en un acto de conmemoración. Mientras los nazis eran rehabilitados en bloque, se iniciaba una persecución política contra las personas que fueran sospechosas de ser simpatizantes de izquierdas o se oponían a la ideología estatal del anticomunismo. Annalisse Groscurth, alentada por Robert Haveman, el único superviviente de la UE, decidió incorporarse a una comisión que denunciase el rearme militar de la Alemania Federal. Su motivación última será honrar a su marido, pero su participación en una manifestación contra el rearme sólo conseguirá que su vida se complique hasta convertirla en una pesadilla de corte kafkiano. La administración alemana, como una hibrys de varias cabezas, iniciará su particular tortura burocrática arrinconandola laboral, política y penalmente. A fin de cuentas, Annalisse no deja de ser una doctora o, peor aún, una funcionaria sin el respaldo de ningún partido. De poco le sirve que el apellido Groscurth sea el de un héroe para los que viven en el Este. En el Berlín Occidental, Annalise es una criminal sin principios ni valores y, según convenga, podrá ser  una peligrosa  comunista al servicio de la RDA , o a una filonazi sin escrúpulos (Annalise había sido miembro de “la sección femenina” nazi como tapadera para encubrir las actividades clandestinas su marido).

Para el lector español, F. C. Delius puede ser un gran desconocido, a pesar de que la editorial Sajalín ya publicara hace unos años El paseo de Rostock a Siracusa (2010) y Retrato de una mujer joven (2011). Delius fue uno de los últimos escritores en incorporarse al llamado Grupo 47, un colectivo de intelectuales frecuentado por autores como Günter Grass, Paul Celan o Hans Magnus Enzensberger, que perseguía revitalizar la literatura de posguerra. Hace dos años Delius fue galardonado con el Premio Georg Büchner, el máximo galardón de las letras alemanas.

RO_BV_DELINS_GESICHT

Friedrich Christian Delius

La absolución del juez Hans-Joachim Rehse en 1968 ponía de manifiesto que la vuelta a la democracia en la RFA sólo había sido un formalismo vacío de contenido. Cuando el teniente coronelo de las SS,  Adolf Eichman, fue secuestrado por el Mosad en Argentina y juzgado en 1961 por el Estado de Israel, se puso de manifiesto la incómoda situación en la que se sentía el gobierno de Adenauer. Como indica Hanna Arendt en su crónica Eichman en Jerusalem (Editorial Lumen, 1999), «una cosa es sacar a los criminales y asesinos de sus madrigueras, y otra descubrirlos ocupando destacados lugares públicos, es decir, hallar en puestos de la administración, federal y estatal, y, en general, en cargos públicos, a infinidad de ciudadanos que habían hecho brillantes carreras bajo el régimen de Hitler». A pesar de que Adenauer se viera obligado a separar de la admnistración de justicia a más de cuatrocientos cuarenta jueces y fiscales, así como a muchos polícias, el caso de Eichman desveló por otra parte la actitud de los alemanes ante su pasado más reciente: el pueblo alemán se mostró indiferente, sin que, al parecer, le importara que el país estuviera infestado de asesinos de masas, ya que ninguno de ellos cometería nuevos asesinatos por propia inciativa.

Con Mi año de asesino, escrito en 1994, el autor aleman se decide a destapar todas las cartas de Alemania sobre la mesa de su historia, una historia trágica y violenta ejercida desde la cabeza más aberrante del poder: la burocracia. Ciertamente, el poder es un tipo de violencia mitigada. De la violencia física y lacerante del nacional-socialismo se pasó a otra invisible y constante. A la luz del calvario de Annalise Groscurth, podemos pensar que la burocracia es un tipo de violencia ejercida desde un complejo de oficinas donde no cabe hacer responsables a los hombres, ni a uno, ni a pocos ni a muchos. La burocracia es capaz de convertir desde la propia legalidad en criminales a quienes fueron resistentes y en aclamados héroes a quienes actuaron como auténticos criminales. La burocracia es una mujer caótica, pérfida y esteril con la capacidad de inseminar a la sociedad el veneno del miedo. Es la violencia de NADIE ejercida desde la magistratura y desde la oficina y tiene la habilidad de poder derrumbar el sueño de una Alemania democrática a cualquier hora. Tiene mil cabezas y nunca muere.  Si la decapitas, se multiplica. Precisamente Hanna Arendt recuerda en su ensayo Sobre la violencia -publicado en 1969-, que ésta «no depende del número de opiniones, sino de los instrumentos y los instrumentos de la violencia, como ya se hay dicho antes, al igual que todas las herramientas, aumentan y multiplican la potencia humana. Los que se oponen a la violencia con el simple poder pronto descubrirán que se enfrentan no con hombres sino con artefactos de los hombres, cuya inhumanidad y eficacia destructiva aumentan en proporción a la distancia que separa a los oponentes»

A la luz de F.C. Delius descubrimos la naturaleza de un nuevo totalitarismo surgido de los estertores del nacional-socialismo, un totalitarismo de niega su pasado de forma esquizoide por un lado y que teje una nueva trama burocrática que ahora el espacio político de los individuos, sobre un apoliticismo que juzga como sospechoso todo aquello que huela sencillamente a democracia, sin entrar a valorar, siquiera, la ideología que sostiene al individuo. Este totalitarismo pergeñado desde las oficinas condena como político cualquier hecho jurídico, económico, científico. Todas las vidas se tornan sospechosas y sobre ellas recaerá una violencia burocrática. El totalitarismo de la RFA se aplicará sistemáticamente a la destrucción de la vida privada, al desarraigo del hombre respecto al mundo, a la anulación de su sentido de pertenencia a él. Del totalitarismo al ostracismo sólo hay un paso. Ay.

Anuncios

2 pensamientos en “Mi año de asesino: la monstruosa transición alemana

  1. “…por ser el médico personal de Rudolph Hess, estrecho colaborador de Hitler que acabaría muerto en un accidente aéreo con destino a Inglaterra” .
    Hess no murió en accidente aéreo. Tras ese viaje, fue capturado por los ingleses y murió en la cárcel de Spandau más de 50 años después.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s