Víctor Guillot

El hijo de puta número 1. Memorias de Soto del Real (II)

U222874

En Soto del Real, sólo entra y sale del presidio a su libre albedrío el aroma de los fresnos. El solano aprieta desde la amanecida como una azada clavada en la nuca de los presos y Luis pasea por el patio con el cuello tenso, como si fuera un jornalero que aún tuviera atadas las riendas por detrás de su cabeza para dirigir los movimientos de una mula.  Le ha dicho a Gómez de Liaño que él es quien toma las decisiones. Y Liaño le ha respondido que ahora manda él. Y punto. «Contar la verdad ya no te podrá perjudicar más que todos tus mentiras». El cabrón mira al suelo con cierto desamparo. Sólo un juez que asume el potente respeto que impone otro juez le invita a bajar la cerviz, como si de un toro que se sabe acorralado se tratase. Pero los toros encerrados son los que más cornadas terminan clavando. Y es en esas circunstancias cuando recurre a su orgullo para recuperar el ánimo y mirar al cielo.

No supo en qué momento se dio cuenta exactamente de su propia posición, de la posición que ocupaba dentro del partido, del lugar exacto en el que estaba situado en aquella pirámide sostenida por el dinero y desde cuya cima se oteaba una basta extensión de poder absoluto. Luis, que siempre había sido discreto, que le gustaba llegar a los sitios siempre por la puerta de atrás, que no aceptaba salir en los papeles por más que fuera el tesorero, el que manejaba la pasta, el que financiaba las campañas, el que tenía agarrado por los huevos a los constructores, a las ratas y también a los leones, volvía a recordar aquella misma idea que se había clavado en su cabeza como un tornillo engrasado en otra época completamente distinta, en otra habitación, en otro momento, probablemente lejano, que le hizo comprender que procedía de una familia, o más bien de un clan, una raza, quizá incluso una especie, de auténticos hijos de puta.

«Si tiene que ser así, que así sea. Liaño es un buen abogado, Ruz está demostrando que tiene huevos, por lo mismo que Mariano lleva demostrando desde hace mucho tiempo todo lo contrario, que no los tiene o que nunca los tuvo, ni tampoco los tendrá. Ellos nunca pretendieron ser el número uno de nada. Está bien. Esto es lo que vamos a hacer nosotros. Luis tendrá como meta personal y privada que todo el mundo lo reconozca como el número uno de los hijos de puta. Sí, el número uno».

El alcaide está de vacaciones y el fiscal le ha negado la libertad bajo fianza. Era todo previsible. El ciego le ha dicho que no mueva la boca ni para respirar, que si lo hace caerán su mujer, su hijo, todo lo que tiene y más. Esas cosas son las que le joden, que metan a su familia de por medio, cuando todo lo que hizo fue ejecutar las órdenes de PAC.  A cambio se cargarán a Gallardón, le dice el ciego, que ha callado todo este tiempo como una puta, mientras los demás se licuaban en su propio sudor. Son como alimañas escondidas en su guarida, reconoce y piensa en Cospedal, en Esperanza, en Mato. «Zorras», murmulla. No duermen, no hablan, no comen, apenas respiran lo necesario. Pero ya hablarán. Suplicarán al hijo de puta que mantenga la boca cerrada y después ya se verá.

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