Néstor Villazón

Ser del Ceares o cómo ser un escritor de éxito

 Irvine wells

Irvine Welsh es socio del Ceares. En serio. El autor de Trainspotting, Acid house o Porno paga anualmente setenta y cinco euros por apoyar a un equipo cuyo lema es «Últimos en dinero, primeros en corazón». Y eso que en la contraportada de sus libros se puede leer: «El autor vive a caballo entre Amsterdam y Edimburgo». Me lo imagino sentado en el sofá de su casa, con su pareja al lado diciéndole: «Irvine, ya no hacemos nada juntos. Ni vamos al cine, ni a comer una hamburguesa. Ni siquiera nos acercamos por un maldito bar. Dime, ¿qué demonios quieres hacer esta tarde?». Y el bueno de Irvine hace una pausa dramática, se eleva, la observa como un gigante que posee la clave de las grandes emociones y responde: «Hoy no puedo. Tengo que ir a ver al Ceares». Irvine Welsh mola.

Pero la pregunta es si Irvine molaría tanto de haber sido concursante en Gandía Shore. Es decir, si uno se olvidara del personaje literario y se centrara en el autor jamás sabríamos de Georges Le Cloupier (también conocido como el Entartador, un crítico belga que se distinguió por haberle tirado una tarta a Marguerite Duras), desaparecería el ochenta por ciento de la producción de Jaime Bayly («Los chilenos me caen mal por trepadores, arribistas e hipócritas»), terminaríamos con la genial rareza de Fernández Mallo (para la creación de su poemario Antibiótico decidió encerrarse quince días en un pueblo de la montaña leonesa, habitado por una sola persona), se acabarían los Dragó y los libros de tertulianos políticos (un día me pillé con Ernesto Ekaizer mientras hacía footing y el muy cretino no me dijo dónde quedaba la calle que buscaba: Ernesto Ekaizer no mola); se acabarían los Izaguirre, los manuales de teoría política redactados por aquellos políticos, se acabarían las Ana Rosas: se acabaría Rafael Alberti.

Evidentemente, siempre hay que ver la otra cara de la moneda:

«Más próximo a nosotros, Walt Whitman promocionó sus Hojas de hierba mediante entusiastas reseñas redactadas por él mismo. Georges Simenon prometió hacer publicidad de sus nuevas novelas policíacas sentándose a escribirlas a máquina en el escaparate de unos grandes almacenes. Por una suma considerable, la novelista inglesa Fay Weldon accedió a incluir en su última novela el nombre comercial Bulgari. El joven Jorge Luis Borges deslizaba ejemplares de uno de sus primeros libros en los bolsillos de los abrigos que los periodistas dejaban colgados en la sala de espera del diario. En 1913, D. H. Lawrence escribió a Edward Garnett lo siguiente: “Si Hamlet y Edipo se publicaran hoy, no se vendería más de un centenar de ejemplares, a menos que los promocionaran”».

Fin de la cita, que diría aquél. Estas palabras de Alberto Manguel para el diario El País demuestran que allá donde existe una buena pluma también existen verticales estrategias en el comercio literario, una especial llamada de atención hacia el lector distraído. Como dijo Bernard Shaw: «El problema es que a usted le interesa el arte, mientras a mí sólo me interesa el dinero». Escritores de primera y escritores de segunda luchan por ser escritores de éxito, a pesar de los Salinger y Pynchon abstraídos del público, obsesionados con mostrar únicamente su versión sobre el papel (lo cual acaba siendo una estrategia de venta, aunque sea de forma inconsciente). Todo autor necesita ser reconocido, pero para ser reconocido antes o después tiene que vender sus ejemplares.

Y he aquí que hallamos otra vuelta de tuerca en la problemática del autor de éxito, encontrándonos con aquellos que producen textos para la historia sin una especial dedicación a la historia del comercio literario. La moneda tiene más de dos caras cuando leemos la entrevista que le hizo Emil Ludwig a Mussolini (que ya sabemos que no mola, por lo del fascismo, la muerte indiscriminada y todo eso) y donde encontramos una auténtica joya del dictador italiano que se encuentra inconvenientemente descatalogada (a la pregunta «¿No cree usted que muchos jóvenes sólo son anarquistas porque les falta una oportunidad para gobernar?», responde: «En todo anarquista hay un dictador fracasado»); las tres caras de la moneda aparecen con los cursos de literatura inglesa, francesa e italiana que Tomasi di Lampedusa escribió para el que por entonces era su único alumno, Francesco Orlando, que le visitaba tres veces por semana y que fueron publicados póstumamente, sin intención de salir a la luz (comienzo de la cita de Lampedusa sobre los sonetos de Shakespeare: «La rememoración dulcificada, los dilatados arcos como de violonchelo, el uso muy sapiente de los sonidos graves o y oe son elementos que producen asombro. El 31, claramente, de segundo orden, sólo tiene notables los versos 9-10, fúnebres y solemnes. El 32 es horrendo. El 33 se eleva como una luminosa sensación matutina que anticipa a Monet»); las tres caras de esta confusa moneda aparecen con Kafka ante la muerte, exigiendo a su editor Max Brod que se deshaga de todos sus manuscritos (y ya vemos que no le hizo mucho caso). Como decía Stefan Zweig, «la historia, casi siempre, acaba poniendo a cada uno en su sitio». Fin de la última cita, en serio.

Zweig 04

Pero es que la moneda tiene cuatro caras, y ante nosotros aparece la figura más temible de la tan temida casta de escritores: el merodeador. Dícese de aquel que escoge cualquier librería de la zona para cerciorarse de cuántos ejemplares tienen de su libro (o si lo tienen), o incomodar al librero con cuestiones sobre por qué no está su obra en el escaparate, o bien hacerse pasar por un cliente y pedir ejemplares de su obra, o bien cambiar los ejemplares de su obra para un sitio más certero, o bien exigir que se traiga a la tienda esa obra grandiosa, inabarcable, de la que por cierto nadie suele saber nada (palabra de Stefan Zweig, te alabamos Stefan Zweig).

¿Cuál es la clave para ser un escritor de éxito? Imposible hallar la fórmula en nuestros días, ni siquiera contando con la ayuda de Ken Follet, que escribió un libro determinando cómo hacer el best-seller correcto y perfecto; ni con la ayuda de una potente editorial que dé cierto prestigio a la producción (Carmen Bazán, la madre de Jesulín, acaba de sacar libro con Espasa), ni aunque el libro no merezca la pena pero cuente con un potente canal de promoción (ahí tenemos «el autobús de Javier Sierra», que hizo que El ángel perdido se presentara en treinta y cinco ciudades entre febrero y abril del 2011). La fórmula segura no existe. Pero mientras hablamos de todo esto las cuatro caras de la moneda siguen rodando en el mercado literario (y otras tantas que habrá) y seguimos criticando convenientemente la fachada del personaje literario, que no la del autor. Puede que la raíz del problema se encuentre en el autor. Definitivamente hay que olvidarse del autor. Desconfiad de lo que os cuente cualquier autor acerca de su obra. Haceos socios del Ceares.

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