Pablo García Guerrero

A. Poiraudeau: «La perversidad última del sistema es hacernos responsables de sus vicios»

En las cercanías de Seseña (Toledo), la desmesura de la burbuja inmobiliaria española, la megalomanía de su impulsor (Francisco Hernando, el Pocero) y la connivencia de bancos, concejales y empresarios se unieron para levantar de la nada una ciudad nueva, El Quiñón: más de cinco mil pisos darían cabida a unas dieciséis mil personas, en una zona árida, mal comunicada, sin acceso al agua garantizado, con piscinas y zonas verdes, y a buen precio. Pero con la explosión de la burbuja inmobiliaria, El Quiñón se quedó a medio construir y los miles de habitantes previstos son hoy sólo unos cientos de vecinos atrapados en una isla de ladrillo. Anthony Poiraudeau (La Roche-sur-Yon, 1978), historiador del arte y escritor, viajó hasta El Quiñón para documentar en persona una de las caras más grotescas de la crisis española. El resultado es Projet el Pocero. Dans une ville fantôme de la crise espagnole, publicado este año por las Éditions Inculte, de París. Aún no está traducido al español.

El Quiñón. Fotografía de Anthony Poiraudeau

El Quiñón. Fotografía de Anthony Poiraudeau

 ¿Cuál es el origen del libro? ¿Por qué elegiste El Quiñón?

Empezó como una propuesta de la editorial, que había iniciado el año pasado una colección sobre ciudades, más concretamente sobre proyectos urbanos que hubieran fracasado o sobre ciudades basadas en una ilusión. Yo había escrito bastante sobre el territorio, la geografía, las ciudades (textos que se pueden encontrar en mi blog, <futilesetgraves.blogspot.com>, o en la web <remue.net>); el editor los conocía y me propuso hacer un libro para esa colección con la propuesta de ir a ver todas esas zonas urbanas que se construyeron en España en la década del 2000. Como me gusta mucho la reflexión sobre las ciudades y el territorio, la propuesta me pareció apasionante. A partir de ahí intenté encontrar una ciudad o un lugar en particular. Al principio me habían hablado de Ciudad Valdeluz, cerca de Guadalajara, así que me puse a buscar en Internet cosas sobre esa ciudad; luego amplié un poco la búsqueda para ver si había otros casos similares, y cada poco me encontraba en Internet con Seseña, El Quiñón, un caso que me pareció aún más increíble: por un lado, porque el proyecto era todavía más desmesurado en términos de cantidad de pisos y de presupuesto y porque el lugar estaba aún más aislado, lo que es el colmo de la irracionalidad (al menos Valdeluz está cerca de una estación de AVE, nada que ver con El Quiñón); y, por otro, porque había algo que le daba una dimensión casi novelesca, y de megalomanía, que era el personaje de Francisco Hernando.

Anthony Poiraudeau. Fotografía de Amélie Reboul

Anthony Poiraudeau. Fotografía de Amélie Reboul

¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Lo habías preparado mucho, antes de ir a Seseña, o estabas más bien abierto a lo que podías descubrir allí?

Sí, fue más bien eso último. Al no ser un especialista en España, ni un economista, ni un urbanista (estudié historia del arte, así que tengo una formación intelectual totalmente distinta), pensé que la legitimidad de mi texto consistía en ofrecer una experiencia subjetiva a partir de la cual podía tener un acercamiento tanto estético como de un tipo de relato que amalgamara diferentes ámbitos, diferentes tipos de aproximación. Evidentemente, la aproximación económica es necesaria, pero no era el punto de vista que quería privilegiar, así que previamente intenté informarme lo más posible sobre la ciudad y sobre la crisis española, pero no empecé a escribir hasta que llegué allí. Lo que realmente quería era que el punto de partida, la materia prima del texto fuera mi experiencia en la ciudad.

En tu libro hay una parte de análisis de la crisis económica española, un retrato de Francisco Hernando, una descripción de la ciudad, pero también se puede leer como un relato de viaje, incluso como una reflexión literaria o filosófica. Hay muchos géneros al mismo tiempo, que dan una visión multiforme de la ciudad y también de la realidad.

