Pablo Batalla Cueto

Historia de una sonrisa. La Cuba de Hugh Thomas

Fidel Castro

Sobre Ojalá, la canción más conocida de Silvio Rodríguez y una de las de amor más hermosas jamás escritas, existe desde hace algún tiempo una de esas pequeñas teorías de la conspiración que son el necesario trámite que toda obra musical debe cumplimentar para alcanzar los altares. Sostienen algunos maledicentes que lo que esconde la canción es un ejercicio de crítica sutil de los que siempre florecen en contextos de censura; una desgarradora declaración de amor y odio de la que no se niega la hermosura, pero sí el destinatario: el cuerpo prodigioso que podía convertir en cristal las hojas que lo tocaban y cuyo ruido cansado retenían las paredes no sería, a pesar de lo que Silvio nunca se ha cansado de repetir, una hermosa estudiante de medicina que se llamaba Emilia, leía a César Vallejo y fue su primer amor, sino nada más y nada menos que el comandante en jefe Fidel Castro.

Cuesta creer en una disidencia tan precoz —Ojalá fue compuesta en 1969— en un hombre que, pese a alguna modesta crítica siempre hecha sólo en territorio cubano y sólo después de subrayar una adhesión inquebrantable a los principios de la Revolución, fue diputado de la Asamblea Nacional Cubana durante quince años y hasta 2008, y sigue siendo un activo adalid de las causas más caras al gobierno de la isla, como la de la liberación de los cinco agentes cubanos prisioneros en Estados Unidos bajo falsa acusación de terrorismo. Baste, por otro lado, recordar que tan después de 1969 como en 1976 Silvio, que justo aquel año se alistó como combatiente en las brigadas internacionalistas cubanas para participar en la guerra civil angoleña, compuso otra hermosa canción cuyos primeros acordes de guitarra precedían a un prietas las filas que deja escaso lugar a dudas: Que tiemble la injusticia cuando lloran los que no tienen nada que perder. / Que tiemble la injusticia cuando llora el aguerrido pueblo de Fidel.

La mujer es Emilia, sí, no cabe duda. Y sin embargo es posible parafrasear, de alguna manera, aquello de Kurt Cobain de que que yo sea paranoico no quiere decir que la gente no me persiga, y reconocer que que Ojalá no sea esa puya sutil al costado de Fidel Castro no quiere decir que no tengan razón los teóricos del asunto cuando defienden con ardor que existe un verso en la canción, un verso de una sonoridad pegajosa y rotunda, que glosa la figura de Fidel Castro mejor, por más brevemente pero no menos nítida, que cualquiera de las decenas de biografías que sobre él se han publicado. Un verso que es en realidad un trilema, y un trilema que es en realidad la definición más atinada del concepto «carisma político»:

La mirada constante.

La palabra precisa.

La sonrisa perfecta.

*

Allá por los años setenta, el hispanista británico Hugh Thomas, ya por entonces aupado al Olimpo de la historiografía europea tras bruñir una primera gran historia de la guerra de España todavía no superada, decidió saltar al otro lado del Charco e iniciar con otro monumento historiográfico otro tema por entonces aún por desprecintar: la revolución cubana. Cambiaba de tercio, pero a la vez no lo hacía: no es descabellado decir que la guerra civil española y la revolución cubana comparten gran parte del genoma. Ambos, conflictos internos de naciones hispánicas de tumultuosa historia e inmemoriales tendencias guerracivilistas; ambos demasiado río para tan poco cauce y convertidos en inundaciones mundiales; ambos sembrados de un sentido de épica desordenada y de tosco romanticismo que tal vez sea iberoamericano más que de ningún ámbito cultural de la humanidad. En Sierra Maestra se dirimió medio siglo XX tal como en las trincheras españolas se dirimió el otro medio.

