Ismael Rodríguez

El hombre de acero: un Superman de otro mundo

Las películas de superhéroes están de moda. Es indudable que desde el éxito de los X-MEN de Bryan Singer en el año 2000 se han convertido en un valor estable en la cartelera, dando lugar a películas buenas y malas, a grandes éxitos y a fracasos creativos y comerciales. Y por supuesto han dado un nuevo impulso a la lucha entre Marvel y DC. Este año le toca intentar dar el gran golpe de efecto a la segunda, recuperando a Superman pero… ¿es realmente Superman lo que nos han ofrecido?

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En 1989 se publicó en los EEUU Batman: Luz de gas, un one-shot al servicio del dibujo de Mike Mignola en el que Bruce Wayne se convertía en un justiciero de la Gotham de 1889, enfrentándose al mismísimo Jack el Destripador. La publicación tuvo un éxito más que notable, hasta el punto de convertirse en la primera que llevó el título de Elseworlds en su portada cuando se reeditó. Estos Otros Mundos era la plataforma heredera de Imaginary Stories que, en adelante, DC Comics emplearía para publicar historias fuera de la continuidad oficial de la compañía.

Muchas de las obras y sagas publicadas bajo el título de Otros Mundos han sido auténticos éxitos y se han convertido en obras clásicas. A pesar de que el encargado de poner en marcha el sello fue Batman,  Superman se convirtió rápidamente en un habitual de la producción, dando lugar a obras tan apreciables como el Superman: Hijo rojo, la ligeramente tramposa en su título Superman: Identidad secreta o la indispensable Kingdom Come.

El punto en común entre casi todas ellas es cambiar el origen del héroe, modificando así su naturaleza y dando una nueva visión del mismo. Son muestras claras de lo que sería una obra no canónica, pues.

El superhéroe por definición

Superman es un personaje único. Es, después de todo, el molde sobre el que se ha ido erigiendo el constructo superheroico en su conjunto. Desde luego, hubo prefiguraciones como Gladiator de Philip Wylie, pero él último hijo de Krypton personifica el momento en el que el protagonismo de la cultura popular cambia: con Superman entramos en la era de los superhéroes, dejando atrás a los héroes pulp.

A estas alturas todos sabemos quién es Superman. En realidad, bajo la identidad del mayor héroe del mundo se esconde el apocado y torpe Clark Kent. Este reportero del Daily Planet tiene que cubrir las noticias generadas por su propio alter ego mientras trata de seducir a su colega Lois Lane, que a su vez está enamorada de Superman. Si a esto le sumamos su infancia y adolescencia en la ficticia Smallville, Kansas, y la muerte traumática de su padre tras inculcarle los valores que guiarían su vida, tendremos lo esencial para entender al personaje.

Portada Superman - Identidad SecretaComo cualquier lector habrá notado, en el párrafo anterior no se hace ninguna referencia a la herencia kriptoniana del personaje. Esto es debido a que el componente más esencial del personaje no es Superman, sino Clark Kent. En el mundo de los superhéroes podríamos diferenciar tres tipos de personajes en cuanto a su relación con su identidad secreta: por una parte estarían aquellos que no cuentan con una verdadera identidad secreta, porque son incapaces de abandonar su esencia heroica. Muchos mutantes de Marvel son un claro ejemplo, y así Lobezno y Logan no dejan de ser nombres completamente intercambiables para un mismo personaje, cuyos rasgos de personalidad no varían en ningún caso, conformando un todo en el que ambas identidades, la superheroica y la “civil”, se confunden hasta ser indistinguibles; en segundo lugar podríamos hablar de aquellos personajes que orbitan entorno a su identidad superheroica. En estos casos, lo que define al héroe es su máscara, que se convierte en la identidad básica de los mismos. Batman convierte a Bruce Wayne en poco más que un disfraz, buscando confundir a sus enemigos y protegerse de sus represalias; finalmente estarían aquellos casos en los que lo realmente importante es la persona que se esconde bajo el traje. Para estos héroes lo que realmente importa es lo que ocurre cuando se quitan la máscara – o la capa – y vuelven a casa. Incluso cuando están llevando a cabo las hazañas más poderosas e increíbles, podemos establecer una relación cercana con ellos, entenderles. Después de todo son como nosotros, pero con poderes.

Ese es el triunfo definitivo de Superman como personaje y lo que le ha permitido subsistir durante 75 años como el icono definitivo de los superhéroes: su humanidad. Porque pese a ser el último superviviente de una raza extinta, pese a haber sido educado por su padre fallecido en su Fortaleza de la Soledad… al final estamos ante Clark Kent, un tipo corriente con el que podemos identificarnos a un nivel íntimo.

Para comprender la cuestión humana del personaje es muy recomendable acudir al ya mencionado Superman: Identidad secreta, con guión de Kurt Busiek. Ya hemos dicho que se trata de una historia ligeramente tramposa, puesto que en realidad se inspira en el Superboy de Tierra Prime y no en el Superman que conocemos, pero eso no hace sino aumentar su importancia en el tema que nos ocupa. A lo largo de la serie de cuatro prestigios (recientemente reeditada en España en un solo tomo), Busiek, con la ayuda de una gran labor al dibujo de Stuart Immonen, nos narra la vida de un chico normal de Smallville, Kansas, que tiene la particularidad de llamarse como Superman. El giro vendrá, por supuesto, cuando dicho adolescente empiece a tener una vida tal vez demasiado parecida a la del personaje con el que comparte nombre. La gran revelación de la obra, sin embargo, es constatar que la herencia alienígena de Superman es innecesaria para comprenderle, lo que convierte este rasgo en un aderezo que da más oportunidades narrativas al personaje de Clark Kent y no es, en absoluto, un elemento innegociable de su definición.

