Belén Suárez Prieto

En el mejor lugar del mundo. 50 años de Rayuela

Cortazar
El 28 de junio de 1963, Cortázar dio al mundo Rayuela, y nada volvió a ser lo mismo. Supimos que una novela puede ser leída de, al menos, dos maneras, pero que no por eso el lector es libre, aunque de esto nos dimos cuenta mucho más tarde, demasiado para revelarse. Cortázar tuvo la maestría de pensar que, como cronopios, practicábamos una lectura un tanto anárquica, una lectura un tanto libertaria, mientras él nos guiaba con minucia en nuestra lectura. Creímos que podríamos prescindir de los capítulos prescindibles y, cuando nos asomamos a ellos, la fascinación por Morelli hizo que sus notas fueran tan prescindibles como los encuentros en los puentes parisinos.

Creíamos que podríamos despreciar a Horacio y adorar a La Maga; que podríamos admirar a Horacio y compadecer a La Maga; que podríamos envidiar a Horacio y enamorarnos de La Maga; que podríamos, en fin, elegir entre Horacio o La Maga sin fisuras. Pero nos hizo despreciar, adorar, admirar, compadecer, envidiar, enamorarnos, a la vez o sucesivamente, de Horacio, de La Maga.

Y ya nunca más pudimos dejar de querer pertenecer al Club de la Serpiente al menos una noche, y beber vodka seco hasta la gran borrachera y escuchar a Lionel Hampton y a Bix Beiderbecke y a Eddie Lang  y a Louis Armstrong y a Bessie Smith, toda la noche, sin parar de hablar, de llorar y de pensar durante largos momentos, con el estado de fijación que dan el alcohol y el jazz, en un cuadro, un relato, una idea…

Y creíamos que podríamos volver a París libres y nunca más fueron iguales la rue du Cherche-Midi, el boulevard Saint-Michel y nunca más igual Montparnasse, nunca más igual su cementerio. Y tampoco somos ya libres cuando volvemos a París.

Y creíamos que podríamos convertir a Rocamadour en un personaje anecdótico y nos dimos cuenta de que no podremos ni pretender siquiera ser La Maga para despedirnos.

Y creíamos que el sexo era el capítulo 7, que era empezar tocando tu boca y acabar hablando en gíglico, que podríamos estar en lo sublime y librarnos de lo miserable, para acabar comprendiendo, ya tarde, que el gíglico también nos habla de Horacio y de la clocharde, que podemos creernos la ilusión de que somos capítulo 7, tocando tu boca, cuando somos infinitamente más Horacio y clocharde.

Y creíamos que podríamos librarnos de Europa, dejar por un momento de ser Europa, pero París gana por goleada a Buenos Aires. Y Talita, aunque queramos, no es La Maga. Porque nos gustaría ser La Maga, al menos por un instante, y beber vodka solo escuchando a Bessie Smith y escuchar a Bessi Smith sin parar de hablar de cosas que no llevan a ningún lado, aunque creamos que sí; y, sin ir a ningún lado, tocar tu boca y recorrer el borde de tu boca mientras vagamos por el Barrio Latino y, de pronto, ver el cartel de un hostal y, sin hablar, solo acercándonos un milímetro para sentir la presión de los cuerpos, mirar a la vez el cartel y subir y pensar que el gíglico nos salva de la clocharde. Y por un instante olvidar a Rocamadour, bebé Rocamadour.

Ser libres, en fin, creer que somos ácratas, que podemos rechazar toda norma, autoridad y correspondiente actitud. Ser cronopios y nunca más poner la pasta de dientes en el cepillo apretando el tubo por la parte de abajo; ser cronopios en París y acostarnos felices en París porque estamos en el mejor lugar del mundo donde se celebran las mejores fiestas, y  qué más da si un taxista nos acaba de cobrar el doble. E ir a cenar al Polidor. Pero no somos libres, aunque quizá podamos escoger, o al menos intentarlo, entre la norma, la autoridad y su correspondiente actitud y la falta de libertad que perdimos al leer Rayuela. Porque nunca más seremos libres para ver París de otro modo, para olvidar a La Maga, para escuchar a Lionel Hampton, para tropezarnos con el cartel de una pensión, para llorar con Rocamadour o para elegir entre tocar tu boca y la clocharde.

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