Pablo Batalla Cueto

1936. Tetas de monja con tomate

1936. Tetas de monja con tomate

El año 1936 aterrizó en España con toda su destructiva carga sutilmente profetizada en los trazos de sus cuatro cifras arábigas: en la irreconciliable simetría del 6 y del 9 aquello que Hegel llamaba la identidad de los opuestos, el enemigo mortal que todos somos en el interior de nosotros mismos; también la chiquita pero contundente elocuencia del rabo que apunta hacia arriba y el rabo que apunta hacia abajo, como resumiendo lo que sería un combate entre un arriba-Dios bajo el que postrarse y un abajo-tierra sobre la que erguirse —el cielo aquí y ahora—, pero también entre un arriba-sueños de redención y un abajo-cementerio de libertarios. En el 1 y el 3, torrentes de ideología condensados en el minúsculo espacio de un lema, con idéntica indefinición especular: el 1 podría ser el unilema Dios y el 3 el trilema Libertad, Igualdad, Fraternidad tal como el 1 podría ser el unilema Libertad y el 3 el trilema Dios, Patria, Rey. O el 1 podría ser la unificación forzosa de las distintas y con frecuencia enemigas fuerzas profascistas impuesta por el ya gobierno de Franco en 1937 y el 3 la insujetable pluriformidad del bando republicano, que perdió la guerra contra el fascio porque primero la tuvo contra sí mismo, y a todo a la vez no se puede estar.

El problema era de orden culinario. El progreso humano es un kilo de garbanzos; la historia de España, una colección de ollas mal cerradas. Unas, por lo poco: la excesiva rendija que deja escapar el vapor y duras las legumbres. Otras, por lo demasiado: el tupimiento del agujerillo por el que el vapor debe escapar y que provoca que éste, privado de sumidero por el que colarse, presione con creciente furia las paredes metálicas que lo constriñen y pueda provocar estallidos tremebundos y desgraciados si el incauto cocinero no lo evita. En 1936, cinco siglos de anticlericalismo mal drenado produjeron el último. Casi un siglo más tarde, los manchones de oscurantismo religioso siguen adheridos a un techo que nunca fue lavado.

Cuando la Segunda República Española fue proclamada en abril de 1931, corrió como la pólvora entre el pueblo alborozado una versión satírica del nuevo himno nacional: «Si las monjas y curas supieran / la paliza que les van a dar, / subirían al coro gritando: / “¡Libertad, libertad, libertad!”». Cinco años después, ya comenzada la guerra civil española, apareció en las paredes de un monasterio de San Adrián de Besós, en Cataluña, un curioso menú del día, pintado durante la noche por un anónimo miliciano de alguna de las organizaciones de izquierda que conformaban el bando leal al gobierno republicano. De primero se ofrecían tetas de monja con tomate o fascistas estofados. De segundo, salchichón de frailes o filetes de obispo. «Todo —maliciaba deliciosamente una indicación al final— a 0 pesetas». El cambio operado en tan solo un lustro era notable: el tono jocoso y eufórico no había cambiado, pero la propuesta de una simple paliza había dado paso a una perturbadora apología del descuartizamiento y el canibalismo. Sirviendo como enésimo argumento de la teoría de que el socialismo, en muchos casos, tan solo reemplazó de forma mimética al catolicismo —la procesión por la manifestación, la misa por el mitin, la Biblia por el Manifiesto, el cielo en el Más Allá por el cielo en el Más Acá—, el autor de la pintada se apropiaba del inmemorial tremendismo típicamente católico para hacerlo rebotar contra sus propios autores, amenazándoles con las refinadas torturas que éstos, a su vez, habían proferido siempre contra los infieles, los herejes, los apóstatas y los malos pagadores del diezmo. El infierno en el Más Allá por el infierno en el Más Acá. Aquí y ahora.

En otros lugares fusilaban santos de madera, o habilitaban cuadras y burdeles en las naves vacías de los templos requisados («Los templos no servirán más para favorecer alcahueterías inmundas. Las antorchas del pueblo las han pulverizado», proclamaba Solidaridad Obrera, el órgano de la anarquista CNT).  Se hozaba en el sacrilegio con el mórbido placer de una violación en grupo a una reina destronada, y la innombrable ansiedad de emplear la cuchillada o la embestida sexual o el terror que relaja los esfínteres para demostrar al mundo, pero sobre todo para demostrarse a uno mismo —tal vez porque nunca llegara a creerse del todo—, que el interior revelado del monarca contiene y derrama los mismos fluidos esenciales que el del campesino o el obrero fabril que lo despresa. La misma creatividad latía en todo el espectro entre lo sádico y lo chirigotero: se crucificaba a sacerdotes coronados de espinas y se empleaban los cálices como aguamaniles para mojar la brocha de afeitar.

Para regocijo de quienes desde entonces comenzaron a utilizar términos aparatosos como genocidio u holocausto para nombrar lo sucedido, y a alimentar la mitología martirial que está detrás de la canonización industrial de miles de sacerdotes españoles por sucesivos pontífices vaticanos, dice el intachable historiador inglés Hugh Thomas que «en ningún momento de la historia de Europa, y quizás incluso del mundo, se ha manifestado un odio tan apasionado contra la religión y todas sus obras», y probablemente no mienta.

Pero existe en las selvas ecuatoriales sudamericanas un sorprendente pájaro, el colibrí picoespada, dotado de un vertiginoso y finísimo pico de diez centímetros de longitud, más grande que el propio cuerpecillo del ave, que no alcanza el decímetro. El caso hubiera fascinado a Darwin: la razón de semejante desbarajuste es la pasionaria trinervia, una esbelta flor de pétalos rosáceos de cuyo néctar se alimenta el colibrí, y que a lo largo de los milenios ha ido siguiendo una lenta evolución paralela a la de su Némesis. Sus pétalos, muy largos y estrechos, se cierran para formar un angosto tubo en cuyo fondo descansa el néctar, y son un negativo perfecto del pico del pájaro. Cada centímetro evolutivo arañado por el pico ha provocado una paralela ganancia de otro centímetro por los pétalos de la pasionaria trinervia. La flor explica al pájaro, y el pájaro explica a la flor, en un hermoso ejemplo de cómo funciona el universo. Un observador avispado podría deducir al pájaro contemplando la flor, y deducir la flor contemplando al pájaro. Cabe, y podría replicársele a Thomas, preguntarse qué deduciria un observador avispado de la imagen del menú del día de aquel monasterio aquella mañana de 1936 en San Adrián de Besós. Cuál es el negativo.

Buscarle vueltas a la pasmosa serendipia de que la flor testaruda e indomeñable se llame pasionaria sólo debe considerarse un banal entretenimiento. Más miga filosófica la tiene la pregunta de si es más violento el picotazo succionador del pájaro o la capacidad intrínseca de las flores de matar de hambre a toda una generación de colibríes picoespada aumentando al unísono y sin avisar la longitud de sus pétalos en un nuevo puñado de milímetros.

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