Recreando héroes para los nuevos medios

Las versiones cinematográficas de los superhéroes se han ido volviendo en muchos casos, tal vez de manera incomprensible, en cada vez menos canónicas. Esto es, en lugar de presentarnos al personaje en su concepción ideal, a imagen de lo que sucedía en películas como Superman, de Richard Donner, nos ofrecen una interpretación totalmente personal de los mismos, al servicio del realizador correspondiente.

Esto es aún más evidente en las producciones de la DC. Mientras Marvel trata de permanecer fiel a la esencia de sus héroes, cambiando tan solo una serie de detalles menores que estima necesario para facilitar su transición a la gran pantalla, en DC parecen creer que sus superhéroes – que les han dado en algunos casos 75 años de éxitos –  necesitan transformaciones más profundas. Es posible que esta decisión dependa exclusivamente de quién sea el guía de cada adaptación. Es una explicación plausible, ya que, mientras Marvel tiene a un amante de los cómics como Joss Whedon al mando, en DC se han entregado a un hombre obsesionado con un pretendido realismo, llamado Christopher Nolan.

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Este último ha sido, junto a David S. Goyer y el director Zack Snyder, el encargado de recrear a Superman para El hombre de acero. Tal y como podíamos esperar, esto ha causado que se establezca una continuidad bastante acusada con su trabajo en la trilogía dedicada a Batman. Al igual que entonces, su declarado interés por alcanzar una versión más realista del personaje – o naturalista, dependiendo de la entrevista – ha impregnado la versión final de la cinta.

Por desgracia, parece ser que para estos autores la mejor manera de acercar los superhéroes al mundo real pasa por convertir su mundo en un lugar sin esperanza ni diversión. En la trilogía dedicada a Batman, esta faceta pasaba inadvertida durante buena parte del metraje, oculta bajo la supuesta naturaleza sombría del héroe; sin embargo, en El hombre de acero el propio guion se encarga de recordarnos constantemente los problemas de Superman. Así, durante casi dos horas y media de metraje, escucharemos repetidas veces que Superman está aquí para guiar a la humanidad y ayudarnos a ser mejores, o que el signo que porta en su pecho significa y simboliza la esperanza. Unas intenciones que sin duda son muy loables, pero chocan repetidamente con lo que vemos en una pantalla monopolizada por un personaje que no resulta inspirador en ningún momento.

Y es que el Superman de Snyder se define, curiosamente, a través de su herencia extraterrestre y no gracias a su identidad humana. Esto provoca incluso que las enseñanzas de su padre, tradicional brújula moral del Clark Kent del cómic, parezcan más orientadas a evitar que se descubra su origen que a convertirle en un hombre de provecho.

Al desaparecer Clark Kent de la ecuación, convertido aquí en un vagabundo cuya única relación real con un ser humano es la que suponemos que mantiene con su madre, la historia se viene abajo sin remedio. En lugar de estar viendo una película sobre Superman, nos encontramos con una obra dedicada a un alienígena oculto entre nosotros, dotado de grandes poderes y obsesionado por descubrir su verdadera procedencia. Por supuesto, es indudable que esos elementos pueden y hasta deben encontrarse en cualquier Superman, pero en ningún caso deberían definirlo.

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Finalmente, tras una sucesión de forzadísimas e innecesarias referencias cristológicas, Snyder consigue acabar con gran parte de la esencia del personaje en la resolución de la cinta. Evitando destripar el desenlace de la película, baste comentar que el guionista Mark Waid, autor entre otras obras de la muy destacable Superman: Legado, declaró en su blog que en un momento dado se levantó de su butaca gritando y solamente la intervención de su novia pudo evitar que saliese del cine antes de que acabase la película. En este sentido, además, merece la pena destacar que tanto Nolan como Goyer han declarado públicamente tras el estreno que no estaban de acuerdo con la resolución planteada por Snyder, aunque finalmente cedieron ante la insistencia del director.

Si a estas diferencias de criterio le unimos la aparente indiferencia de Superman hacia la vida humana durante gran parte de la cinta y la caída de la película en lo que ya se da en llamar en lengua inglesa como disaster porn, habremos llegado a lo que oculta el núcleo de El hombre de acero: una historia más o menos interesante sobre un extraterrestre con superpoderes en la que apenas hay rastro de Superman.

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Un pensamiento en “El hombre de acero: un Superman de otro mundo

  1. No estoy para nada acuerdo con su punto de vista, me parece que no comprendio el enfoque de la pelicula o en caso contrario esta obsecionado con la idea de un Superman tal cual siempre ha sido. Me parece que la idea de esta nueva pelicula, la cual le recuerdo se llama el Hombre de acero, no se llama Superman, trata de mostrar el camino por el cual ese extraterrestre llegara a ser ese Superman que siempre hemos visto.

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