Víctor Guillot

Motel Bates: la forja del asesino

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Para ser honestos, no acabo de comprender qué me seduce de un asesino como Norman Bates o un psicópata como Hanibal Lecter. Puede que uno lo sea y de ahí se deduzca la razón por la cual le complace escuchar al buen doctor mientras habla del arte renacentista en una celda de máxima seguridad. Lo cierto es que disfruto como un psicópata contemplando con idéntico placer su exquisita receta de sesos a lo Ray Liotta y, probablemente, a todo esto le haya que sumar también su pericia con el bisturí y esa elegante e imperturbable figura que se pierde por las calles de Florencia como un viajero entre extraños. En esencia, esta admiración no alcanza límites porque su carácter pretende pereguir la máxima de Baudelaire: ser sublime sin interrupción.

Una inteligencia feroz expresada a través del asesinato y el canibalismo: comer es una forma de verificar la realidad. Matar también lo es. nuestro buen amigo, el doctor Lecter, saborea la vida cuando devora un muerto, conservando permanentemente intacto su talento para  sublimar cada gesto y cada palabra, convirtiendo el canibalismo en un acto de purificación,  en un arte que trasciende hacia el espectador, al alcance de muy pocos.  Un hombre se manifiesta como es cuando tiene un tenedor en la mano. O un cuchillo…

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Algo de esto había también en la figura maestra y errática de Norman Bates, interpretada por Anthoni Perkins en 1960, sin llegar a tan alto grado de savoir affair, cuando poseído por la mente de su madre, al final de Psicosis, decide no matar a la mosca que se posa en su mano, mientras un psiquiatra le absuelve de sus crímenes al tiempo que señala el origen del mal en la conducta de su madre. La mirada de Bates como la de Hanibal nos produce escalofrío pero también empatía, y en esa empatía hacia el Mal encarnado en la inteligencia de Lecter o el desvalimiento de Bates, es donde alcanzamos a comprender tanta admiración.

Cuando Hitchcock anunció que rodaría Psicosis con apenas 800.000 dolares, sabía que estaba cambiando la historia del cine. Nada sería igual desde entonces, no sólo porque el maestro del suspense pondría en valor un cine de autor de bajo presupuesto, del que no era consciente, ni tampoco porque mataría a la protagonista, la hermosa y paranoica Janet Leigh a la mitad de la película, sino también porque sabía que a través de los ojos de Anthony Perkins estaba configurando el molde de un personaje que contendría la ira de todos los psicópatas cinematográficos que vendrían después. Me gusta pensar que en el árbol genealógico de los asesinos en serie, Norman ocupa un puesto central que sólo compite con el de Tony Curtis en el Estrangulador de Boston o el de Richard Attenborough en la magistral El estrangulador de Rillington Place, de Richard Fleischer. Pero este árbol familiar regado con sangre extiende sus ramas tanto en el cine como en las series de televisión (Haníbal o Dexter).

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A finales del próximo mes, el canal TNT nos ofrece la posibilidad de conocer nuevamente la figura de Norman a través de la serie Motel Bates. A lo que se ve, las productoras americanas han descubierto en los spin off de algunos personajes del cine, una veta narrativa que explotar, contando los avatares y vicisitudes que dieron lugar al asesino en serie. Acontece, por lo tanto, en la industria de la televisión la forja del psicópata por vez primera. Sin embargo, esta idea no es del todo nueva. Quiere decirse que ya la hemos disfrutado o padecido en anteriores ocasiones y la primera que se me viene a la mente es su anverso luminoso: Smallville.

