Jorge Alonso

Porque Bruce salva

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“Al final de cada día duramente ganado la gente encuentra una razón para creer”.

Reason To Believe (Nebraska, 1982), de Bruce Springsteen.

A nada que me descuide hará veinte años que tenía veinte años, o eso espero, el caso es que el caminar ha ido separando el grano de la paja, y no me refiero a la adolescencia. Algunos días que fueron importantes no hace tanto se me hacen estúpidos, pueriles o directamente desechables, otros que en su momento no me parecieron gran cosa han ido ganando peso, lenta, espesa, inexorablemente.

Tenía yo un amigo en el colegio a cuya casa iba a jugar cada sábado. Ojo, no hablo de dos chiquillos tirados por el suelo, aquello lo había hecho yo solito durante años, ahora el ordenador había aterrizado y aquel chaval tenía un PC. Y era muy majo, cuidado. El caso es que su padre era marino y pasaba bastantes temporadas en los EEUU. Teniendo en cuenta que hablamos de mediados de los ochenta podríamos decir que pasaba largas temporadas en el cielo, o mejor, en la tierra prometida construida a base de Indiana Jones, NBA, Goonies y cosas que tardaban años en llegar aquí. De aquella el chico en cuestión y servidor compartíamos entusiasmo por el Rock a la manera de Loquillo o Los Rebeldes (estos yo un poco menos), así que de tanto en tanto intercambiábamos información y, si los había, discos. Un buen día yo le pasé un directo de La Frontera  que había pedido por el cumpleaños para tener Judas el miserable, que me encantaba. A cambio de ese álbum más bien prescindible él me prestó Born In The U.S.A de Bruce Springsteen. Ninguno hemos devuelto el disco cedido, yo he salido ganando por goleada.

Las referencias que manejaba sobre Bruce eran confusas y no muy favorables. Un día le había visto desgañitarse cantando War en la tele, al siguiente se lo comenté a un amigo del colegio quien me informó de que aquel tipo era la hostia en América pero aquí aún no era tan conocido, de momento. Lo clavó el chaval. Lo otro que sabía  de él era que mi hermano de sangre me había grabado en una cinta Basf de noventa el Mediterráneo de los ya mencionados Rebeldes en una cara, y el disco que ahora tenía en prenda en la otra. Yo sólo ponía nuestra favorita, Working On The Highway, que nosotros habíamos transformado en Yo quiero una Harley. Qué bien lo pasábamos.

Por aquel entonces estaba empezando a trastear con la música, concretamente con una batería que mi hermano mayor me había regalado y que yo maltrataba con regularidad. El disco de El Jefe me enganchó porque se escuchaba con pasmosa nitidez el pie de bombo. Pruebe, pruebe. Pum, pum, racatá, pum, pum… bien fuerte en la boca del estómago. De modo que consiguió traspasar la fobia a lo yanqui que había ido desarrollando a través de ciertas lecturas subversivas, y que básicamente se plasmaba en un ir con la URSS cuando jugaban en el Mundobasket, o cosas por el estilo. Aquella portada con la banderona y la puta Born InThe USA con su teclado de feria me recordaban demasiado las pelis de propaganda chapucera que ya no digería como antes. Por mucho que la canción en cuestión fuera malinterpretada sigue sobrándome, pero Downbound Train, Cover Me, o Bobby Jean me ganaron para la causa. De momento de aquel disco ya era.

Todo había seguido su curso con vertiginosa normalidad, cada vez más agusto en la senda del perdedor, hasta que llegaron los grandes conciertos a Gijón. Me perdí el de Tina Turner porque era demasiado imbécil como para apreciar a la dueña de la mejor voz (y las mejores piernas) que haya pasado por aquí, pero a Sting, al que me había enganchado vía Nothing Like The Sun hasta llegar a Police, lo vi apretujado en las primeras filas. Y ahí me hice fan… de los grandes conciertos. De la sensación fílmica al ver la tarde pasar frente a un escenario que aprendías al detalle, de la música alta que nadie quería bajar, del pormenorizado ritual. Que suben los de luces, ya queda poco, esa es su guitarra, van a salir. Así que cuando en 1994 se anunció el concierto de Springsteen, conseguir verlo fue la prioridad más alta en la lista de aquel año. Ojo, lo difícil no era hacerse con la entrada en cuestión antes de que se acabara, lo difícil era que mi madre diera el visto bueno. Claro que para esas cuestiones estaba mi abuela al quite, bendita. Desgraciadamente hube de sacrificar el concierto de U2 en Oviedo una semana antes, y los muchos años que devoré Achtung Baby casi a diario me lo reproché con la misma asiduidad.

