Paula Corroto

Jorge M. Reverte: «Esta democracia será una mierda, pero la prefiero mil veces a la dictadura»

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El periodista Julio Gálvez ha vuelto. Creado por el también periodista y escritor Jorge M. Reverte (Madrid, 1948) en 1979 con la novela Demasiado para Gálvez (y ya van seis), este personaje que ahora se busca la vida como freelance –el mundo del periodismo no da para mucho más– regresa en Gálvez entre los leones (RBA) con una trama en la que además de los felinos aparecen empresarios y políticos corruptos, algo que huele mucho a Gürtel, y un tipo con un alto cargo que caza elefantes en África. La novela posee un ritmo endiablado y mucha socarronería. El lector disfruta. Y el propio Gálvez sufre mientras nos muestra un capítulo más de la historia de la democracia española. Reverte asegura en esta entrevista, que transcurrió en uno de los cafés más emblemáticos de Madrid, que ha disfrutado mucho escribiéndola, y que, además, le ha proporcionado un placer que no le dan sus ensayos históricos sobre la guerra civil: contar acontecimientos políticos españoles sabiendo que va a llegar a muchos más lectores. Al fin y al cabo, de eso va la literatura.

-¿Por qué recuperas al personaje del periodista Julio Gálvez después de ocho años?

-No lo sé, porque las novelas de Gálvez no las planifico nunca, y de cuando en cuando me viene el deseo de escribir sobre él. En realidad, es más fruto del descuido, porque me lo paso muy bien.

-Quizá ahora se cumplían también una serie de condiciones político-sociales que imploraban que Gálvez volviera.

-Eso siempre pasa. Siempre hay lío. En cualquier época hay algo que contar con la perspectiva peculiar de Gálvez. No, lo que pienso es en disciplinarme un poco más y escribir cada cierto tiempo sobre Gálvez. Mi idea es hacerlo cada dos años.

-¿En qué ha cambiado este periodista desde aquella primera novela, Demasiado para Gálvez, publicada en 1979?

-Sobre todo se ha hecho viejo. A mí eso también me divierte. Gálvez va envejeciendo con el paso de los años y, aunque su carácter básico no ha cambiado, ni su torpeza, ni su análisis peculiar de las cosas, sí está mayor.

-¿Y por eso su mirada tiene un punto de escepticismo y socarronería?

-Sí, porque si ha llegado a tener todos esos años es que ha podido sobrevivir. Y la manera de sobrevivir es tener una mirada distanciada de la realidad.

-En las novelas de Gálvez se puede ver el desarrollo de la democracia española. En esta última, con la aparición de las corruptelas –de hecho, aparece el nombre de Gürtel, ¿demuestra que el recorrido no ha ido todo lo bien que se esperaba?

-El punto de vista de Gálvez hacia la democracia es positivo. De todas formas, también es verdad que con bastante escepticismo, porque no parece que piense que existe un bálsamo que pueda hacer que la sociedad sea siempre estupenda. Lo que sí le ocurre, y en esta novela es menos conflictivo que en otros casos, como por ejemplo la provocación en el País Vasco, que asumió con bastante fuerza en un momento que aquello se veía con una perspectiva muy complaciente para los que habían resistido a Franco, pero con una ideología terrorífica. Ahora quizá la situación, en ese sentido, es más fácil. El compromiso con la realidad es igual de difícil, pero la realidad, por mucho que tengamos estas cifras de desempleo, es mucho menos agresiva que en algunos otros momentos.

-Hemos pasado de la crispación al esperpento. Lo leemos en esta novela y en los periódicos de este año.

-Sí, se han vivido momentos de mucha más tensión. Pero también estamos en un momento de desánimo que es difícil de encontrar en nuestra historia reciente. Y eso sí se nota en la perspectiva de Gálvez.

-Y por eso tiene ese humor, si no estaríamos perdidos. ¿Nos salva en algo cierto carácter español, si eso existe, para no tener una tasa de suicidios como en Suecia?

-El humor no viene sólo por algo genético, sino que tenemos la suerte de que tenemos más luz y calorcito que en Suecia. Yo no entiendo cómo puede sobrevivir un ser humano allí. Por muy confortable que sea el  Estado del bienestar, es imposible vivir sin luz. El clima nos da el humor y una cierta alegría.

