José Luis Espina Suárez

William Maxwell: el azar y las golondrinas

Me causan fascinación esos escritores americanos de mitad del XX que cuentan historias costumbristas, relatos de personajes donde la caracterización de los protagonistas y la narratividad falta de trama truculenta permiten urdir historias sin finales sorprendentes, historias que emocionan por la propia exposición de lo narrado, haciendo innecesaria la traca final. Es el caso de William Maxwell (Illinois, 1908-2000), autor de Vinieron como golondrinas.

Maxwell trabajó como editor en la emblemática revista The New Yorker ayudando y orientando en sus carreras a autores de la talla de Cheever, Salinger,Updike, Flannery O’Connor o Eudora Welty. Su propia carrera como autor estuvo eclipsada por su actividad como editor, a pesar de lo cual recibió el American Book Award en el año 1980 por su obra Adiós, hasta mañana.

La muerte de su madre le sorprendió a una edad muy temprana, víctima de la denominada gripe española. Fue un condicionante que le señalaría de por vida y que impregnaría en buena parte el contenido de su obra. Vinieron como golondrinas es una historia marcada por ese acontecimiento luctuoso, una de esas historias que un autor ha de escribir tarde o temprano. Son relatos hechos de vida que van macerando hasta encontrar el momento de darles cauce, historias que se relegan por pereza o porque cuesta abordarlas, hasta que en algún momento terminan por hacerse realidad.

Maxwell2Vinieron como golondrinas es una novela estructurada en tres partes, tres relatos en los que el autor da voz a los principales personajes, todos ellos a la sombra de la madre, Elizabeth, auténtica protagonista de la historia: el pequeño Buddy, de ocho años, probable heterónimo del autor, inmerso en un mundo de fantasías constantes donde lo animado y lo inanimado comparten territorio; Robert, el hijo mayor, de trece años, tullido e inseguro, a medio camino entre una infancia que se acaba y una responsabilidad nueva que le obliga a replantear sus relaciones con aquellos que le rodean; James, el padre, convencional, inmaduro y autoritario, que se descubre indefenso cuando pierde a Elizabeth. Todo ello configura un cosmos de individualidades que confluyen en la figura imprescindible de Elizabeth Morison. Un universo que se desmorona cuando ella deja de ser ese centro en el que todos se encuentran.

He oído a los que abominan de la escritura del yo, de la autobiografía, de la literatura íntima, de la escritura terapéutica, de la autoficción, de todo aquello que huela a personal. Para algunos escribir desde dentro es una muestra de debilidad impropia de autores vocacionales, una muestra de mala práctica literaria. Como si el escritor con oficio fuese alguien seccionado de sus conflictos, cuando para muchos la verdadera motivación son esas vivencias propias que actúan como motor propulsor de la creatividad.

Escribir, desde el yo o desde donde sea, es como el oficio de atleta, como el gimnasta que haciendo un ejercicio acrobático exhibe la tensión en los músculos sin que en el rostro haya ni asomo de crispación. Y su grandeza está en transmitir esa sensación de simplicidad, mientras que en cada centímetro de músculo está impresa la huella del esfuerzo, intuyendo tras la fachada de sobriedad el latido de una obra maestra.

Como apunta Antonio Lozano en una reseña sobre el autor en que hace referencia a la conferencia The Writer as Illusionist: «[A los veinticinco años] no sabía que tres cuartas partes del material que iba a necesitar para el resto de mi vida como escritor ya estaban a mi disposición. Mi padre y mi madre. Mis hermanos. El reparto de personajes -tías afectuosas, amigos de la familia, vecinos blancos y negros- más grandes que la vida a los que había sido introducido al ser traído a este mundo. La climatología. Hombres y mujeres que llevaban reposando mucho tiempo en el cementerio, pero que eran vívidamente recordados. La Historia Natural de Mi Hogar […]. Todo estaba ahí, esperando a que aprendiera el oficio y fuera así capaz de reconocer, de forma instintiva, qué daría para un relato y qué aguantaría el complejo entrecruzado de ficciones más largas».

Maxwell, desde una prosa sencilla y directa, sin adornos estériles ni intenciones sensibleras, toma distancia de su experiencia personal para convertirla en un relato impecable y emotivo. Si es terapéutico o intimista, a quién le importa: la obra trasciende la anécdota y aporta un material que os invito a disfrutar.

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