Es justamente lo que traté de hacer. Quería que el hilo conductor de mi texto estuviera basado en mi experiencia, pero que a partir de ese relato hubiera progresivamente diferentes puntos de vista: la contextualización económica, el relato de la vida del promotor inmobiliario, la evocación un poco más amplia de la forma urbana de las ciudades nuevas, en general, y de las zonas residenciales nuevas en España, en particular… Y, al ver esas ciudades y sus diferentes posicionamientos sucesivos, se llega a algo en cierta manera híbrido, como un conjunto de espejos (y quizá es ésa la dimensión un poco más literaria), a partir del cual se tiene una idea un poco estética de las ciudades, entendidas como una especie de obra de arte, aun sabiendo que no lo son en absoluto, pero sí como una obra de arte (bella o fea, no es ésa la cuestión), en el sentido de que son construcciones cuya función está suspendida. Y verlas como obras de arte supone también verlas con temporalidades diferentes, verlas con la idea de un monumento, y tratar de conocer qué huella o qué rastro dejan a largo plazo y qué estructuras imaginarias generan.

Al mismo tiempo, hay en el libro una presencia muy importante del narrador, que es como un personaje más de la ciudad.

Para mí era importante en la construcción del texto darle al narrador un espesor de personaje. El narrador es claramente un calco de mí, no es una ficción, pero ese espesor del personaje le da también al texto un toque de relato y un algo de aventura. Es importante también porque, cuando descubrí la ciudad por primera vez con mis propios ojos, fue una visión asombrosa (cogí un autobús en Madrid, como cuento en el libro, y desde la autopista descubro esa ciudad inmensa, esos edificios de ladrillo…); es efectivamente una situación propicia para la imaginación, una ciudad que surge al final del paisaje como una ciudad desconocida…

Dices que es como un planeta hostil.

Sí, pero a la vez es una situación material totalmente concreta de una ciudad suburbana como los centenares que ha generado la economía liberal y globalizada. Al mismo tiempo, esa situación estética, que la lleva del lado de lo imaginario (y un poco del lado de la aventura), y el hecho de tener a ese personaje en primera persona me permitían reunir esos diferentes niveles de experiencia: por un lado, la realidad económica extremadamente dura y, por otro, la trivialidad del ladrillo, las plazas de parking vacías, y toda su dimensión imaginaria o fantasmagórica.

La primera palabra del libro es sueño, y esa idea de sueño está muy presente a lo largo de la obra: el vacío, el viento que sopla, el sol…; pero es un sueño que al final se convierte en pesadilla.

La cuestión del sueño se encuentra, efectivamente, en distintos niveles del libro; el sueño propio de la especulación (que es el sueño de una riqueza que va a autogenerarse pero que termina por desvanecerse) es una proyección de lo que va a ocurrir virtualmente pero que la realidad rechaza; está el sueño individual, fantasmagórico, del narrador, que es un sueño espacial: cómo a lo lejos surge una ciudad y cómo esa ciudad es algo inaudito. En un momento dejo de juzgar: ¿es horrible o es maravillosa? En todo caso, para mí había una experiencia de irrealidad.

¿Conocías antes la zona? ¿Te esperabas lo que te ibas a encontrar?

Había visto imágenes, pero no me esperaba aquello, me quedé verdaderamente estupefacto, y por eso hay esa dimensión de irrealidad de la que hablaba. Y luego está Francisco Hernando, que se parece un poco a un personaje de ficción: hacer nacer una ciudad de la nada, una ciudad sin posibilidades reales de existir, por ejemplo con el problema del agua, en esa región tan árida, construir residencias con piscina para miles de habitantes… Efectivamente había una cierta separación entre la realidad posible y la realidad proyectada.

¿Y cómo crees que se llegó al punto de considerar que se podía construir esa ciudad y esos apartamentos? Porque el problema del agua, por ejemplo, era conocido.

Para mí es un misterio. Para empezar, la situación especulativa ya es algo completamente fascinante, pero lo que para mí es totalmente misterioso es la irracionalidad generalizada. Había un gran número de actores dependientes del hecho de que se construyera: el sector bancario, los concejales, las empresas de construcción, etcétera; y a pesar de que en aquella época ya se había extendido la idea de que estábamos en una burbuja inmobiliaria, eso no tuvo incidencia en la práctica, y había que seguir construyendo, aun sabiendo que la burbuja iba a explotar. Y eso para mí es absolutamente fascinante. Después tenemos la dimensión psicológica e individual del promotor inmobiliario.

