Pablo Batalla Cueto

El bibliocausto imposible

Chile1Pocos objetos existen tan frágiles como un libro. Todo en él es precario, quebradizo, desgarrable, jugoso para toda clase de hambrientos microorganismos y ardible a la ridícula temperatura de 233 grados centígrados. Y pocos libros existen tan frágiles como los publicados en la extraordinaria hornada de los años sesenta y setenta, auténtica âge d’or del libro de bolsillo, el catecismo revolucionario y la culturización de las masas. De la editorial Quimantú, fundada por el gobierno de Salvador Allende en 1971, se asegura que su cortísima existencia —el par de años que tardaron los milicos en cerrarla— le fue suficiente para publicar unos diez millones de libros, al delirante ritmo de medio millón al mes. Quien mucho abarca, poco aprieta: aquellos libros tenían contenidos tan fascinantes y diseños tan vanguardistas como delicados eran los materiales baratos a los que se debía acudir para cuadrar los ambiciosos planes de producción del gobierno popular. En España, editoriales como Austral o Salvat enfrentaban idénticos dilemas.

Sin embargo, no ha existido dictadura que no haya inaugurado su proyecto de barbarie elaborando un índice de libros prohibidos. Con frecuencia, la primera fotografía que el mundo conoce de la nueva tiranía es la de la gran hoguera entre cuyas lenguas de fuego se adivinan fugaces retazos de papel con líneas de texto truncadas —«enemigo de la revolución es el burg»—, cebada por anónimos Savonarolas vestidos de caqui. El primer vídeo, los propios Savonarolas llevando a cabo su tarea con meticulosidad militar, desarbolando página a página cada libro que toman de una enorme montonera, y arrojando cada papel a las llamas también individualmente, como para asegurarse de que del libro condenado no sobreviva ni una coma. El primer relato periodístico, el que con la mayor dosis de humor amargo caracterice la estupidez y la incultura consustanciales al oficio de militar. En Chile se cuenta que en la hoguera que los soldados prendieron en la biblioteca de Pablo Neruda ardieron, a la vez que un buen número de clásicos del marxismo, tratados sobre cubismo, que los antorcheros creyeron relacionados con la Cuba comunacha, y «Biblioteca recuperada», la exposición de libros quemados en Chile en 1973 que alberga desde el 26 de agosto la biblioteca Nicanor Parra de Santiago, demuestra que, aunque pueda ser apócrifa, tal historia es como poco perfectamente verosímil. En los anaqueles de la muestra hay tebeos infantiles y una hermosa edición del De la Tierra a la Luna de Verne, y sería un ameno pasatiempo tratar de dilucidar qué oscuros bolchevismos encontraron los matones de Henry Kissinger en sus páginas si hacerlo no significase hacer un divertimento de la desgracia de un ser humano que no tuvo el tiempo o la ocurrencia que otros sí tuvieron de enterrar su biblioteca en el jardín.

Chile2No ha existido dictadura, en suma, que no se haya inaugurado a sí misma reconociendo con sus denodados esfuerzos incendiarios, tal vez sin saberlo, la fortaleza que los libros esconden bajo su apariencia de endeblez y la debilidad que la dictadura esconde bajo su apariencia de vigor: no se destruye lo que no se teme, y no se teme si se es fuerte. Y no existe mercadillo de libros de viejo cuyos stands no demuestren la esterilidad de tales esfuerzos inquisitoriales por levantar diques en torno a las ideas humanas. Pese a lo mareante de todas las estimaciones de víctimas del bibliocausto pinochetista, cuando Chile se despertó, los libros de Quimantú todavía estaban allí. «Algún día volveré y seguiré siendo millones», podrían haber parafraseado a Eva Perón. Nunca se publica en vano y la fragilidad de los libros es para los déspotas la del cristal, que es más peligroso cuanto más se resquebraja y letal cuando se desintegra en polvo respirable. También los bibliocaustos crean mártires incómodos.

La exposición de Santiago se compone de bibliotecas familiares donadas por personas anónimas que vivieron el golpe, de parte de la personal de Salvador Allende, de sillones con reproductores de sonidos ocultos que se activan al sentarse para relatar al sedente testimonios de víctimas de la barbarie inaugural de la era neoliberal, y de una buena colección de fotografías de los militares en plena faena incendiaria. En una de ellas, los milicos arrojan a una hoguera un cuadro de grandes dimensiones en el cual un conglomerado de dibujos caprichosos y coloristas compone el mapa de América del Sur. Su propio autor pudo reconstruir el cuadro en los noventa gracias a la fotografía, y la obra se expone también en el hall de la Biblioteca Nicanor Parra.

Una sensación de esperanza, de triunfo, de junco que se dobla pero siempre sigue en pie, de no nos moverán, de venceremos, de yo pisaré las calles nuevamente, de mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por las que pase el hombre libre para construir una sociedad mejor, palpita en cada rincón de la escena. Y un retorcido capricho del destino provocará invariablemente que al final, pero sólo al final de la visita, uno descubra, agazapada entre la colección de fotografías, aquella que le estropee el día y tal vez la semana.

Un primer plano de una pira. En medio de las brasas, una revista a medio arder, el fuego lamiendo los bordes y desfigurando ya pero sólo muy levemente el retrato de Allende que adorna la portada. Un dibujo de una urna y un titular preñado de un delicioso optimismo naïf en la buena marcha del proyecto de Chile de alcanzar el socialismo por vías escrupulosamente democráticas. Y el nombre de la revista, certero como una daga: Punto Final.

Nos movieron, y vencieron. Siguen venciendo. La ideología que instauraron sigue viva y coleando. Nos devolvieron los libros para callarnos un rato.

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