Víctor Guillot

James Gandolfini: elogio de la corrupción

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Es más que probable que haga falta un actor de enorme peso (más de cien kilos) para ser capaz de encarnar con una plácida naturalidad todos los pecados capitales. Tony Soprano/ James Gandolfini era un tipo adecuado para sentir y expresar los arañazos de la envidia, confundir el honor con el orgullo, arrastrarse delirantemente por la gula, explotar henchido de ira, meditar con lascivia sobre la avaricia, emborracharse de soberbia o abandonarse con insana delicia a la pereza. Si esto fuera un ensayo teológico, Tony Soprano merecería un capítulo. Y sin embargo, eran los ojos de Gandolfini y esos gestos de animal sucio mal domesticado los que conseguían levantar un puente de simpatía con el espectador, que hasta cierto punto no podía evitar cierto cariño por un psicópata que gestionaba la basura de Nueva Jersey.

Por sus procedimientos, por su dinero, por sus amantes, por su culto de la violencia y al juego, por su ambición, por su manera peculiar de cerrar contratos y gestionar los problemas cotidianos de su familia, la vida de la mafia se mundanizaba, se despojaba de toda la épica anterior y nos devolvía una mirada costumbrista de un hombre dedicado a los negocios. Me gusta pensar que Tony Soprano era uno de esos tipos audaces y auñones que hacen negocios a base de huevos, plomo y dinero, que tiene un sentido ambivalente del honor, definido sólo por las pérdidas y las ganancias, que resolvía sus problemas personales como un elefante en una cacharrería china. Después de convertir el soborno en un trabajo y el asesinato en una gimnasia vespertina, nos quedaba la intimidad de un hombre desnudo tentado a vivir la vida disfrazado de cualquiera.

En Estados Unidos, como en Italia, la mafia funciona como un segundo Estado. Curiosamente, estos cuatro últimos años hemos descubierto que los estados funcionan como una segunda mafia. De ahí nuestras simpatías por los Corleone, los Getti, los Bonano. Hace tiempo que vengo reivindicando una corrupción más honesta, un fraude más transparente y directo. A mí, la corrupción ya no me parece mala. Hoy sabemos por la prensa que el sindicato del crimen y los sindicatos andaluces se hacen la competencia en la trama de los ERES. Quiere uno decir que los impuestos de la mafia no son peores que los impuestos del Estado. En ambos casos, siempre gana la banca.

Los Soprano, la serie  heredera de Gay Talese y su Honrarás a tu padre, rompía los tópicos habituales de la mafia, tal como Francis Ford Coppola y Mario Puzo, por un lado, Marlon Brando y Al Pacino por otro, habían acuñado en El padrino. La gran obra de David Chase se acercaba más al mundo de Martin Scorsese, pero a diferencia de éste, que había dejado los negocios en manos de Robert de Niro y Joe Pesci, practicaba, gracias a James Gandolifini y su familia, un ejercicio naturalista que transcendía más allá del crimen. La mafia ya no era un tema en sí, simplemente trazaba una perspectiva desde la que otear el mundo. Visto de esta forma, la política, los negocios, la familia, el amor y la muerte adquirían una dimensión distinta, donde lo honesto y lo mezquino, y en definitiva, lo bueno y lo malo no se alejaban demasiado de los dilemas que día tras día nos invitan a cerrar la puerta de casa y salir a por tabaco.

Está mal decir que me identifico con Tony Soprano, pero, siendo honestos, en más de una ocasión sentí la necesidad de ser infiel, de apartar de mi camino a machetazos a quien sólo me ponía zancadillas, de mentir, robar y estrangular por lo que siempre sentí mío. Sólo unos miligramos de buena conciencia y un extraño sentido de la responsabilidad hacia los demás me inhibieron de ser un hijo de puta mal nacido con una agradable sonrisa. Probablemente esa extraña mala conciencia retardada de sus actos fue la mayor carencia moral de Tony Soprano, la que sólo llamaba a su puerta cuando todo estaba roto.

James Gandolfini ha muerto a los 51 años de un infarto, aunque realmente siento que quien se ha muerto es Tony Soprano, el tipo que nos dejaba con la boca abierta mientras comía cannelloni con su mujer y sus hijos en un bar de Nueva Jersey, el mismo que amó, mintió y mató por un puñado de dólares, el que sentía piedad y arrepentimiento cuando ya no era necesario. Dios lo acoja en su seno y lo celebre el diablo en el infierno.

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