Marcos García Guerrero

Huelga. Contra el día del club. Sporting 2, Deportivo 0

sporting coruña 2

Foto de El Comercio

Esta jornada me he puesto de huelga y no he ido a El Molinón. Me he perdido de vivir en directo la tercera victoria de la temporada, la materialización del mejor arranque en 48 años en la categoría y de vivir un partido potencialmente de primera (por la entidad de los clubes, la proyección de sus equipos y la magnitud de sus aficiones).

Me he perdido por tanto el ritual obligatorio y casi taumatúrgico de camino a El Molinón, el sumergirme entre la mareona que inunda el barrio de la Arena, Pablo Iglesias y el paseo de la playa, el atravesar el macro botellón en los alrededores de El Limón y sus bares colindantes (Felgueroso, esto también es una tradición, ¿no?), y el pillar la Hoja Rojiblanca que siempre me aguarda en la esquina de El Parador de Gijón y que más que para leer, está destinada a besar mis posaderas.

Me he perdido, sobre todo, una de las partes más mágicas y emocionantes del fútbol: la de estadio y la gente, la de disfrutar y sufrir junto a miles de personas que son desconocidas en la calle pero se vuelven conocidas allí dentro. Y me he perdido el paisanaje del sportinguismo: los cagamentos del guaje que se sienta delante y que estalla en alaridos dementes entrada la segunda parte para cachondeo general del respetable; los saludos afectuosos de la familia que se sienta a mi lado desde hace años y con la que celebro los goles como si fuesen mis amigos; la filosofía futbolera del voceras gilipollas de atrás, que tan pronto insulta a un negro del equipo rival como pide que salga Mendi a arreglar el desaguisado; o la presencia impertérrita (pero casi chamánica) del tipo que se sienta a mi lado, con gorra del ejército venezonalo del aire, que come en silencio platanitos y hace fotos a los jugadores, mientras su mujer anda a lo suyo, sentada dos butacas más allá, con la hija de ambos en medio, entretenida jugando con muñecas e ignorando el partido.

No me he perdido, porque lo he visto por televisión (grata experiencia también, pero diferente) un partido intenso, que el Sporting ha sabido ganar porque por fin ha entendido que para acelerar, primero hay que meter una marcha menos. No me he perdido una victoria gestada en una virtud que parece que será característica de este año: la paciencia. Y tampoco me he perdido elementos concretos del juego, como esos frecuentes torpedos que lanza desde la banda Luis Hernández al mejor estilo Amunike, el crecimiento permanente (con gol incluido) de Barrera, los puntuales errores de Mandi y Cuéllar, o un nuevo gol de Scepovic, al que comenzamos llamando «Chepu», para hacer la gracia por aquello de «Che-po-vic», y con el que ahora fantaseamos con que consiga igualar la marca de Quini de siete goles en siete partidos, mientras nos entra la cagalera con la posibilidad de que nos lo lleven ya en Diciembre. No me he perdido un Sporting que, más allá de individualidades, demuestra ser un equipo con convicción y consciente de que las victorias, como el ascenso, se cocinan a fuego lento. Los datos del equipo en este inicio de temporada son tan ilusionantes como necesaria se hace la cautela para asimilarlos.

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Foto de El Comercio

Esta jornada me he puesto de huelga porque mientras que en Villareal reciben al Madrid (¡el Madrid!) regalando a sus 19.000 socios otras tantas botellas de agua, en Gijón recibimos al Dépor con el regalo, apenas cerrada la campaña de abonados, de uno de los dos días de club (de «apoyo al club», perdón) presupuestados para esta campaña. ¿Por qué ahora? Porque hemos empezado lanzados, porque la gente, aunque tímidamente, vuelve a estar ilusionada, y porque nos visita un rival de nivel acompañado de un apoyo notable de aficionados. Ding, ding, ding: todo listo para hacer caja. Teniendo en cuenta que el affaire copero con el que engañamos a la Liga cada año no ha pasado de gatillazo (¿y el Sporting qué, otra vez campeón de Copa?), y que el campeonato del K.O. siempre ha sido el campeonato del club (de «apoyo al club», perdón), deberíamos ir preparando la billetera para más contribuciones benéficas. Y si no al tiempo.

Lo del sportinguista es animar, dejarse los ahorros en el carnet (si puede) y esperar a que pase la semana y que con un poco de suerte el domingo se le quiten todas las penas viendo a su equipo. Lo del club es otra historia; es vender la moto, aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid (o el Dépor por Gijón, o el Zaragoza, o ya veremos), y estrenar palcos VIP para el público a 90 euros la localidad. Cada loco con su tema. Porque Bustos pedía esta semana que El Molinón infundiese terror a nuestros rivales, pero de momento a lo único que mete miedo es a nuestras carteras. 16.030 espectadores. Alrededor de 2.000 gallegos. Una pena. Siendo líderes, invictos, el equipo menos goleado y el segundo más goleador (y con el pichichi en nuestras filas), sin mi huelga y la de muchos otros, El Molinón, a diferencia de lo que se ha dicho en prensa, sí que hubiera sido una fiesta. Al menos una más completa.

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