Ismael Rodríguez

Lobezno: Honor. Recordando tiempos mejores

«Soy el mejor en mi oficio, aunque mi oficio no sea muy agradable». Así leímos por primera vez en España la frase que definiría a Lobezno, en las páginas del primer Extra Superhéroes de Forum. Con el paso de los años la formulación cambió hasta la que todos conocemos, pero lo que no cambió fue el cómic que la inspiró y que dio forma al mutante más popular que se haya paseado por las páginas de Marvel.

portada

Todo empezó en noviembre de 1974, cuando un agente especial del gobierno canadiense se enfrentó a Hulk en la colección del monstruo verde. Roy Thomas era por entonces el editor jefe de Marvel y le había pedido al guionista Len Wein – que curiosamente le sustituiría en el cargo – que crease un personaje llamado como el glotón o carcayú. Este personaje debería ser canadiense, de pequeña estatura y con muchas malas pulgas. Con la ayuda del diseño de John Romita Sr. el resultado fue el personaje que en España conocemos como Lobezno.

Lo que en principio no iba a ser más que un personaje episódico, de los que abundaban en la Casa de las Ideas por aquel entonces, terminó siendo mucho más. Apenas medio año  más tarde, en mayo de 1975, ya se había convertido en un miembro de pleno derecho de La Patrulla-X de la mano del mismo guionista en el ya mítico Giant-Size X-Men #1. En dicho cómic descubríamos la nueva Patrulla-X, un grupo internacional y lleno de nuevas caras.

Los primeros años de Lobezno no fueron tan sencillos como uno podría esperar dado su éxito posterior. Su supervivencia como personaje en la colección dedicada a los mutantes se debió en gran parte a la influencia del también canadiense John Byrne. Por entonces, este era un valor en alza que buscaba su lugar en la industria, y lo encontró junto a Chris Claremont al formar un equipo creativo en toda regla, donde ambos autores reconocen que a veces era difícil saber quién había decidido qué. Lo que sabemos es que fue Byrne quien insistió en mantener a Lobezno en el grupo y propuso diferentes ideas para darle un mayor trasfondo, la más trascendente de las cuales a largo plazo sería, seguramente, la creación del supergrupo canadiense por excelencia, Alpha Flight.

Cuando Byrne abandonó La Patrulla-X en marzo de 1981, la colección había cosechado un rotundo éxito y Lobezno se había convertido en uno de los personajes más icónicos de todo Marvel. Fue entonces cuando se decidió darle un honor inusual por aquel entonces, una serie limitada.

Una visión romántica del deber

Claremont ha relatado siempre que la concepción de la primera miniserie dedicada a Lobezno fue fruto de una larga conversación con el que sería el dibujante de la misma, Frank Miller. Ambos estaban de acuerdo en que el Logan que habitaba las páginas de la Patrulla-X no era un personaje especialmente rico en matices, pudiendo definirse simplemente como un psicópata asesino capaz de atacar por igual a amigos y enemigos en el fragor del combate. A pesar de lo que su carrera posterior pudiese hacernos pensar, era Miller el que estaba menos dispuesto a trabajar en un proyecto centrado en un personaje así.

Portada de Lobezno n1 por Frank Miller

Por suerte para todos nosotros, en esa conversación Claremont dio con una analogía que guiaría su concepción del personaje de cara al futuro: Lobezno era un samurai fallido. Para Claremont el samurai era el epítome de la humanidad, una figura en la que voluntad e intelecto lo rigen todo; Logan, en cambio, era un animal, un ser primario lejano a todo estado de gracia. Ese contraste, la lucha entre la parte animal y la humana de un Lobezno que buscaría convertirse en el samurai que todos llevamos dentro, sería lo que convenció a ambos creadores para ponerse manos a la obra.

El resultado fue una serie que empezaba presentándonos de nuevo al Lobezno que ya conocíamos, actuando como un agente del gobierno canadiense a la caza, ni más ni menos, de un oso asesino. Pero pronto se daría un vuelco a la historia y se soltaría al mutante en medio de Japón, un lugar que ya había visitado con anterioridad en las páginas de La Patrulla-X.

Fue en la colección madre donde Lobezno conoció a Mariko Yashida, la heredera del Clan Yashida. Esta importante representante de la nobleza japonesa, cuyo clan presume de poder remontarse hasta 2000 años atrás en su linaje, se enamoró de Lobezno. El animal también se enamoró de ella. Su historia de amor, como solía suceder en los cómics de superhéroes de la época, parecía no ir más allá de una subtrama colorista colocada estratégicamente en una saga, pero no sería así.

Lobezno: Honor – por usar el título más extendido en castellano, en inglés simplemente se conoce a la miniserie como Wolverine – es, en esencia, la historia de la caída y el renacimiento de su personaje protagonista. Con una narrativa propia de su tiempo, tan veloz que hoy en día nos resulta hasta apresurada, en el primer número ya se destruye el status quo de Logan y se le despoja de todo lo que creía saber y tener. Derrotado en el amor y en el campo de batalla, sus intentos para recuperarse no tendrán éxito hasta que sufre un acceso de clarividencia que define al personaje para el futuro, permitiéndole superar a sus rivales y encontrarse a sí mismo.

