Marcos García Guerrero

El duodécimo pasajero. Sporting 1, Jaén 1

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Foto de El Comercio

El Molinón es un ente vivo, que siente y padece, que anima y se caga en tus muertos. Un ente salvaje que pulula por el cosmos futbolero y que cuando te quieres dar cuenta se te ha metido dentro. Es un huésped que te coloniza y entra en simbiósis contigo, al que necesitas y te necesita, y que pese a su fidelidad puede ser muy exigente, de ahí que pase de hacerte sentir una deidad a perforarte por dentro. Es el duodécimo pasajero de la nave Nostromo dirección a primera, el que te impulsa a buen puerto cuando más lo necesitas pero al que si le fallas no duda en hacer de ti una carcasa perdida en el cielo.

Por el bien de Sandoval ya es hora de que se vaya enterando de todo esto.

Alguien se quejaba ayer en el estadio de que el Jaén nos tenía bien estudiados, lo que a tenor de lo visto en el terreno de juego consistía en taponarnos la salida del balón y presionarnos arriba. Toda un estudio estratégico del rival que pone en evidencia la escasa maña de nuestro capitán Dallas. De ahí que a los veinte minutos, tras una ocasión clara del Jaén, El Molinón ya diese el primer aviso: pitada cósmica y las que vendrían. El gol de churro de Hugo Fraile, cortesía del portero jienense, solo palió momentáneamente el “hum” de la grada que volvió intensificado a los cinco minutos, con un nuevo aviso contrario, y siguió in crescendo desde el gol del empate hasta los silbidos finales de despedida.

Sandoval ha hecho un equipo para subir, lo que en su lenguaje balompédico significa ganar los partidos por la mínima y empatar lo que no se pueda ganar. Y el juego ya para cuando estemos en primera. En ese tour interestelar planeado por el míster, se pone en práctica un juego protozoide, que sobrevive al rival por aburrimiento, y que basa su fortaleza en plagar el medio campo de rocas, meteoros que no juegan a nada pero que tampoco dejan jugar, que intentan entorpecer a los rivales pero que una vez que son superados dejan en entredicho la fragilidad de la defensa (que como vimos ayer y en jornadas precedentes, sufre sobremanera con las jugadas de entrelíneas). Un fútbol en el que se quiere el balón pero luego no se sabe muy bien qué hacer con él. Una filosofía en la que López Garai es titularísimo pero Nacho Cases no cuenta ni como suplente.

Pero El Molinón sabe de fútbol y de odiseas galácticas, y cada vez tiene más claras las muchas contradicciones del hiperespacio sandovalero, que hasta ahora se mantenían más o menos disimuladas por el espejismo de los resultados y la brillantez estelar de Scepovic. Por eso, con los primeros tropiezos y sin la luz cegadora del astro serbio, se ha empezado a intuir la cercanía de un agujero negro.  Puede que en Gijón se peque en ocasiones de cierto mestallismo, exigiendo más posiblmente de lo que podemos tener, pero se confundiría el que interpretase el malestar de la grada como demanda de excelencia. Lo que se pide es criterio. Y huevos. Aunque no ganemos.

En el espacio nadie puede oír tus gritos. En El Molinón sí. Y hay un grito evidente de descontento. Más le vale a Sandoval escucharlo si no quiere ser devorado por dentro.

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