-En esta novela en la que Gálvez vive sus peripecias en un safari en Tanzania, lleno de leones y hienas, lo que parece una metáfora también de nuestra situación: un país en el que hubo un momento en el que se llenó de hienas.

-Sí, además eso no ha cambiado desde el primer Gálvez. Lo de la codicia es algo que a mí me sorprende. Puedo entender que exista la corrupción, lo que no entiendo es que pueda existir la corrupción sin límite, ese impulso brutal a continuar expoliando, y además da lo mismo la dictadura que la democracia. La ventaja de la democracia es que se puede investigar y hablar con todas las dificultades que haya. Pero la codicia permanece y eso a Gálvez le sigue sorprendiendo.

-A muchos les ayuda que empresarios y banqueros estén acabando en la cárcel.

-Eso es fundamental para tener una mínima confianza en el Estado. Es clave para poder vivir. A mi pesar, porque no me gusta que nadie vaya a la cárcel, me alegro cuando va alguno de estos. Y a alguno le va a durar.

-¿El escepticismo de Galvez tiene que ver con la desafección, otra palabra de moda en estos tiempos?

-No. A Gálvez le gusta que haya una sociedad democrática, en vez de dictatorial. Yo creo que esto de la desafección está pasando quizá por falta de experiencia. Hay mucha gente que dice que esta democracia es una mierda. Bueno, seguramente lo es, pero yo la prefiero a la dictadura mil veces.

-Por cierto, aunque esto se sale de la novela, escribiste en tu blog cómo presenciaste el escrache al ministro Alberto Ruiz Gallardón, y, por tus palabras, no te pareció mal.

-Yo tengo muchas dudas con respecto a los escraches, y creo que también dentro del movimiento ha habido mucha reflexión sobre esto. Yo vivo muy cerca  y lo que vi fue a gente protestando en un tono muy pacífico; sin embargo, había mucha policía, que no se estaba comportando igual. De hecho, a mí los que no me dejaron entrar en mi casa fueron los policías.

galvez_entre_los_leones_300x455-Otro aspecto que tocas en el libro es la caza de elefantes por un miembro de la Casa Real. Es curioso, pero fue una casualidad la que permitió que saliera aquella ya famosa foto del rey en Botsuana, sino aún estaríamos en la inopia.

-Ésa es la ventaja de la democracia, que te acabas enterando.

-Sí, bueno, treinta años después.

-[Risas] Pero lo de la cacería de elefantes fue inmediato. La Casa Real, como otras instituciones de este país, ha experimentado un deterioro, una falta de juicio y seriedad que ha afectado a todo un país. Ves los partidos políticos y es una vergüenza lo que están haciendo. Cómo permiten que sucedan esas cosas en su interior. Y se escapa mejor la judicatura, que ahora está siendo clave, pero también ha habido cosas terribles. Todas las instituciones están tocadas.

-¿Cómo nos afecta esta ‘caída’ de la monarquía?

-La Casa Real es una institución muy frágil y sólo se sostiene si es una entidad ejemplar. Tenemos casos anteriores de lo que era el ‘borboneo’, que es cuando la gente que encabezaba la institución no era seria y eso provocó su caída. Ahora yo creo que si sigue la Casa Real es porque enmiendan muchísimo. Si no, a mí no me parecería nada mal, ni mucho menos, que eligiéramos. Hay una cosa curiosa en la Constitución, que declara que ese rey es una cosa por herencia genética y además exento de responsabilidad. A mí me parece absurdo. Y lo sabemos todos. Firmamos ese pacto absurdo, pero a cambio exigimos seriedad.

-Pero parece que la seriedad se exige ahora. Durante mucho tiempo ha sido una institución oculta.

-No habían salido cosas tan feas e indecorosas. Y bueno, sí, había una mano que decía “no vamos a meternos en este lío”. Yo creo que tampoco es el momento ahora para meterse en el lío de República o Monarquía. A mí me gusta mucho más la República, pero tampoco estoy dispuesto a pegarme con nadie. Ahora, si no es serio, se caerá solo.