Con una estructura tan trillada, está claro que todo debe fiarse al trabajo de guionista y dibujante para conseguir darnos algo que nos refresque. Por suerte para el lector, esta vez el resultado es una narrativa que discurre en dos tiempos. Mientras Claremont se sumerge en una casi omnipresente voz en off que recuerda al cine negro, Miller narra por su cuenta y riesgo, dando la impresión de que los textos de apoyo y diálogos son totalmente innecesarios para él. Ambos autores, guionista y dibujante, parecen entender su trabajo como algo independiente, cuyo valor tiene que ser intrínseco, lo que se convierte en toda una experiencia para el lector.

En el dibujo merecen especial atención las escenas de combate, hábilmente distribuidas a lo largo de la historia, en los que Frank Miller demuestra una maestría difícil de discutir. La distribución de las viñetas se vuelve entonces prácticamente cinematográfica, tendiendo a la acumulación de imágenes horizontales que dan buena cuenta de lo que sucede en unas batallas llenas de violencia. La cumbre, de todos modos, seguramente se encuentre en la página doble que originalmente se situaba al principio del segundo cómic, una de las imágenes más icónicas y logradas del conjunto, con Lobezno atravesando una ventana en pleno combate, ante la atenta vigilancia de sus enemigos.

Escena de lucha, página doble

También es justo señalar que la visión del Japón dada por Claremont resulta muy estimulante. En lugar de enredarse en tópicos o pretender darnos poco más que una visita guiada por el país del sol naciente, una tentación muy habitual en este tipo de historias, el guionista londinense nos presenta una ambientación cerrada y efectiva. Es mérito suyo que un mutante miembro de un grupo de superhéroes pueda verse atrapado de manera tan natural en una trama que parece salida de una película de acción japonesa que incluso cuenta con la presencia de la yakuza y de los mismísimos ninja, tan de moda en el cine de acción ochentero. Tampoco podemos olvidar, además, el peso que tiene en la historia La Mano, esa organización que el propio Frank Miller nos había presentado menos de un año antes en las páginas de su Daredevil, en lo que supone una muestra más de la retroalimentación entre guionista y dibujante. En conjunto, tal vez merezca la pena considerar que este Japón fue un ensayo para configurar la que sería la gran localización creada por Claremont para Lobezno: la Madripur que se estrenaría en Marvel Comics Presents 6 años más tarde.

Sin embargo, como es natural, ningún trabajo está libre de defectos, y Lobezno: Honor no es una excepción. La voz en off se antoja en ocasiones demasiado discursiva, y resulta relativamente incómodo que la estructura original de publicación en cuatro números sea tan transparente. Esto se hace patente, sobre todo, cuando leemos por enésima vez que Lobezno es un mutante, tiene un esqueleto del increíble metal llamado adamantium o un factor regenerativo de gran efectividad. En general, y sin querer desmerecer en absoluto el trabajo de un Claremont que incluso se permite una referencia muy bien traída a la historia de los 47 Ronin, la historia se ralentiza en exceso cuando los diálogos entran en escena, evitando que se termine de consumar la obra maestra que podemos vislumbrar en ocasiones.

Un recuerdo de otros tiempos

Lobezno: Honor es un gran cómic, de esos que se quedan a las puertas del Olimpo por pequeños detalles, pero visto con el tiempo también es un ejemplo de una época que es fácil recordar con cariño. Estamos hablando de una ola que llegó a España con bastante retraso, pero que marcó el inicio de muchos lectores en el universo Marvel, muy lejos de la multiplicación salvaje de cabeceras y sagas que vivimos hoy en día.

Portada Giant-Size X-Men 1Cuando el primer número de Lobezno salió a la venta, en septiembre de 1982, el universo mutante estaba limitado solamente a la colección de la Patrulla-X. Ese mismo año se estrenarían los Nuevos Mutantes, Alpha Flight le seguiría el siguiente año, Factor-X todavía tardaría 4 años en aparecer y el propio Logan no contaría con su propia serie hasta 1988. Estamos hablando de un momento en el que dar una serie limitada a un personaje era todo un acontecimiento y aún significaba algo.

Si actualmente vivimos en un instante congelado en el tiempo donde los superhéroes parecen existir fuera de toda injerencia externa, infinitamente representados en una inmutable juventud, entonces creíamos vivir en el cambio permanente. Las decisiones tomadas en torno a nuestros personajes favoritos nos afectaban porque estábamos seguros de su trascendencia. Además, si alguien, por ejemplo, abandonaba la Patrulla-X, sabías que no había otras decenas de colecciones donde pudiese seguir apareciendo. Cada abandono era doloroso.

Por ello, leer algo dedicado a un personaje en solitario resultaba tan estimulante: se convertía en una experiencia a atesorar. Lobezno: Honor sigue siendo hoy día para muchos el primer cómic en el que vimos crecer a un miembro de un gran grupo de superhéroes, el que nos enseñó que había espacio para otras aventuras más allá de las que se nos narraban en la colección madre.

Ahora Lobezno es más icono que personaje, una máquina de ventas para una Marvel que lleva años explotándole hasta el límite. Cuando uno bucea entre sus tres series propias, sus variadas apariciones en títulos de la familia mutante y vengadora, en sus innumerables apariciones especiales… se da cuenta de que ha perdido la magia. El éxito acabó con el personaje que una vez quisimos.

Debemos reconocer nuestra propia culpa: pedimos más y más material de los mismos personajes y finalmente nos sorprendernos cuando la avalancha acaba con su esencia y tan solo deja a su paso una marca registrada. Entonces solo nos queda mirar atrás y volver a leer lo que nos hizo quererlos hace ya tantos años. En realidad, estamos intentando recordar por qué Lobezno es el mejor en lo que hace, aunque lo que haga no sea agradable.

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