Belén Castellanos Rodríguez

La liberación de los cuerpos terrestres

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¿Qué es la liberación? ¿No es liberar partes del cuerpo lo más importante del mundo? Pero, ¿de qué se trata exactamente? Hay quien piensa que liberar(-se) implica un desligar(-se) de algo, un librar(-se) de una disciplina o de un código o de una función o de un destino. Sin embargo, nos hallaríamos, entonces ante todo lo contrario, pues libertad, liberar o liberarse no tiene nada que ver con perder las riendas y los estribos hasta volar sin pilotaje. Eso es quedar preso en antiproyectos. Tampoco libertad, liberar o liberarse puede, de ningún modo, ser la condición o el desenlace de un combate contra la naturaleza y ni siquiera contra la necesidad. Hace falta arrastrar un peso para liberarse: arrastrarlo, llevarlo y vincularlo. Por lo tanto, encontramos la libertad al contar con nuestro peso y al agradecer la gravedad que le permite expresarse. Estar sometido a las leyes físicas es divino. Significa que tenemos cuerpo y que no queremos librarnos de él sino liberarlo.

Liberar el cuerpo es, en primer lugar, partirlo en trozos porque un cuerpo enterizo no tiene apenas movilidad y sin movilidad un cuerpo no es un cuerpo (lo dice la dialéctica, el estructuralismo, el materialismo, el espiritualismo, la fenomenología, la monadología y la religión). Liberar significa, en primer lugar, disociar, primero unas partes de otras, después cada parte de su función. En segundo lugar, liberar pide ligar de inmediato la parte y las capacidades de la parte con las partes de otros cuerpos y con otras tareas. Por último, volvemos a montar las partes como nos parece y nombramos directora a otra.

La revolución de las manos

La liberación más famosa y admirada fue, como sabemos, la liberación de la mano. Cuando la mano supo que podía agarrar más cosas que el suelo y que la locomoción no era el único movimiento, creó y manejó herramientas y, cuando supo que donde se fabrica una herramienta, también se puede generar algo superfluo, aplaudió, saludó, pidió, auxilió, rezó, convocó, pactó, invitó, sentenció, señaló e inventó humores con gestos. Y la mano se liberó y triunfó y rigió. Se hizo, además, estética y por lo tanto se permitió la gratuidad. A partir de entonces el cerebro y su pensamiento se expandió y comenzó a maquinar y a salirse de sí y a observarse desde fuera y a identificarse y a imitar…

Helmut Newton 4

Pero ¿seguimos sin saber si es el cerebro el que ordena a la mano o es la mano la que ordena al cerebro? Es algo conocido que no se habla como se piensa sino que se piensa como se habla. En cambio, la acción que, por encima de todas, determina el pensamiento y lo manifiesta, al tiempo, es la acción de las manos ¿Realmente creeríamos que un conferenciante o un interlocutor con manos paralizadas, que no gesticulan, señalan o impulsan, está, en verdad, pensando como un vivo piensa? No nos hacemos revolucionarios antes de haber levantado un puño, ni lideramos sin primero indicar un lugar que nos aguarda, ni queremos hasta que tocamos. Unas manos flexibles, ágiles y enérgicas, nos deslumbran con su articulación enorme de movimientos y con su capacidad infinita para el encuentro. Las manos de verdad quieren tocar y alcanzan con ello una variabilidad de relaciones que aumenta, más que en ningún lado, la capacidad de obrar y de ser afectadas. La autoría de una obra siempre corresponde a una mano y a todas las manos que echaron una mano. Parece mentira que hasta Mao mantuviera algo tan ridículo como la distinción entre trabajo manual y trabajo intelectual, pues no hay refinamiento intelectual sin destreza manual. Un hombre es lo que puede hacer con sus manos.