Hugh Thomas

La intención de Thomas era, en principio, circunscribirse a los estrictos límites de la década fundacional de la revolución cubana, la que transcurre entre el golpe de estado de Fulgencio Batista en 1952 y la crisis de los misiles soviéticos de 1961. Thomas no se dio cuenta entonces que también él quería otorgar un cauce muy pequeño a un río demasiado caudaloso. Tal vez no se dio cuenta hasta que acabó de escribir Cuba. La lucha por la libertad de que había ido retrasando poco a poco el inicio de la Revolución hasta tan atrás como 1762, cuando el conde de Albermale tomó La Habana para los ingleses, de que las cuatrocientas o quinientas páginas proyectadas se habían convertido en mil doscientas y de que una trama cuyos personajes principales debían ser contables con los dedos de una mano y llamarse Ernesto Guevara, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y si acaso Fulgencio Batista, había acabado por acoger centenares de nombres pertenecientes a nueve o diez generaciones de cubanos, españoles y estadounidenses ilustres —Maceo, Machado, Martí, Estrada Palma; Cánovas, Weyler, Sagasta; Braden, Wood, Caffery—, cada una de las cuales sólo podía explicarse retratando a la anterior; pero seguramente sí se diera cuenta de cuál era la razón de semejante estiramiento, de cuál era el peso que hundía hacia abajo o levantaba hacia arriba, dependiendo del prisma político, la historia cubana, obligando a sus estudiosos a practicar una especie de espeleología descolgándose por una sima cuya boca era el antedicho conde de Albermale y cuyo fondo era Castro, o a practicar una especie de alpinismo encaramándose por la ladera de una montaña cuya base era el antedicho conde de Albermale y cuya cima era Fidel.

La mirada constante.

La palabra precisa.

La sonrisa perfecta.

*

CubaCuba. La lucha por la libertad fue publicado por primera vez en los años setenta, pero Debolsillo ha publicado recientemente una versión corregida y aumentada que —con una divertida maquetación de portada que hace al libro asemejarse a una caja de puros Montecristo— añade al texto original un magnífico postscriptum sobre el camino recorrido desde la crisis de los misiles hasta el famoso chándal de Adidas; y es, además de una agradable medianía entre lo historiográfico y lo literario en la que los anglosajones son maestros consumados, un prodigio de neutralidad política, un equivalente literario de aquel Su Neutralidad que, especie de monigote gris de formas redondeadas, dirigía con mano neutral el planeta neutral en la serie Futurama.  («Odio a estos malditos neutrales, Kiff. Con los enemigos uno sabe a qué atenerse, pero con los neutrales no hay modo» , decía el inefable Zapp Brannigan en ese mismo capítulo.) En un soberbio capítulo final, Thomas muestra con una serena contundencia muy del gusto de los historiadores británicos la balanza de la justicia histórica: el obligado repaso a la a veces brutal represión, al punto negro del trato dispensado a los homosexuales en los primeros años y a ciertas promesas incumplidas camina de la mano de un reconocimiento sincero de los impresionantes logros sociales de la revolución.

Que semejante ejercicio de ecuanimidad y desapasionamiento, tan comparable todavía hoy en el caso de la revolución cubana con caminar sin mancharse sobre arenas movedizas, y el ligerísimo tono de empatía hacia el personaje que efervesce de algunos pasajes, provenga de quien fue asesor del gobierno de Margaret Thatcher y es uno de los poquísimos historiadores serios que ha alabado la obra de Pío Moa es sólo la mitad de sorprendente que la frase, hay que reconocer que casi tan definitiva y poco menos hermosa que el trilema de Silvio, con la que Manuel Fraga explicó en una ocasión su afinidad con Fidel Castro: «Fidel es un símbolo de este mundo hispánico que tantas veces fue glorioso, estuvo dividido, fue despreciado injustamente y es un símbolo de independencia». Además de peso, Fidel Castro posee campo magnético: es capaz de atraer hacia sí a cuanto le rodea en esas líneas con las que los politólogos dibujan el espectro político, a veces desde distancias realmente estratosféricas. Unos dirían que como un sumidero; otros, que como un generador de Van der Graaff; unos, que no, otros que sí que ojalá se le acabe

La mirada constante.

La palabra precisa.

La sonrisa perfecta.

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