La semana antes del concierto una compañera de clase me pasó unos cuantos vinilos para que aumentara mi patético conocimiento del ilustre visitante, Born To Run, Tunnel Of Love  y una recopilación, tal vez en cinta, formaban la ayuda humanitaria de urgencia. Me gustó mucho She´s The One, fui entrando poco a poco en Thunder Road, me entusiasmó Jungleland y Born To Run me pareció (glubs) un poco hortera, como con demasiada fanfarria, no sé… Del Tunnel me quedé con Brilliant Disguise y poco más, del recopilatorio con The River y Badlands, claro. Vamos que me planté en aquel concierto, a las 9:00 de la mañana (oficialmente al final de las clases) en un día de Mayo que era además el cumpleaños de un amigo y apareció cargado de botellas, con un bagaje más bien pobre. Y salí de allí con tres grandes recuerdos, no demasiado buenos. El de mi novia de entonces haciéndole caso a otro chico, el de yo (turbio y borracho) quemándome el brazo como recuerdo (ahí sigue la marca para recordarme, efectivamente, que soy gilipollas) y que estaba tan jodido que me dio un vahído, me sacaron los seguratas y convencí al de la Cruz Roja de que estaba bien y me dejara volver a la primera fila, pasando por debajo del escenario. Sí, estuve bajo el escenario, lo justo para pensar en lo raro que era aquello antes de que un miembro de seguridad me pusiera de patitas en la grada. Horrible, vamos.

Según mis pasos iban yendo en direcciones opuestas cada día y lo que debía haber sido no fue, y desgraciadamente nunca será, resulta que Bruce me tiró un par de cables. Cuando tenía catorce o quince años empecé a echar una mano a mi hermano mediano, concretamente empecé a ir a ferias de muestras, rastros y mercados a vender ferretería. Con el tiempo aquello me vino de perlas, y no lo digo por el dinero, pero durante años odié aquello con todo mi ser. Dormía mal la noche antes pensando en lo que me esperaba, cuando me levantaba quedaba anulado al borde de la cama hasta que mi madre me pegaba una voz, me pasaba el camino suplicando lluvia a un señor del cielo en el que no quería creer y maldecía cada segundo desde que sacaba el primer hierro de la furgoneta hasta que lo volvía a guardar. Un día en Grao, sobre las 6:00 de la mañana, estaba helando, mi hermano había ido a tomar un café y yo simplemente esperaba sentado a que algo evitara lo que venía a continuación. En la furgoneta sonaba una cinta de las muchas que el mayor había grabado para hacer de los viajes algo más agradable. Acabaron casi todas destrozadas en un accidente pero algunas habían sobrevivido, yo nunca quería ponerlas en las idas, para no asociarlas a algo malo (al volver ya era otra cosa), pero aquel día mi hermano había puesto una al azar. Nebraska, nada menos. Estaba allí sentado maldiciendo mi suerte, mi vida, el universo y todo lo demás cuando sonó Johnny 99, un tipo se ve en medio de un tiroteo y es condenado a 99 años de cárcel, él prefiere que lo maten. Joder, le entendí. Muchos años después, en Valladolid, Bruce hizo una versión con banda de esta canción y me puse a llorar recordando a aquel chaval, a aquellos chavales.

El disco que me ganó definitivamente para la causa no fue The River, uno de los primeros cedés que tuve, regalo de nuevo de mi hermano mentor, sino Darkness On The Edge Of Town. Áspero, crudo, desafiante, con hollín, ceniza, cerveza y mucha, mucha mala leche. Como mí día a día por entonces. Ese disco me llevó a Barcelona a ver el reencuentro de la E Street Band y me lo tendrán que arrebatar de mis dedos fríos y muertos, que diría Charlton Heston.  Y si bien The River no me había ganado en un principio, la noche antes de irme de la casa familiar puse Independence Day mientras fumaba en el balcón por última vez.

Bridgestone Super Bowl XLIII Halftime Show

En 2004 cumplía mi primer año de exilio voluntario, primero en Irlanda, luego en Pucela, y Bruce, que había sacado el maravilloso The Rising, se pasaría de nuevo por Gijón. Era la oportunidad de enjuagar aquel primer sabor con otro mucho mejor, uno con el gusto de Waitin For a Sunny Day o Lonesone Day, las canciones que me habían iluminado en el almacén de ropa y complementos donde trabajaba y en el que una compañera me volvía loco con su ser, su estar, su parecer y sus putos 40 Principales. Y así fue, en una tarde primaveral de manual, con amigos, amigas y una chica afín. Qué concierto. Recuerdo sus patillas canosas, su repertorio imbatible (sólo le faltó Racing In The Streets, mi favorita), Clarence, la banda al completo… le he visto dos veces más, y han sido perfectas a su manera, pero ese concierto es el baremo por el que mido el resto.

Y en medio del huracán, en lo más repugnante del nuevo orden, en la zona cero de la metamorfosis que hace y hará del mundo un lugar más miserable y menos respirable, Bruce vuelve. Y yo, que sobrevivo en el alambre, que me desmorono periódicamente para tambalearme otra vez, que lucho por convencerme y me aferro al aferrarme, que no sé si mañana merecerá la pena o si es hoy el día que me mata, estaré allí. De nuevo con amigos, con amigas, con familia, con la misma chica y el mismo agujero sangrante que sólo Bruce el Sanador puede curar. Out In The Street para recordar la libertad vigilada que me permito, Girls In Their Summer Clothes para evocar los veranos que merecían la pena, Reason To Believe para no perder la esperanza del todo, y ¿por qué no? una buena dosis de coros abrazados y bien regados. Por otra vez me darán igual los millones, las consideraciones éticas, artísticas, estéticas y ascéticas.

Porque Bruce salva.

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