Pablo Batalla Cueto

1908: La bisagra Tolstói

1908. Tolstói

Colocadas la una sobre la otra, la lista de novelas escritas por Lev Tolstói y la de películas basadas en su obra, con los años de publicación o rodaje marcados entre paréntesis, producen un curioso efecto óptico. Las dos listas tienen extensiones muy similares; y en la primera lista, todos los años comienzan por el número 18, tal como en la segunda todos los años comienzan por el número 19. La última novela publicada por Tolstói, Resurrección, lo fue en 1899. La primera película basada en alguna de sus obras —un cortometraje mudo, británico, de doce minutos de duración— fue la propia Resurrección, en 1909. Las dos listas, pues, remedan una especie de bisagra en la que Resurrección fuera el gozne, y los dos siglos más trepidantes de la historia humana las dos hojas. Partiendo del gozne, los años de la lista de novelas parecen despeñarse hacia atrás: 1899, 1898, 1894, 1891, 1889…; y los años de la lista de películas parecen despeñarse hacia delante: 1909, 1911, 1914, 1915, 1918… Como si hubiera sabido que algunos hombres ilustres dan en convertirse al mismo tiempo en box y en jinete del siglo que cabalgan y contienen; como si hubiera sabido que él mismo estaba llamado a ser uno de esos hombres-siglo, Tolstói dejó de escribir en el mismo preciso instante en que su siglo expiraba, y en que en el salón indio del Grand Café, en el bulevar de las Capuchinas de París, los hermanos Lumière iniciaban la explotación comercial de su cinematógrafo proyectando para una maravillada concurrencia imágenes de obreros saliendo de una fábrica. Probablemente nadie previese entonces que aquel intrascendente divertimento iba a ser el gran tótem cultural de la centuria que comenzaba, tal como la novela lo había sido de la centuria agoniante; sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron tal como si hubiese sido así: la edad del cinematógrafo sucedió a la edad de Tolstói con la caballerosidad de un joven ambicioso e impaciente que, en cambio, tuviera la delicadeza de aguardar fuera y sin apremiarle a un predecesor anciano que, sabiéndose acabado, hubiera dimitido para no endosar a nadie el mal trago de despedirle, y con melancólica parsimonia fuera guardando en una caja de cartón sus objetos personales a fin de desocupar el despacho que aquél fuese a heredar. El cinematógrafo esperó a que Tolstói falleciese para declarar abierta la veda de las adaptaciones, a pesar de que Tolstói viviese todavía para ver los primeros diez años del siglo nuevo. En este acto de elegancia simétrica, Tolstói cumplió su parte del trato recluyéndose a esperar la muerte en una discreta clausura de papa emérito, entre los grandes árboles del jardín de la casa de campo en la que había escrito Guerra y paz y Ana Karénina.

Un día recibió una carta. La escribía el científico e inventor Serguéi Prokudin-Gorski. Decía: «La fotografía “en color natural” es mi especialidad; tal vez usted conozca mi nombre por la prensa. Después de años de estudio de las propiedades del bromuro de plata he alcanzado excelentes resultados en la correcta representación de los colores. Ahora que mi método fotográfico no requiere más que uno o dos segundos, me permito solicitarle permiso para visitarle durante uno o dos días (teniendo en cuenta su estado de salud y el tiempo) a fin de tomar varias fotografías en color de usted y de su mujer. Considero que fotografiarle a todo color, en su ambiente natural, proporcionaría un gran servicio al mundo entero. Estas imágenes son eternas. No cambian. Ningún otro proceso puede alcanzar estos resultados. Lev Nikoláyevich, si desea hacerle este favor, no sólo a mí, sino a todos sus innumerables admiradores, permítame entonces visitarle antes del 2 de abril, pues el 5 de abril debo acudir a un congreso químico en Londres. Si fuera imposible, tal vez podría llegar durante la primera mitad de junio. Como ya he mencionado, sólo necesito entre uno y tres segundos para tomar la fotografía, por lo que no será muy fatigoso para usted.»

La primera fotografía en color de la historia de Rusia, tomada el 23 de mayo de 1908, demuestra que Tolstói, tal vez espoleado por un leve pinchazo de vanidad, accedió a la petición; pero los ojos del ya octogenario escritor, que miran a cámara con malhumorada desconfianza, e incluso una cierta impaciencia que como apremia al fotógrafo a que acabe rápido y se largue, parecen evidenciar, a su vez, que más tarde se arrepintió de haber permitido a Prokudin aquella pequeña invasión de su enclaustramiento.

La carta de Prokudin, por otro lado, prueba que las primeras veces de todo, sabiéndose aquejadas del vértigo de la inmortalidad, se escogen con el mismo tiento con que se seleccionan los objetos que se guardan en esas urnas de metacrilato que solemnemente se colocan, a modo de primera piedra, en los cimientos de los edificios. Somos lo que queremos ser en una cápsula del tiempo. En una encontrada en Madrid en 2009, que databa de 1835, había una magnífica edición del Quijote, pero no la gruesa almohadilla con forma de dónut que, cuentan, el rey Fernando VII, aquejado de una severa elefantiasis genital, debía colocarse en la base del pene para no empalar a sus cuatro reinas en los fragores del fornicio; ni las enaguas manchadas en las que, cuentan, la jovencísima María Amalia de Sajonia —dieciséis años— se orinó y se defecó encima durante su noche de bodas a causa del terror provocado por la contemplación del monumental badajo del rey de las Españas.

Así, no es casual que en la primera película francesa hubiese obreros y una fábrica, ni que la primera fotografía rusa en color fuese el retrato de un gran literato. Y por supuesto, tampoco lo es que la primera película española fuese la salida de los feligreses de la basílica del Pilar de una misa de doce.

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