Víctor Guillot

De Dorian Gray a Iñaki Urdangarín

CASO NÓOS

La revista Mongolia, el nuevo humor español del XXI, ha publicado los correos electrónicos de Iñaki Urdangarín con una señorita. A lo que se ve, el tipo tenía una querida. Ya saben que hay algo mejor que echar un polvo y es contarlo. Hubo una época en la que Iñaki Urdangarín fue considerado uno de los hombres más elegantes de España. Era para descojonarse, pero la lefa rosa tiene estos arrebatos borbónicos y a uno no le queda otra que descojonarse o joderse. Yo elegí descojonarme mientras Jaime Peñafiel se jodía. En aquella época, si no recuerdo mal, Iñaki y Cristina fingían ser una pareja feliz soluble entre el pueblo llano y los negocios de la jet,  vistiendo pantalones vaqueros, buscando el placet de la clase media y cosas así.  Ahora, a Iñaki lo vemos roto, enjuto y perdido, como un galgo al que no paran de quebrantarle los huesos a golpe de auto judicial. Cada declaración de Urdangarín es un paseo por el purgatorio que nos va dando el rostro real de quien vivió oculto tras la máscara del éxito. La fortuna se ha divorciado de Iñaki, que ya prepara otro divorcio. Al duque, cuya damnatio memoriae le ha regalado un gesto sufriente y convaleciente por las rúas de Mallorca, le está sucediendo lo mismo que al retrato de Dorian Gray, al que por fin le salen al rostro todas las putrefacciones, pústulas y llagaciones. De aquel semblante de niño ejemplar sólo nos queda una imagen supurante, fatigada y blasé de aquel muchacho bien que le daba al balonmano.

Al cínico le está prohibido enamorarse por un principio ético griego. Al dandi le está prohibido enamorarse por redundante dandismo. No sabemos de quién se enamoró realmente Iñaki Urdangarín: si de la liga de su mujer, la Infanta Cristina, o del retrato de su suegro acuñado en una perrona de a euro. En cualquier caso, Oscar Wilde dijo que enamorarse es descuidarse los botones del chaleco para que respire el corazón. A Iñaki lo que le respiraba no era el corazón sino la ambición, que es el palpito imparable de quienes no se cansan de leer su cuenta corriente. Al contrario que Dorian Gray, Urdangarín nunca pretendió ser un dandi, sin embargo, al igual que éste, la vida le va apuntando los pecados en secreto, aquellos secretos que quedaron escritos en los correos electrónicos que ahora caen en manos del juez Castro, los correos que anuncian adulterios y el juego sucio de la corona en los negocios.

El retrato de Iñaki Urdangarín, como el de Dorian Gray, está escondido en un desván o en un juzgado. Es el retrato de una dama sentimental que se aflige gorda, por un joven urgente. Más tarde, el juez le hará el retrato cruento de su vida y su alma, un retrato purulento como lo es el retrato de Gray. Y toda España pudo verlo y toda Europa pudo verlo. El retrato de Iñaki Urdangarín es hoy el atestado de un juez. Ahí está la sangre, el dinero y el semen. Wilde vivió peligrosamente antes de que eso fuera una consigna, y él lo llamaba vivir y morir por encima de sus posibilidades. A Urdangarín le ha pasado lo mismo. Sólo que aquella Inglaterra no perdonaba, y el «suegro», digamos, tampoco. O sí.

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