Adrián Sánchez Esbilla

El mejor equipo del mundo a un partido

Diego costa

Diego Costa, el hombre al que amamos odiar, simboliza por sí mismo a todo el Atlético de Madrid. Detrás de ese tío feo, granítico y patibulario hay muchas otras cosas. Una cara así hay que fabricársela. Ese gesto torcido y esa mirada sanguínea ayudan a distraer de las verdaderas capacidades del elemento en cuestión: Diego Costa, sí, y el Atlético de Madrid, también.

Ambos prefieren pasar por lo que no son, o mejor dicho, por lo que son sólo en parte, para salir beneficiados de la cara B de sus habilidades. Ni el Atlético ni su delantero son nada más que presión, brega, choque y ferocidad…: eso son en realidad complementos de su verdadero yo, uno que tiene que ver con el juego en toda su extensión. Del Atlético, y de Costa, se elogia mucho, y con razón, esa cara B, pero se olvida, enardecidos quizá por su fútbol de hazaña bélica, que, cuando tienen el balón, los dos saben muy bien qué hacer con él.

El sábado al Real Madrid lo trituró en una primera mitad primorosa desde el balón, cazándolo rápido cuando estaba en las botas contrarias y distribuyéndolo en las zonas donde hacía daño, entre las líneas de un Madrid difuso, sin cemento alguno entre su lujoso mármol (del pagado caro). El Atlético metió gente en mitad de todas las junturas, hasta reventar una estructura tan vistosa como poco sólida. El partido fue conducido rápidamente a lo que los de Simeone buscaban: un equipo contra once jugadores.

La fuga francesa de Falcao no ha hecho otra cosa que reforzar la idea inicial del autor de invento, Simeone, de lograr que el conjunto sea mejor que la suma de sus partes. Adonde las individualidades no llegan, llega el equipo. También ha conseguido un compromiso basado en la confianza que da el éxito de una idea que ha provocado que algunas de esas individualidades dén un paso al frente, mejorando como jugadores impulsados por el conjunto que los sostiene. Simeone ha logrado convertir a sus bailarines en leñadores sin que por ello pierdan la gracilidad y el ritmo. Ahí está la explicación para la formidable evolución de Arda Turan, imprescindible todocampista, para el estado mágico de Koke y, claro, para la definitiva eclosión de Diego Costa, quien en el Bernabéu firmo una obra maestra, dejando a Pepe, por ejemplo, reducido a su justa dimensión real.

El Atlético es un equipo de autor, como lo pueda ser el Borussia de Klopp, con el cual guarda interesantes similitudes, que refleja y ejecuta a su director sobre el terreno de juego. El Real Madrid también lo era, sí, lo era. Con Mourinho había una idea, unos motivos centrales y una dirección, al menos hasta que éste enloqueció definitivamente, perdido en las profundidades de su ego. La idea en cuestión podía ser desagradable y retorcida, pero era una idea. Todos sabían a lo que jugaban. En el de Ancelotti no se ha manifestado todavía ni un pensamiento breve, ni un haiku futbolístico; en todo caso, una fea rima asonante con Queiroz.

Florentino, totus tuus, parece empeñado en demostrar las repeticiones de la historia apresando al Real Madrid en una espiral de variaciones de sí mismo que remede la caída de aquellos galácticos que, oye, después de todo, tampoco orbitaron tan alto no tanto tiempo. Como entrenador, Ancelotti es tan aséptico e impersonal como su propia imagen da a entender; siempre lo ha sido; no es, como Simeone, un entrenador-autor, más bien un administrador de plantillas caras a las cuales ha solido sacar un rendimiento suficiente como para que en virtud del talento de sus componentes caigan títulos con cierta regularidad; ésa es una de las ventajas de haber entrenado a conjuntos como el Milan, el Chelsea o el PSG, que tienes un gran porcentaje de posibilidades de ganar incluso si te limitas a manipular lo mínimo imprescindible.

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Con Ancelotti, Florentino se ha ido al extremo opuesto de Mourinho, de la docilidad a la ingobernabilidad, sin pararse a pensar que entre medias hay un buen montón de estados intermedios, y de entrenadores posibles que ni se limiten a pastorear ni se dediquen a incendiar. El desembarco cientimillonario de Gareth Bale equivale a la llegada en su día de David Beckham, con el capricho y la necesidad de grandiosidad personalista puesta por encima de unas necesidades reales perfectamente cubiertas que provocan toda una serie de corrimientos de tierra en equipo y vestuario que desestabilizan lo que después pasa sobre el terreno de juego. Ancelotti ha puesto a Bale otra vez en el derbi, sin sitio en el campo, pero lo ha puesto, lejos de donde ha rendido en el Tottenham, pero lo ha puesto, fuera de forma, pero lo ha puesto, sin saber a qué carajo se juega, pero lo ha puesto. Es el capricho de Florentino, así que lo ha puesto. El pobre no hizo nada, ¿qué podría haber hecho?

Hoy el Madrid es un equipo desenfocado, de piezas apiladas y no repartidas, lleno de jugadores que no saben dónde tiene que ubicarse ni qué tienen que hacer, que por no tener, ni pegada tienen. Falta, además, la brújula de Xabi Alonso, fijo como un poste en el centro del campo como un punto de referencia para todos los demás. Modric parecía funcionar, pero la salida de Özil (seamos demagógicos: el Arsenal lidera la Premier) ha escacharrado esa opción, desconectando a Isco de la circulación del balón y dejando a Benzema aislado del juego, incapaz de usar su mayor facultad que es la asociación para facilitar posibilidades a sus compañeros.

No ha jugado peor que contra el Elche o el Villareal, por nombrar los dos equipos contra lo que se dejó puntos (Muñiz mediante), lo que ocurre es que, esta vez, en frente tenía al Atlético de Madrid, que, parafraseando a Calamaro, se ha cansado de estupideces.

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