Como todo el mundo sabe, en Smallville se narra los orígenes de Superman, antes de que este fuera El hombre de Acero. A lo largo de nueve temporadas, asistíamos al peregrinaje de Clark Kent / Kal-El, un adolescente extraterrestre que con el paso de los años no sólo se convertiría en un hombre adulto, sino en un semidiós con poderes. La idea del alien entre los humanos y su integración en la sociedad capitalista ocuparía nueve largas temporadas que desembocarían en el nacimiento del superhombre nietzcheniano.  Pero en el artículo que nos ocupa, no pretendemos analizar la naturaleza del superhéroe, algo que ya han hecho otros colegas como Adrián Sánchez Esbilla o Rubén Paniceres, sino revisar la relación que existe entre el Superhéroe y el Asesino en Serie, porque ambas figuras se prestan a ser analizadas como la cara y la cruz de una misma moneda. Hablamos de mitos extremos, de la cara del bien supremo y del mal absoluto, encarnadas en dos personajes completamente antagónicos y que, sin embargo, comparten similares procesos de transformación. El primero nos devuelve el misterio de la luz en su mirada, mientras el segundo nos entrega a través de sus ojos la oscuridad del abismo. Si Superman alcanza su poder con el fulgor del sol, Norman Bates logra alcanzar su mayor plenitud en el sótano de una vieja casa hopperiana. En ambos casos, el suceso que desencadena sus traumas procede de una falsa emancipación familiar que lastra sus vidas como una pesada roca de la que nunca se podrán desprender. A poco que nos fijemos, la identidad de Clark Kent y la de Norman Bates sufren un trastorno como consecuencia de la dependencia afectiva hacia sus progenitores muertos. En este sentido, resulta incluso asombroso comprobar como el espíritu de Jor-El,  padre de Superman, vive transformado en una especie de Hiperconciencia encerrada en un cristal, y como la conciencia de la madre de Norman Bates continúa acechando, no sólo en la mente de su hijo, sino también en un cuerpo disecado. En este cúmulo de vidas paralelas e inversas, habría que añadir que Clark Kent es un periodista que hace su vida en las calles de una ciudad, mientras Norman Bates vive recluido en un motel, alejado de cualquier contacto social.

Esta dialéctica extraña y enfermiza será el motor que convierta respectivamente a los dos personajes en mitos fundacionales, ya sean luminosos o demoníacos, de la cultura popular del siglo XX.

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Lo que nos ofrece Motel Bates es una revisión completa del psicópata, desde una óptica naíf, una especie de Origenes, transplantado al siglo XXI. No se trata de un remake afolletinado, sino de un nuevo relato orientado hacia un público adolescente, antes que a un espectador adulto, lo que no le resta razones para atraer la atención de cualquier espectador que tenga cierta predilección por el suspense.  En Motel Bates se nos cuenta la tormentosa relación entre Norma y su hijo, una relación edípica y traumática que va perfilando lentamente la figura adolescente de un psicópata asesino.

En el Festival de Toronto de 1978 tuvo lugar un encuentro entre críticos  reunidos con el propósito de analizar las características del cine de terror moderno. Las conclusiones se verían plasmadas en una colección de ensayos coordinados por Andrew Britton, quien bajo el título The American Nightmare essáys of horror films pondría de manifiesto que tanto en Psicosis, como en El exorcista, La Matanza de Texas o La Semilla del Diablo, lo que se ponía de manifiesto era cómo la familia americana, o mejor dicho, la descomposición del orden familiar, son la verdadera causa de El Mal.

A este Mal, ha de sumarse un paisaje distinto al del film de Hitchcock, del que de forma intencionada la serie trata de alejarse lo más posible, para acercarse a otro clima donde el suspense se trenza siguiendo la senda marcada por otras series de misterio, al estilo de Lynch y su Twin Peaks, pero sin llegar a ser completamente Lynch ni mucho menos Twin Peaks. El motivo es muy sencillo. Lynch tiene el talento de desgarrar la rutina permitiendo que los demonios de la psique se mezclen con los actos cotidianos de los habitantes de un pueblo, mientras que los sucesos que tienen lugar en el White Pine Valley de Motel Bates tienen una lógica social y no se escapan de las reglas convencionales de la razón. Aunque los Bates son tan psicópatas como el resto del pueblo, ningún médium encontraría a un solo fantasma en sus calles.

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