Adrián Sánchez Esbilla

Confecup: una tragedia en minúsculas

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Ola de emotividad

España empezó a perder desde los himnos. Brasil repitió su estrategia de catarsis colectiva cesando su himno a la mitad para que el público y los jugadores lo terminaran en una ceremonia de reafirmación tribal estremecedora. El impacto de un Maracaná rebosante, vibrando de pasado e historia, resultó devastador.

A los dos minutos España ya había encajado un gol. Uno feo, contrahecho, peleado y efectivo. Uno de los que también valen y que, en cierto modo, representaron el camino del Brasil de Scolari hasta esta final.

La celebración fue abrumadora, de gol en el último minuto de la final de un Mundial. Los jugadores liberaban presión en una carrera loca que culminaba en una abrazo con la grada, con el público. España no se había visto hasta hoy, ni en su ciclo triunfal ni desde luego antes, con un ambiente semejante. La aspereza de Brasil sobre el campo -26 faltas, aunque los de Scolari son capaces de muchas más, ya que esta progresividad en el contacto forma parte de su sistema de defensa- era transmitida desde un graderío hostil desde el comienzo del campeonato.

Es un escenario nuevo para el equipo; han dejado de quererles y no deben pararse a pensar “¿por qué?”. La respuesta es sencilla: son el equipo a tumbar.

No es el balón, es el espacio

España, como el Barcelona -su modelo de partida pero no su final táctico-, confunde a veces los términos de su propia naturaleza futbolística. Cuando esto sucede, o cuando es estrepitosamente provocado por el rival, como ayer o como frente al Bayern Múnich en las semis de la Copa de Europa, el equipo se colapsa. No se reconoce, desfigurado, y su propia angustia se convierte en un rival extra. El balón es un camino hacia un lugar, no es el lugar. La superioridad española se sustenta en el control del espacio, del campo, de dónde, cómo y a qué se juega. Contra Nigeria, un rival de menor entidad obviamente, España supo someter mediante un espacio diferente, usando el balón largo y contrataque de segunda oleada, estirándose y encogiéndose, como un perfecto acordeón.

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Italia fue más difícil y, aunque se sufrió, el equipo siempre fue reconocible. Supo masticar al contrario, imponiéndose poco a poco, descodificando el partido y recuperando los espacios, dejando respirar al balón primero y luego conduciéndolo hacia las zonas del campo donde el hormiguero de pasadores españoles producen esa sensación estresante de que cada pase puede ser el definitivo. Una presión sobre la psicología defensiva del contrario devastadora, lograda no de la posesión del balón, sino del control y la superioridad sobre un espacio determinado.

Brasil le quitó a España el espacio, la sacó de las zonas de estrés y la empujó hacia la inoperancia del pase por el pase, forzando las pérdidas en terrenos de contragolpe y obligando a una elaboración inerte, sin mayor objetivo que intentar completar el siguiente pase. Así cada robo era un vicegol, en especial si lo conducía un Neymar iluminado que, sí, de verdad parece ser lo que dicen que es.

A través de él, Brasil le recetó a España una versión scolarizada de su propio método de aniquilación del rival en una derrota equivalente en todo menos en su importancia al que España propinó a Italia en la final de la Eurocopa: 90 minutos de tormento.

Pequeños naufragios

Frente a la obra maestra del Brasil mezquino de los últimos veinte años, algunos jugadores españoles mostraron una decadencia inclemente; otros, sencillamente fueron desarbolados por esa combinación de atmósfera y presión que convirtió el partido en algo más que una final de un torneo veraniego con ínfulas.

Como le ocurrió a Silva frente a Italia, Mata estuvo ausente, perdido en un puesto especialmente complejo, híbrido de muchas cosas y que, ahora mismo, solo Fábregas parece capaz de interpretar en virtud de su peculiar capacidad para ver un orden sencillo en el caos del movimiento perpetuo. Cesc resucita a su yo del Arsenal en la selección, lejos de su confuso álter ego del Barça, uno que se parece a los Silva y Mata de estos dos últimos partidos, ambos sin claridad en la misión, sin impacto en el juego ni en la presión; lo cual deja a Pedro, líder de los movimientos defensivos, como una especie de enajenado que corre a todas sin llegar a ninguna.

Desactivados en el empuje, España se convierte en una sucesión de operaciones de un solo hombre, de aventuras tanto defensivas como ofensivas sin más resultado que un desgaste físico inmenso. El acompañamiento perpetuo de Pedro se diluye y la capacidad de ruptura y desorden de Iniesta acaba por malograrse al ser solitaria. Todo acaba en melancolía.

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El campeonato, gracias a una intensidad lograda por todas las deudas pasadas y presentes de los cuatro contendientes principales  -España, Italia, Uruguay y Brasil-, deja material para la reflexión con una año vista del torneo real, de la versión mortal de esta caída con red, de este tiro de fogueo. La principal es que Xavi, pieza clave de la evolución del estilo del equipo, quizá el futbolista que lo condensa, ha comenzado hace tiempo a tener un impacto más teórico que práctico. Quizá la final de la pasada Euro, una pieza clásica de su arte, fue el canto del cisne de jugador, que ya había tenido muy poca influencia (positiva) en los partidos previos de esa Euro, al igual que en las dos últimas temporadas del Barcelona. El declive de un jugador nuclear como el él para el fútbol del conjunto será difícil de negociar, sus posibles sustitutos, a no ser que se opte por algo diferente (¿un doble pivote sin Xavi incrustado o por delante?) proponen una conversión hacia el vértigo, similar a la anunciada por el Barcelona de Vilanova en la primera vuelta la Liga, no en vano la mejor antes de que todo tipo de inconvenientes obligaran a refugiarse en la ortodoxia xaviana.

Fábregas, Thiago o Iniesta ofrecen un tempo diferente, de mayor riesgo, que recomienda menores alegrías para los laterales, ayer otra vez martirizados por sus excesos –Alba– o sus defectos –Arbeloa–. El Mundial se presenta a un año vista como una encrucijada de despedidas y presentaciones, con Del Bosque debatiéndose entre la última cabalgada de una generación prodigiosa y la renovación lampedusiana para no convertirse en un equipo con más pasado que futuro.

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2 pensamientos en “Confecup: una tragedia en minúsculas

    • Estoy de acuerdo, pero a la vez pienso que la constancia en el estilo, en la idea clara y asumida con personalidad, has sido lo que ha llevado a España al éxito. Lo que toca no es cambiar de idea, es actualizarla; y no será por falta de materia prima.

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