Víctor Guillot

Olimpiadas de Madrid

Alejandro Blanco y Ana Botella

Madrid viene siendo un género literario antes que un coliseo por el que podría correr la gacela jamaicana de Usain Bolt. Pero ver al hombre más rápido del mundo batir un nuevo record en Madrid merece todos los versos que Homero escribió en La Iliada. Anda Madrid revuelto con los Juegos Olímpicos de la próxima década y uno todavía no sabe si la nación está para olimpiadas o para naumaquias que terminen de hundirla en la ciénaga del Manzanares, sobre la que solo se refleja el rostro triste de los muertos. De momento, sabemos que el olimpismo es una mafia de príncipes y embajadores, que arde en el peletero de Aquiles la gloria de los mejores y el oro negro de los parias, y que sólo 31 fueron esta semana al curro, mientras más de cinco millones de españoles siguen esperando su medalla a la cola del paro.

Decía Francisco Umbral en una ocasión que Madrid lo habían hecho el Marqués de Salamanca y un albañil de Jaén. Entre el albañil y el aristócrata ilustrado, se iban construyendo todos los madriles posibles, sin especial orden ni concierto.  Afirman los deportistas españoles que la capital merece unas Olimpiadas. Felipe, principe de las miserias, dará mañana el pregón en Buenos Aires, para convencer al Comité Olímpico Internacional de las bondades de Madrid. Los economistas aseguran un crecimiento económico de carácter olímpico y la Alcaldesa de la capital, Ana Botella, como una menina de Velázquez o una arpía griega, asegura que en Madrid ya está todo hecho para que suene el himno de las olimpiadas.

Quieren convertir las Olimpiadas en la panacea para todos nuestros males, cuando las Olimpiadas son la gran exposición de los cuerpos abstractos, esa belleza efímera que sólo conduce a un record y que busca su sentido en el oro de las medallas. Madrid busca el bálsamo de fierabrás que cure todas sus heridas y ha dejado el alarde estético y moderno que son siempre las Olimpiadas desde que Maragall convirtiera Barcelona en la cuna de todas las vanguardias, para dar sentido práctico al desaforamiento de los millones. Y es que las Olimpíadas son la representación de una salud de la humanidad que no es cierta, de una fraternidad y una paz que tampoco lo son. No hay justicia ni paz ni caridad ni Orden Mundial, y por eso la gran representación, el Gran Teatro del Mundo que es hoy Buenos Aires-Madrid, se viene abajo una vez y otra, como un sombrajo, porque la realidad tiene siempre más fuerza que la mera y artificial actualidad.

Cuenta las crónicas que en los juegos olímpicos de la antigua Grecia, los deportistas aspiraban a una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite y el derecho a comer gratis durante el resto de su vida. Después estaba la gloria que tanto buscó Aquiles y el respeto de Príamo. Los campeones no recibían medallas. El primer campeón olímpico fue un tal Korebus, un tipo que se ganaba la vida como cocinero. Después de correr más rápido que los vientos del Ponto, siguió su vida calentando pucheros. Pero los juegos olímpicos ya no conocen de dioses, mitos ni plegarias. Han terminado siendo un buen negocio para los constructores, los banqueros y los déspotas. Quiere decirse que ya nadie se acuerda de quién es el más alto, el más fuerte o el más rápido ni de quién coño es Korebus. La gloria de Aquiles es una flor marchita en el olvido y Príamo es sólo un hombre que carga en brazos con el cadáver de su hijo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s