Paula Corroto

Cuando el descaro se fue a la mierda

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«Tócame, quiero sentirme sucia. Tócame, excítame, relájame, lléname». Poseída por el deseo y con una voz aguda tanteando el orgasmo, una jovencísima Susan Sarandon se entrega a la pasión de la criatura de la noche sin ningún recato en una de las escenas más memorables de The rocky horror picture show, la película de culto de Jim Sharman. El filme fue estrenado en 1975 a partir del musical de Richard O’Brien y si bien, a día de hoy, con tanto bombardeo sexual -¿qué hizo hace unos días Miley Cyrus en los premios de la MTV?- la escena de Sarandon o esa maravillosa presentación que hace Tim Curry de su personaje travestido podrían parecernos imágenes ramplonas, lo cierto es que siguen despertando la excitación y el aplauso del respetable, como sucedió el pasado fin de semana durante el pase del filme en un solar reconvertido en cine de verano en Madrid.

Que “tócame y lléname”, con breves flashazos de otros dos personajes femeninos toqueteándose sin más, como si fuera un juego liviano, y rodados en los años setenta con escasa tecnología (casi parecen imágenes de super 8) sigan siendo muchísimo más sugerentes que las explícitas formas de una Cyrus frotando su trasero con la entrepierna de un bailarín en este 2013 sólo pueden llevarnos a una conclusión, o al menos a una que resulta muy evidente: sí, nos consideraremos muy modernos y de vuelta de todo, pero hemos perdido descaro y sugerencia. Se lo damos todo tan mascadito al cerebro que este ni siquiera es ya capaz de recrear nuestras más ocultas pulsiones, nuestros sueños más perversos o fuera de toda convención. El arte, ya sea en disciplinas como la música, el cine, el teatro o la literatura, convertido en pornografía que deja poco espacio para nuestra imaginación. Nos creemos tan modernos, que casi parecemos más antiguos que nuestros abuelos.

Y no es sólo la contraposición entre este musical en el que se muestra una sexualidad erotizada, que no explícita, y Cyrus. Seguramente Madonna haya soltado alguna risotada al ver las aperturas de piernas de Lady Gaga en sus shows. Si esta se exhibe como si estuviera en un espectáculo de barra americana (para ver esto, quizá mejor uno real, no?), Lady Ciccione hace ya treinta años que puso al personal al borde la histeria con sus sujetadores cono y sus bailes encandiladores alrededor de unos cuantos bailarines macizorros (y alguna que otra mujer). Bien es cierto que luego explotó aquello con Erótika y en La cama con Madonna, pero puede que precisamente fuera la mercantilización brutal de sus juegos eróticos la que comenzara con el declive (si se puede utilizar de esta palabra) de la modernísima cantante norteamericana.

dali reina sofía

No obstante, podríamos retrotraernos más en el tiempo. La exposición sobre Salvador Dalí en el Museo Reina Sofía de Madrid, que ha contado con más de 700.000 visitantes, incluía, además de sus admirables lienzos llenos de imágenes oníricas trasteando con nuestros impulsos más freudianos, la emisión de Un perro andaluz, La edad de Oro, y varios anuncios y minicortos del artista catalán, quizá lo mejor de toda la muestra. Las dos películas que rodó con Luis Buñuel son de 1929 y 1930, respectivamente. Y, sin embargo, a pesar del blanco y negro y de sus escasas técnicas comparadas con la artificialidad actual, si dijéramos que pertenecen al año 2020 no estaríamos desencaminados. En todas las imágenes se nos muestra un mundo lleno de descaro (en su acepción de la RAE: «Que habla u obra con desvergüenza, sin pudor ni respeto humano»), en el que hay ataques sexuales, vellos que se trasponen de nuestros intersticios corporales más pudorosos a otros (véase, de las axilas a la boca), sangre borboteando sin ningún tipo de inmensidad gore, la cantidad justa y saliendo del lugar justo para que nos provoque un pellizco en el estómago, insectos… Todo lo que nuestra imaginación puede crear cuando estamos solos, aquello que no contaríamos a nadie, pero que sabemos que existe. Y contado, además, sin que suponga ningún ataque explícito. Si alguien se revuelve al ver estas imágenes no es por lo que están observando sus ojos – no hay tetas, ni culos, ni penes erectos en escorzo- sino por lo que está creando su cerebro a partir de estos fotogramas. Y ahí es donde está la verdadera genialidad de unos filmes que ya tienen más de setenta años.

«Y si algo crece mientras posas te untaré de aceite y te frotaré. Hacia abajo, abajo, abajo», canturrea Sarandon mientras mira fijamente a su partenaire. Seguramente a Dalí le hubiera encantado la intencionalidad de la chavala –virgen a más inri- y hoy pondría de los nervios a más de un productor pensando en las etiquetas de edad de las salas de cine o a más de un ejecutivo de las discográficas que prefiere vendernos a un imberbe macarra como Justin Bieber como sex-symbol. Y aquí es cuando una se detiene y piensa: tanta liberación y tanto porno para acabar con el juego y con la ruptura de todo tipo de fronteras. Hasta Hugh Hefner cuando empezó tenía más arte.

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