Paula Corroto

La trama nupcial: un amor para hipsters

El escritor norteamericano Jeffrey Eugenides, autor de Middelsex y Las vírgenes suicidas,  firma un alegato contra el romanticismo victoriano y la posición de los postestructuralistas de los sesenta en la novela La trama nupcial.

Foto Jeffrey Eugenides © Gaspar Tringale

Elizabeth Bennet y Fiztwilliam Darcy habrían acabado separados a los pocos meses de conocerse si hubieran vivido su amor en el siglo XXI. Si hubiera sido antes de ayer, ella se habría cansado del carácter de él. Enseguida le habría molestado. Y él tampoco habría podido con su pedantería. Pero, ah, su creadora, Jane Austen, les dio vida en el siglo XIX, tituló su historia de amor Orgullo y prejuicio y la convirtió en una de las novelas más aclamadas de la era victoriana, apabullante de romanticismo, de idealismo, de obstáculos que se superan, porque el amor, ese amor de la entrega incondicional, todo lo puede.

El amor, como bien explica la socióloga Eva Illouz, ha caído en las redes de la esquizofrénica contradicción entre aquella entrega victoriana y el ensalzamiento de la libertad. Entre el nosotros y el YO por encima de cualquier cosa. Entre lo que antes se entendía por amar y ahora se ha convertido en sacrificar. Y en estos tiempos de egoísmo, suena difícil ofrecer un cordero al altar que sea.

De esta tensa lucha trata de alguna manera La trama nupcial, del escritor norteamericano Jeffrey Eugenides, autor de Las vírgenes suicidas y de Middlesex. El autor, que ha regresado al estilo realista y decimonónico en la forma, se olvida de todo ello en el fondo. Y mata a Jane Austen. ¿Trama nupcial en 2013? Él se acoge a las respuestas que da Roland Barthes en El discurso amoroso, o los postestructuralistas como Jacques Derrida: «Una vez que se ha hecho la primera declaración de amor, decir ‘te amo’ ya no tiene ningún sentido». Y el cuerpo de Austen estalla en mil pedazos.

Para contar la historia, Eugenides se nutre del clásico triángulo amoroso: una chica romanticona (Madeleine), el maldito (Leonard) y el racional y pragmático (Mitchell). Tres universitarios en los años ochenta que leen (mucho), que acuden a fiestas (algunos no tanto) y que se  enamoran (con diferentes consecuencias para los tres). Bien entretejida, la novela cae no obstante en algunos estereotipos. Por supuesto, ella se desploma a los pies del tipo atormentado, mientras el racional sólo puede ser aquel amigo con el que está bien ir al cine, comentar algún libro y ver películas. Arquetipos que ya manejó Austen con soltura. Y, sin embargo, tras una lectura reposada es posible confirmar que en esta novela son necesarios si se quiere destruir la idea victoriana del romanticismo y acercarla a la contemporaneidad y a aquellas advertencias que ya hicieron Barthes y compañía.

En Por qué duele el amor, Illouz se recreaba en los cambios que hemos sufrido en las últimas décadas, en las que han triunfado las ideas distópicas de la postmodernidad. Esto es, el desencanto y la decepción. Dos sentimientos que han caminado paralelos al despliegue de un sistema neoliberal y capitalista que paradójicamente siempre abogó por la libertad, la independencia y la autonomía como patrimonio de la felicidad. Un hecho del cual, si bien ya se conocen sus efectos en los mercados económicos, poco se ha tratado en relación al amor romántico. Illouz parte de este curioso planteamiento – ya no hay reglas como en el amor cortes, como en la era del amor precapitalista- para incidir en que precisamente ahí se encuentra la base del dolor actual. Porque no es que el tormento no existiera hace dos siglos. La autora insiste en que siempre existió, pero ahora han cambiado los porqués de su padecimiento.

Eugenides lo que ha hecho es trasladar esta teoría al terreno de la ficción. Ponerle nombres y apellidos, aunque sean falsos. Enriquecer los obstáculos con una enfermedad, el trastorno maniaco-depresivo, y reflexionar, porque si bien aquella entrega incondicional tan novecentista no podía ser sana (posiblemente jamás existió), qué hacemos ahora con tanta libertad. Qué hacemos con una sensación que nos lleva aceleradamente en dirección a la soledad. Porque, ¿no somos seres sociales? ¿No somos más felices cuando compartimos, cuando nos entregamos? ¿No puede ser también que Barthes y Derrida estén, de alguna forma, equivocados y se hayan dejado llevar por las formas que el capitalismo ha impuesto en todos los aspectos de nuestra vida alentando el egoísmo, ese YO?

La trama, a veces lenta, otras tantas aburrida –Eugenides se pierde en ocasiones con tanto soliloquio, con tanta descripción, con tanto rodeo sobre momentos insustanciales-, discurre con el fin de encontrar una solución a esta pugna casi de ring de boxeo entre la entrega y la libertad individual. Vuelve al estereotipo (esta vez no tan necesario, pero sí extremadamente contemporáneo) del viaje a la India para hallarse a uno mismo. Y para descubrir que si bien a algunos individuos esa solidaridad les puede apaciguar el alma, quizá en numerosos casos lo que esté haciendo es calmar nuestra culpabilidad occidental (ese es otro debate) o nuestra soledad.

No hay Jane Austen que valga en esta novela, pero tampoco existe la amargura de la inexistencia del amor. Ni Austen llevaba razón (querida, los amores románticos déjaselos a Hollywood y a las novelitas para mujeres de tres al cuarto), ni Barthes ni Derrida dieron en el clavo, porque deconstruir el amor como quien deconstruye un estofado (otra cosa tan contemporánea) es racionalmente imposible. Caer en ello es haber entendido muy mal la libertad (la mía, no la del otro) y la entrega (la mía, no la del otro). Es haberse rendido a la compañía telefónica que nos llama una y otra vez para que nos vayamos con ella, ya que eres muy libre de hacerlo (¿de verdad lo crees?), y es haber caído en las garras de nuestra versión más egoísta, hobbesiana y manipuladora. Y eso significa ser un idiota y no tener ni idea de lo que es el amor. Eso sí, quizá puedes alegrarte de algo: eres un tipo muy hipster.

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