La emancipación de la boca

En realidad, yo quería hablar, en esta ocasión, de la liberación de la boca y de cómo hacernos cargo de sus consecuencias. La boca es la parte vital, el objeto de supervivencia más primario. La boca, sin pedir permiso, respira, que es el modo más inconsciente de comer: atrapar algún tipo de substancia y expulsar el resto. La boca come alimento, en inicio, y luego, querría comérselo todo, hasta el mundo. La boca también exhibe un deseo voluptuoso, aunque no tan imperante como el de la mano y, así, no tan determinante. La boca, para ser exactos, no se inicia comiendo sino que se inicia moviéndose, comprobando de qué expresiones y acciones es capaz. La boca, como las manos, juega porque, si no, se aburre y no medra. En un momento dado, algo se excreta animado por su juego y, así, es como en el juego aparece su propia recompensa, una como la que a todo verdadero jugar corresponde, una que no se esperaba. Cuando un juego en particular se establece, divierte de él la repetición, puesto que el jugador sigue queriendo averiguar por cuántas veces se puede repetir lo mismo, es decir, por cuántas veces podemos sorprendernos o, para ser más técnicos, cuándo llegará la habituación y, con ella, la suavidad de la costumbre para unos (que ya no podrán vivir sin ello) o la aspereza del aburrimiento para otros (que ya no podrán vivir con ello).

Hay bocas que permanecen tenazmente en su primera capacidad y nada les atrae más que comer y nunca liberarían la boca del comer para cualquier otra tarea, por muchas emociones nuevas que ésta prometiera. Las libidos viscosas son reacias a la liberación, pues es en ellas más fuerte el apego que el deseo. Pero los que se sienten saciados alguna vez, dejan su boca disponible para otra cosa, aunque solo sea por probar a ver qué pasa. La liberación es una ascesis que, uniendo y separando, va más allá de la respiración que, a su vez, de por sí, consiste en unir y separar el aire. Pero no es abandonar las antiguas cualidades sino separarlas de nuevo, de fraccionar  una secuencia: solo atrapar, solo salivar, solo morder, solo tragar, solo succionar, solo masticar, solo chupar. Probamos cada aptitud y probamos con qué y cómo podemos relacionarnos con otras cosas a partir de esa función. Aprendemos, por ejemplo qué podemos morder y qué gusta de ser mordido sin oponernos el rechazo, pues el rechazo al rechazo nos permite seleccionar con bastante acierto. Y así, llegamos, por ejemplo a besar. La boca se hace estética y goza del sentir sin consumir. Besar es inútil, una acción de gratuidad que emociona, rompe el hielo y anuncia acontecimientos nuevos en el encuentro. Liberarse es saber hacer lo que no hace falta. Pero no sin hastío se besa eternamente y la boca, a menudo, no entiende ni se reconcilia con la idea de que lo que fue apasionante tantas veces, ya no sea suficiente. Y entonces, cuando la boca ya no cabe en la identidad con el solo besar, e intentando encontrar el primer beso, se revuelve contra sus copias, ocurre que, entre tanta perplejidad y extrañamiento, pregunta y convierte sus deseos en órdenes, contra-ódenes e interpelaciones. Cuando las bocas hablan no se alejan sino que se encuentran en el medio y hallan su límite y su sí mismas, desplazado hasta donde pueden ser escuchadas con acuse de recibo.

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Con todo esto, me gustaría reclamar e intensificar la sentencia de Deleuze, según la cual, sería inapropiado hablar de comer, más aún que comerse las palabras. Para todos es sabida la regla de cortesía que impide hablar con la boca llena (llena de alimento). Podríamos preguntarnos por qué tal cosa ha llegado a sernos desagradable. No hay nada extraño en la masticación ni en la comida troceada. Lo que realmente nos disgusta es que una boca que besa o que habla regrese al infantilismo del comer, así que comer lo intenta hacer el ser humano de modo disimulado, sin exhibiciones que retratarían la inmensa vulgaridad de alguien, un caracter de cuerpo no liberado. Para el beso también se busca cierta intimidad. Entonces hablar de comer o hablar de besar toma la apariencia inquietante de una recapitulación biológica. Cuando hablar no resulta apta para la mostración rotunda, es porque estamos conquistando el canto y no cantaremos sobre el comer ni sobre el besar ni sobre el hablar. La música se liberó del ruido. Liberarse es, también, seleccionarse, escoger tramos y sacarlos del conjunto aleatorio para agruparlos creativamente. Liberarse es sublimarse. Cuando liberamos cada parte del cuerpo podemos bailar y bailar eternamente, pues el bailar permite infinitas combinaciones e infinitas nuevas liberaciones.

Fotos de Helmut Newton

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