El Pocero…

Sí. Tengo una vinculación especial con él, porque leí bastantes artículos sobre su figura en la prensa francesa, incluso inglesa, y por supuesto en la española; desde luego, no lo conozco personalmente, pero como (al contrario que mucha gente en España) no tengo una larga relación mediática con él, de lo que dispongo es de un cierto número de crónicas siempre envueltas en una cierta mitología (connotada negativa o positivamente), y en ello hay ya algo no del todo real. Vemos en esos relatos la historia clásica del self made man, de la persona que ha salido desde muy abajo, que trabaja en los pozos, que se convierte en uno de los hombres más ricos de España, etcétera, algo que es casi como un guión de ficción. Además, El Quiñón vendría a ser la obra de su vida, una ciudad a la que le da su propio nombre, en la que hay una estatua de sus padres, cuyo parque lleva el nombre de su mujer…, y eso es también una especie de ficción. A la vez, es curioso porque, para ser la obra de una vida, es un proyecto urbano y estético un poco rudimentario. Y todo eso es bastante incomprensible, porque coincide con la burbuja especulativa. En el texto hago de Francisco Hernando, sin saber si es verdad o no (y en el fondo no es ésa la cuestión), el vehículo psicológico de la burbuja especulativa, es decir, ese «hay que seguir construyendo». Me da la impresión de que lo que habita en esa persona es ese «construir», la cantidad; la calidad y la estética no importan, él quiere construir en cantidad, y construir y construir, siempre más, obsesionado por las cifras.

Pero él hablaba de su obra en Seseña como de un proyecto social, con precios bajos.

Por supuesto. La idea de El Quiñón es hacer pisos grandes con piscina no demasiado caros, accesibles para jóvenes trabajadores, para personas que están más bien al comienzo de su carrera profesional y que no podrían pagar un piso similar más cerca de Madrid. Es un poco para personas relativamente modestas.

Vista de El Quiñón desde el cercano vertedero de neumáticos. Fotografía de Anthony Poiraudeau

Vista de El Quiñón desde el cercano vertedero de neumáticos. Fotografía de Anthony Poiraudeau

Y ¿cómo pudo convencer a la gente? ¿Con sus habilidades de «encantador de serpientes»?

Sí, y sobre todo ya el hecho de haber convencido a ciertos concejales es quizá una historia de corrupción. Hay algo que es sorprendente: había organizado una ceremonia de inauguración en la época en que las obras estaban lejos de haber terminado (y, por lo demás, nunca se terminarán, porque sólo hay construido un tercio del programa inicialmente previsto), con los primeros habitantes, que debían de ser unos centenares en aquel momento, personas a las que seguramente había convencido del valor de esa ciudad hecha para su gloria…; y en ese acto pronuncia esa frase extraordinaria de que la ciudad es un modelo para España y para Europa entera, lo que unos años más tarde adquiere una dimensión extraordinaria. Yo creo que los primeros habitantes debían de estar contentos, y de hecho parece que los pisos no están mal, a un precio que no se habrían podido pagar en otro lugar, y debieron de pensar que mucha gente iría a vivir allí.

Como cuentas en el libro, no hablas español, y no pudiste conversar con los habitantes de El Quiñón, pero dices en un momento que te miraban con «una mezcla de molestia y desconfianza».

Sí. Hubo varios reportajes en Francia, no sobre Seseña, sino sobre Valdeluz y otras zonas urbanas similares, y lo que es chocante de esos reportajes es que los periodistas intentan hablar con los habitantes, pero ellos son muy reticentes, evitan la cámara. Creo que no debe de ser infrecuente que esas ciudades sean vistas como una especie de curiosidad un poco estrafalaria, o insólita en todo caso. Los habitantes se sienten el objeto de una curiosidad ya sea condescendiente, ya sea sarcástica, o sienten que son vistos como fenómenos extraños, y entiendo perfectamente que sea muy desagradable ser visto de esa forma.

¿La crisis nos enseña que hay también una responsabilidad individual, que también somos en parte responsables de ella?

Por supuesto. Los compradores de Seseña son todos víctimas y todos corresponsables, como somos todos corresponsables del sistema económico (que por mi parte condeno) del crecimiento basado en el consumo. Yo tengo mi parte de responsabilidad. Creo que la responsabilidad depende del sistema económico, pero creo también que la perversidad última de este sistema es hacer responsables a todos los individuos de una parte de sus vicios.

¿Has vuelto a Seseña desde entonces?

No, no he vuelto, y me intriga mucho ver cómo ha evolucionado la situación de la ciudad: ¿al final la gente irá a vivir allí porque la situación del mercado lo permite? (siempre y cuando la economía española no se degrade hasta el punto de que ya nadie pueda comprar un piso); ¿se va a convertir en una ruina?; hay muchas personas que me preguntan en Francia si hay espacios que han sido ocupados ilegalmente, y no lo han sido en absoluto, creo que porque es un lugar demasiado aislado y también porque los bancos tienen una cierta esperanza de revender los pisos o de perder lo menos posible, así que no dejarán que haya okupas. Me intriga conocer qué pasará en El Quiñón, sabiendo que lo que pase allí dependerá también de lo que pase en la economía española en general.

