Carlos Hevia Fernández

Walter White: deseo de un ansia feroz

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Bebés paregóricos del mundo, uníos. No tenemos nada que perder, solo nuestros Traficantes. Y NO SON NECESARIOS.
Mirad, MIRAD bien el camino de la droga antes de viajar por él y liaros con las Malas Compañías.
Palabras para el que sabe”.

William S. Burroughs: El almuerzo desnudo

Todo el mundo sabe de qué va Breaking Bad. Cuando comentas con cualquiera en un bar que estas enganchado a la serie de Vince Gilligan, aunque él o ella no la sigan, responde con un: Ah, ya sé, la del profesor de química con cáncer terminal que se pone a fabricar droga. Y sí, ese podría ser un resumen. Pero hay más. Mucho más. La transformación de la vida de Walter White, un honrado padre de familia desafortunado al que unos socios sin escrúpulos chulearon una patente que les ha hecho millonarios, mientras él se deja la salud trabajando setenta horas a la semana. La vida de un superviviente más de clase media, casa en las afueras y coche de gama baja, en el país de las oportunidades, del hacerse rico trabajando duro, que llega a la madurez sin un dólar ahorrado. Su mujer, aparentemente más lista, más atractiva y con más personalidad que el introvertido Walter, se queda embarazada, un embarazo inesperado y seguramente indeseado. Un hijo discapacitado completa el cuadro. Y Walter empieza a toser. Diagnostico: Cáncer de pulmón. Tratamientos, quimioterapia, radio, con eso podría tirar unos pocos años. No hay más. Ahí aparece en escena Hank, su cuñado, un agente de la DEA casado con la hermana neurótica de la mujer de Walter, que invita a este a una redada en un laboratorio ilegal de metanfetamina. Por casualidad ve huir a un antiguo alumno por una ventana, le sigue y le ofrece, más bien le obliga a fabricar juntos el material. Necesita mucho dinero. Primero para los tratamientos y luego para dejar a su familia sin apuros económicos cuando él no esté. Al menos, esa es su primera coartada.

La metanfetamina no es una sustancia glamurosa. No es ese carísimo polvo blanco que circula por salones y saraos esnifada con cucharillas de plata que hace más sociable al tímido, más gracioso al desagradable, más brillante al inteligente, más creativo al diseñador. Es una droga barata, de suburbio, juvenil, universitaria. Para bailar pogo dejándose llevar por el ruido del grupo local punk de moda. Para tirarse días y noches vagando por antros infectos con música a diez mil decibelios entre tipos marginales y chavales de marcha. Y Albuquerque (Nuevo México), con su universidad, contiene miles de potenciales clientes.

Pero algo hace que Walter White, el profesor de química apocado, se decante por ella. Es fácil de elaborar. Cualquier estudiante de tercero de químicas puede producirla sin demasiados problemas. Pero Walt tiene los conocimientos necesarios para sintetizarla pura, siempre y cuando consiga los precursores con la suficiente calidad. Por supuesto, en cuanto se introduce en la fabricación y contrabando de sustancias ilegales, se esta metiendo en un terreno muy peligroso, dominado por bandas que no le van a dar facilidades. Y que no tienen reparos en matar, torturar, secuestrar o sobornar.

Desde que comienza en el oscuro negocio, se intuye un final trágico. La ascensión y caída de un antiheroe postmoderno. Porque según se adentra en ese sendero incierto, lúgubre, la maldad se va apoderando de Walter White. Y le fascina. Se inventa un alter-ego, Heisenberg, quizás para despistar a la DEA, quizás para otorgarse una personalidad nueva, acorde con su nuevo status de señor de la droga. Y que nos fascina y aterra a la vez. ¿Por qué sentimos esa atracción por un tipo que se muestra a cada capitulo más y mas envilecido? ¿Por qué después de verle envenenar a sangre fría a un niño aún seguimos admirándole? Al final de su odisea, ha llegado a darnos mucho miedo, pero seguimos sin querer que le pille la policía. ¿Que es lo que nos hace identificarnos con él? ¿La enfermedad terminal, la excusa que repite como un mantra para si mismo y para su mujer de que lo hace para dejar a su hijo discapacitado y a su preciosa bebita con el riñón cubierto y que cualquiera subscribiríamos?

No. Rotundamente no. Lo cierto es que lo que nos atrae es el lado oscuro. El poder absoluto. Aplaudimos con satisfacción cada pequeña victoria suya sobre los capos de la mafia local o sobre los señores de la droga mexicanos. Sudamos de ansiedad con Walt cuando consigue escamotear un micrófono en el mismísimo despacho de Hank, a la sazón jefe de departamento antidroga. Respiramos fuerte cada vez que logra esquivar una encerrona, cuando parece que está perdido y encuentra una salida. Entendemos que haga volar por los aires a Gus y nos maravillamos con la inteligencia y refinamiento de sus planes. Que para colmo salen bien una y otra vez. Puede que no olvidemos que es un enfermo terminal y eso nos ayude a no sentirnos del todo mal con lo bien que nos cae semejante tipejo, abducido y desbocado en un tobogán de abyección imparable.

Nos deslumbra ese feroz individualismo de quien ve que sin dinero la sociedad te da la espalda. Que esa sociedad que te pide solidaridad, implicación, te tira en una cuneta si te falla la salud y tu cuenta corriente se ha quedado parada. Y Walt explota al verse vencido y decide instalarse en los margenes. Y sobrevivir a costa de quien sea y como sea. Cualquiera haríamos lo mismo. ¿Lo haríamos?

walter

A medida que Walt se introduce en ese submundo, las capas de maquillaje se cuartean, los disfraces se caen y queda el hombre desnudo. Sin parapetos. Su yo frente a si mismo y su destino. Intenta conservar hasta el final la farsa del altruismo, pero en realidad, está vengándose. Y la venganza es deliciosa. Tendrá que reconocer que esos meses como rey de la droga han sido los mas lúcidos e intensos de su vida, en los que se ha sentido mas eufórico, mas dueño de su destino.

Un error mitad soberbia, mitad descuido, precipita su caída. Pero incluso en ese momento, cuando intuimos que ya nada podrá detener la maquinaria de la justicia, que el juego ha terminado, seguimos apretando los puños y deseando que Walt se salte el control de carreteras, que huya.

Los personajes canallas siempre nos han cautivado. Ya sean médicos drogadictos sarcásticos y superdotados o alcaldes corruptos. Mafiosos o polis antidroga pueden hechizarnos a la vez que nos provocan repulsión. Pero en la mayor parte de los casos, nos produce placer ver su declive. Esperamos con ansia que llegue su némesis. No nos importa que su imperio se desmorone. Con Walter White no. Deseamos que todo le salga bien. Siempre.

Ser o no ser: esa es la cuestión.

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