Paula Corroto

Nunca preguntes por David Foster Wallace

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«Un hombre corpulento con el pelo largo y desgreñado, una bandana en la cabeza, camisa zarrapastrosa, gafitas de abuela y la expresión de un cervatillo asustado.» Ése era el exterior del escritor David Foster Wallace. En su interior, «un hombre del Medio Oeste, esperanzado, vulnerable, enérgico, irascible, desesperado y tímido». Las dos definiciones se encuentran en la enorme biografía que ha escrito el periodista de The New Yorker D. T. Max sobre el autor de La broma infinita, y que ha titulado Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate). Un recorrido por las luces y sombras de un escritor adicto a casi todo –y sobre todo a la escritura– y cuya vida acabó en un suicidio del que este 12 de septiembre se cumplen ya cinco años. DFW escribió de sí mismo en todos sus libros, pero le fue imposible conocerse. Como le dijo en una ocasión a un amigo poco antes de ahorcarse en el garaje de su casa: «Ni siquiera quieras saberlo». Fue un rey literario, sí, pero tan asustado y pálido como un fantasma.

Ése era principalmente el reto de D. T. Max cuando, hace unos años, después de escribir un largo artículo sobre su muerte, se enfrentó a la vida de DFW. «Era único y sabía que no iba a venir otro escritor de mi generación como él. Me parecía que era digno de él escribir una biografía», explica Max, quien para ello buceó en los archivos de Texas donde se encuentran los borradores de sus trabajos y en sus cartas más íntimas, gracias a la colaboración de la mujer de Wallace, Karen Green, y sus amigos cercanos. En ellas descubrió a un hombre increíblemente inteligente y con una capacidad para unir vida y literatura como casi nunca antes se había hecho. «Cuando David siente o piensa algo, cambia su vida y su obra. Por ejemplo, cuando le dijeron que su carácter irónico estaba corrompiendo de alguna manera su relación con sus amigos, cambió, se volvió más sincero y eso también aparece en algunos personajes de La broma infinita. Eso no se da en otros escritores como su amigo Jonathan Franzen», sostiene Max.

Las adicciones y sus problemas psiquiátricos –comenzó a sufrir crisis a partir de los veinte años– también están muy presentes en este relato biográfico. El consumo del fármaco Nardil, marihuana y alcohol en grandes cantidades y el sufrimiento imperecedero fueron protagonistas fundamentales de su vida, a pesar de que aparentemente los estragos de estas dependencias se mantuvieran ocultos. Por fuera era un hombre alegre, socarrón, irónico, tierno y muy cercano a sus amigos, con los que, además de charlas filosóficas y literarias, compartió muchos partidos de tenis, deporte que se le daba extraordinariamente bien. «Creo que si no hubiera tenido problemas psiquiátricos, no habría sido escritor. Él descubre su talento cuando tiene su primera crisis psiquiátrica. Y, en cuanto a las adicciones, pronto las convierte en su gran tema. De hecho, La broma infinita habla de las adicciones que todos tenemos, ya sea a las drogas, al sexo, al ocio», sostiene Max. DFW escribía, se drogaba, y sufría, como le contó a su amigo Corey Washington: «Fundamentalmente, lo que hago es estar tirado fumando maría, cigarrillos, agobiándome por no estar trabajando, agobiándome por la tensión entre el agobio y la falta de una acción impelida por ese agobio». Y vuelta a empezar todos los días.

todas las historias de amorAdemás de las sustancias que consumía, DFW también se diagnosticó como un adicto a la televisión. Podía pasarse horas y horas delante del televisor. «Era un medio pasivo, con lo cual encajaba bastante con su personalidad», resume Max. Curiosamente, nunca estuvo demasiado interesado en Internet. «No le gustaba. Como adicto, lo veía como un peligro. Además, también le pilló un poco mayor. Tenía 40 años y estaba menos abierto que si le hubiera pillado con 20. Si hubiera sido así, quizá se habría encargado de crear diferentes perfiles en las redes sociales, porque él lo que quería era seducir. Era un hombre que tenía el deseo de mostrarse para que lo amaran, pero, eso sí, sólo una parte», admite el biógrafo.

¿Habría afectado Internet a su literatura? Max cree que no: «Escribió El rey pálido en el 2007 y en esa época ya había blogs, pero nada de eso aparece en esta novela. No le gustaban los ordenadores. Era tan inteligente que veía el peligro de tirarse horas y horas delante de una pantalla. Todo el mundo cree que David fue un profeta de Internet, pero fue todo lo contrario. Era muy poco tecnológico. De hecho, en el 2004 su asistente le imprimió todos los emails que recibía para que los leyera en papel».

Paradójicamente a su éxito, tampoco estaba muy contento con su obra de no ficción, según se relata en sus cartas. Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer fue para él simplemente un encargo de Haarper’s porque necesitaba dinero. Por tal motivo rechazó algunos encargos como un artículo sobre el por entonces candidato a la presidencia Barack Obama, con quien estaba esperanzado. Sólo se quedó particularmente contento con algunos como En cuerpo y en lo otro, el relato sobre Federer que escribió en el 2006 y que ahora también acaba de ser publicado en español por Mondadori. «Aquellos textos no eran periodismo, porque es muy poco preciso. Lo realmente interesante de su obra de no ficción es que él se incluyó en los reportajes. Eso lo habían hecho antes los autores del nuevo periodismo, pero él lo hace de forma distinta, crea a un personaje, que es una persona abierta, tierna, ingenua, un poco herida y neurótica. Eso sí es nuevo», asegura Max, quien sostiene que para conocer de verdad al escritor hay que leer La broma infinita y Breves entrevistas con hombres repulsivos. «Es precisamente en este libro donde más se acerca a su personalidad, un hombre aparentemente normal, pero que dentro tiene una serie de cualidades que le parecen horribles y repulsivas», añade.

Nunca tuvo demasiados amigos en el ambiente literario. Franzen fue uno de los que más se acercó a su persona. Wallace lo consideraba su «combatiente literario». «Era por su carácter competitivo y a la vez de autodesprecio hacia sí mismo. Consideraba que la amistad era una conjunción de afecto y reto y con Franzen consiguió eso», dice el biógrafo de un autor que en su juventud denostaba a sus compañeros de universidad porque no habían leído a Jacques Derrida. «También podía ser una pose. Era un carácter muy poco sencillo», manifiesta indulgente Max.

El propio Wallace casi fue incapaz de conocerse, y tampoco lo logró su mujer, Karen Green, con quien estuvo casado seis años. Según el biógrafo, «fue la persona más cercana a él, mucho más que otras novias. Lo amaba muchísimo y entendía sus defectos. Fue una relación muy profunda y el dolor que ella tiene sigue siendo muy fuerte».

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Pese a su carácter introspectivo, DFW siempre deseó ser conocido y leído. Para D. T. Max, el éxito y la relevancia que ha obtenido el escritor en los últimos años nunca habrían sido un problema. Y le habría encantado saber que ese chico que empezó con La escoba del sistema y La niña del pelo raro hoy siga siendo una de las grandes referencias para los autores más jóvenes. Un posmoderno que podía jugar con la realidad, que la trastocaba, que denostaba Internet y que amaba la televisión, que escondía su sufrimiento y la vez lo expulsaba en sus libros y que, como recalca su biógrafo «escribió la obra más importante sobre Estados Unidos de los últimos veinticinco años y que aún no ha sido superada».

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