Y de lo que pase en la economía francesa y europea…

Sí, porque son círculos concéntricos: está la ciudad, luego la región, luego España en su conjunto, luego Europa, luego Occidente…

Pero en Francia no hubo esta crisis inmobiliaria.

Lo que no hubo fue el aspecto especulativo de la construcción, pero hay un evidente endeudamiento, con el que se ha cebado la crisis.

El paro lleva subiendo dos años en Francia, hasta cerca del 11 %, muy lejos de la situación de España, donde ronda el 27 %.

La situación en Francia tampoco es buena; no es crítica, como en España, Irlanda o Grecia, donde están verdaderamente al borde del precipicio, pero la situación en Francia es muy mala.

¿Y es Hollande quien podrá cambiar esa situación o habrá que esperar al regreso de Sarkozy?

(Risas.) Prefiero reírme, porque el panorama es desolador. Yo creo que en las últimas décadas los estados, sea el español, el francés o el italiano, se han vuelto auténticamente incapaces de actuar sobre este tipo de cosas. Son los mecanismos económicos y financieros los que se han hecho con el poder, y, con el dinero que les queda, los estados pueden intentar hacer un poco de bricolaje social, pero respecto a las dinámicas generales están condenados a una incapacidad absoluta.

Projet el Pocero, París: Éditions Inculte, 2013m 128 pp.

Portada de Projet el Pocero, París: Éditions Inculte, 2013, 128 pp.

Entonces, ¿sirve para algo votar?

Es una buena pregunta…

Porque hay quienes, en Francia con el Frente Nacional o en Grecia con Amanecer Dorado, están viendo en la extrema derecha una solución.

Yo creo que el ascenso de la extrema derecha está vinculado con un resentimiento generalizado, con un mecanismo de hostilidad que se inclina hacia ese lado. Por lo demás, ir a votar, sea a la derecha o a la izquierda, tiene incidencia sobre ciertas cuestiones sociales, pero los principales partidos de derechas y de izquierdas tienen los mismos posicionamientos económicos más o menos favorables al mercado. Por tanto, efectivamente, siendo un elector de izquierdas, cada vez me pregunto más de qué sirve ir a votar.

¿Ves al Front de Gauche en Francia, por ejemplo, como una alternativa real?

Quise pensar que sí en un momento, pero me temo que las instituciones administrativas y económicas se mantienen muy sólidas y pueden desalentar ese tipo de movimientos; la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y las grandes empresas se mantienen suficientemente firmes, y el conjunto de los electores potenciales de los partidos anticapitalistas, comunistas, etcétera, se dicen: «Bueno, si somos un diez o un quince por ciento los que vamos a votar por estos partidos, el resultado va a ser el mismo», y entonces siguen ese camino, que temo, de decirse: «Podemos continuar votando por los principios, pero ya no es por los principios».

Entonces, ¿no hay esperanza?

Soy consciente de que todo lo que acabo de decir es extremadamente pesimista, pero, no sé, no veo una luz al final del túnel. No deseo que el mundo se hunda, pero me temo que, hasta que se hunda, este sistema nocivo seguirá dominando el mundo.

¿Quizá es por eso por lo que te has vuelto hacia los osos polares? Tu próximo libro trata sobre la ciudad de Churchill, al norte de Canadá, una población muy frecuentada por los osos.

Este nuevo proyecto sigue manteniendo una continuidad con mi interés por el territorio, por la geografía y por el paisaje. Es sorprendente ver que Churchill es, como El Quiñón, una ciudad también aislada en medio de otro tipo de desierto. En este proyecto, sí, hay probablemente la idea de buscar una distancia respecto a la sociedad, pero no trato de tomar distancias respecto al mundo, porque yo no odio a los seres humanos. Lo que me interesa es establecer un vínculo con eso que decíamos antes que llevaba a ser pesimistas, el hecho de que incluso en el Gran Norte canadiense los desastres del mundo tienen un impacto, porque el deshielo de los polos está cambiando el ecosistema de toda esa zona. Así que ¡otra razón más para no estar tranquilos!

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Un pensamiento en “A. Poiraudeau: «La perversidad última del sistema es hacernos responsables de sus vicios»

  1. Este escritor no sabe ni lo que dice, no se documentó, habla sin saber ni entender nada, en el residencial Francisco Hernando hay en la actualidad 8000 personas viviendo, tenemos comunicación directa con autobuses a la capital, y la calidad de las viviendas es inmejorable… Los problemas fueron otros, fueron políticos, la crisis ni había comenzado cuando ya el proyecto tuvo problemas… Pero fueron otros… Y para terminar en este residencial se vive estupendamente. Un saludo.

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