-Volviendo a la novela, en ella hay un homenaje a tu hermano, el también escritor Javier Reverte. De hecho, aparece como personaje con el segundo apellido de vuestro padre. ¿Por qué este guiño? ¿Qué te ha comentado él?

-A él le ha divertido. Yo le pongo un carácter presuntuoso y enfocado a seducir a las mujeres con sus escritos. Se lo ha tomado con deportividad. Era un homenaje porque quiero mucho a mi hermano y me venía bien hacérselo. Y además, él organizó el viaje que me sirvió para contar una parte de África. Y me divertía mucho que lo organizara como si lo hubiera organizado Gálvez porque nada salió como estaba previsto.

-¿Qué ocurrió?

-Estábamos en el parque de Selous y al tercer día supimos que era ilegal todo lo que estábamos haciendo. Íbamos con todo arreglado, pero nos dimos cuenta de que estaba prohibido caminar por allí. Pero estuvimos una semana andando por el parque con la escasa protección de una señora que llevaba un rifle de finales del siglo XIX. Pero al mismo tiempo ese desastre fue lo que convirtió al viaje en algo extraordinario. No encontrábamos a nadie y tampoco veías a los animales porque no estaban acostumbrados a ver gente.

-No son como los del Serengueti. De hecho, lo escribes en el libro, “en Selous sólo se ven culos” de animales.

-Ves culos, pero cuando ves caras, te asustas. Imagínate a los búfalos, que son como toros bravos en la dehesa.

-¿Qué significó África para ti? Un continente muy literario, por otra parte.

-Fue una experiencia importante. Hay cosas que no he metido en el libro que son muy poderosas y que me han cambiado la manera de ver el mundo. Por ejemplo, un viaje que hicimos por el lago Tanganika en un barco que iba a reventar de refugiados y de gente que no tenía para comer. Aquello fue una experiencia muy fuerte que me ha cambiado la cabeza.

-¿La trama de los albinos de esta novela procede de allí?

-Es que los vi. Los vi en los pueblos, donde estaban muy protegidos, porque en los periódicos de Tanzania salía un día sí y otro no, algún caso de albino raptado o mutilado para uso de brujería. Y era un problema social serio que supongo que sigue siendo.

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Los hermanos Javier y Jorge M. Reverte

-África es un motor para la aventura. Esta es una novela negra, pero mezclada con el género de aventuras, casi a lo Tintín en el Congo.

-Sí, hay eso que siempre me ha gustado de la novela de aventuras clásica, sobre todo de muchos ingleses. Y ver esos escenarios… Además, en África todavía es posible la aventura.

-Los dos agentes del CNI de la novela dan cierta imagen de Mortadelo y Filemón.

-Un poco de eso hay [risas]. De todas formas, conozco a gente del CNI muy seria y que hacen unos trabajos espléndidos en el País Vasco y en otros lugares fuera de España. Pero no es demasiado estrambótico y si te paras a pensar, las situaciones que vive Gálvez tampoco son muy distintas a la realidad.

-La parte que transcurre en Madrid para los que somos de aquí o vivimos aquí muestra a la ciudad de una forma muy palpable.

-Me divierte mucho eso, porque son barrios en los que vivo o he vivido. Madrid es una ciudad a la que detesto, como todos los madrileños, pero me divierte mucho.

-Y también aparece Asturias, con esa historia sobre un parque temático llamado Nuevo Atapuerca. Por cierto, ironizas bastante sobre el ‘asturiano’.

-Es que con eso de la llingua, aunque no lo vean así, también hay algo de ese nacionalismo… Y hay gente que está viviendo de eso y aprovechándose de eso.

-Hay una frase de la novela que es un puñal para la novela negra nórdica: “Para contar esto una novela nórdica hubiera necesitado 300 páginas”.

-Me parece insoportable la novela negra nórdica. Pueden gastar diez páginas en describir la compra del día o un paseo por Ikea. Este personaje, Lisbeth Salander, tarda diez páginas en describir cómo se toma las galletas y no hay nada más.

-Pero ha tenido mucho éxito.

-También tiene éxito El Código da Vinci y no entiendo por qué. Es una novela de la que no he podido pasar de las diez primeras páginas.

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