Adrián Sánchez Esbilla

Visiones del pasado: España 2 Uruguay 1

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Si hay una cosa clara es que son los equipos quienes convierten los campeonatos en competiciones. De su seriedad y sus deseos depende que estos inventos a los cuales la FIFA es tan aficionada cuajen. La Copa Confederaciones no es mucho más que una pachanga con delirios de grandeza, pero si de pronto los equipos deciden que aquel es un buen momento para probarse o para arreglar viejas cuentas, entonces y solo entonces, la cosa toma color de fútbol.

España se tomó su anterior participación en Sudáfrica, antes del Mundial que finalmente ganó, como un engorro; destensados y sin intención, perdieron contra el entusiasmo de los Estados Unidos. Incluso después de ser campeones de nuevo en un ciclo glorioso y único, España nos ha enseñado que los amistosos son algo que para ellos carece de interés­­­: si no hay gloria detrás, sencillamente no cuentan.

Pero esta madrugada se ha visto otra cosa. Con el recuerdo de la vez anterior, España ha salido a justificar sus títulos, al igual que el Barcelona de los seis títulos triunfó con más pasión y nervio en esa otra pseudocompetición que es la Intercontinental. No era que de pronto aquel título fuese importante, es que, para ellos, ser capaz de interpretar la perfección se convirtió en la motivación que elevaba el título a la categoría de objetivo personal. Los cuarenta y cinco prodigiosos minutos de la primera parte contra Uruguay en Recife dieron la misma sensación: España ha convertido la Confecup en un tema de orgullo personal.

La motivación de este equipo, su electricidad competitiva y su capacidad para dominar los escenarios de máxima exigencia se han convertido, campeonato a campeonato, en su cualidad distintiva. Si no siente ese calor especial, ese vértigo, se acomoda pero España con un objetivo es un equipo devastador. La primera mitad de hoy ha sido además un curioso retorno al origen, a aquella España que Luis Aragonés se inventó para la mágica Eurocopa de Austria y Suiza. De nuevo con un solo pivote, sin gente de banda especialista con ese espacio ocupado por unos laterales profundísimos y una multitud de trequartistas indetectables reunidos alrededor del balón; y sobre cualquier otra cosa una presión asesina, colectiva, con los centrales a la altura del mediocampo, cortando cualquier vía de oxígeno al contrario.

Con la defensa liderada por Pedro (en clave perro de pelea) y Arbeloa saliendo siempre a la caza del balón dudoso desde su posición, España desmenuzó a su rival. El madridista, apenas exigido por su par y menos aún por Cáceres, imposible carrilero zurdo, jugó dentro de ese particular organismo que es la selección con una confianza y una fluidez insólita. Barrió una enorme porción de campo y provocó todo tipo de desórdenes con sus apariciones para robar y cortar, rápidamente articuladas en jugada de peligro por la cantidad de camisetas rojas organizadas en torno al balón.

Una vez recuperado el despliegue, la actuación de España fue prodigiosa, una interpretación sublime del juego de parada y arrancada que distingue a la selección, proyectándose desde las individualidades al conjunto; de nuevo el organismo viviente futbolístico: un juego fractal donde el gran dibujo es una réplica exacta de todos los pequeños que lo conforman. En Recife, Fábregas fue la expresión perfecta de este hecho singular y el segundo gol fue la obra maestra de la selección, un contraataque de segunda oleada, basado en el amague y el timming, que comenzó Iniesta, engarzó Cesc y culminó Soldado, quien por cierto interpretó las necesidades de constante presión, toque y movimiento que el conjunto demanda como el mejor Villa de 2008.

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En la segunda parte y con poco premio para el juego desplegado, España notó el esfuerzo, dejó que Uruguay marcase el ritmo falta tras falta, lo que unido a la entrada de Lodeiro por Gargano proporcionó algo de chance a los celestes. Lodeiro mejoró la incompetencia técnica de los dos pivotes uruguayos, al menos arriesgó el pase, buscó la carrera de unos Cavani y Suárez que hacen bueno eso de que la mejor cualidad de un delantero es el optimismo. El del Liverpool terminó por clavar un golazo de falta que puso algo de amargor al recuerdo del partido, empañando levemente esos cuarenta y cinco prodigiosos primeros minutos con los cuales España ya ha justificado este torneo.

El sábado Neymar marcaba un golazo que tapaba la mediocridad de las prestaciones de Brasil frente a un Japón paupérrimo en un césped peor que peor y animaba la idea de fondo de todo este invento: la final en Maracaná Brasil-España. Espero que Italia se la amargue porque esa si sería una gran final, España-Italia, otra vez, un clásico contemporáneo lleno de viejas heridas infectadas de rivalidad con categoría épica. Eso y Pirlo, claro: el jugador estoico.

Balotelli marcó el gol ganador contra un México gris pero Pirlo hizo todo lo demás, incluso un pase portentoso a la escuadra. Cuanto más viejo mejor juega, hay verdad cada vez que toca el balón, la sensación de un hombre que ha decantado el juego a su esencia. No debería retirarse nunca, si pudiese le permitiría jugar sentado en una silla de ruedas; no le haría falta más que tres toques por partido para que el caos tomase la forma de una esplendorosa geometría diseñada tras su rostro imperturbable.

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