Marcos García Guerrero

El dicho y la dicha. Girona 2, Sporting 1

Lora en un lance del juego, foto de la LFP

Ante goles a favor tempraneros, mi madre suele advertir que, cuidado, que los jugadores se relajan, fíu, que pueden ser señales de mal agüero (¿un gol?), y que no olvidemos que “los gitanos no quieren hijos con buenos principios”. Yo siempre contesto lo mismo. Le digo que los sportinguistas no estamos para bromas, que goles son amores, mamina, y que primero marquemos y luego ya veremos. Pero visto lo visto ayer en Girona, la sabiduría de una madre no debería discutirse. Y cuando se trata del Sporting, menos todavía.

Si es por acogernos a la sapiencia popular, el fútbol es un deporte que cuenta con todo un mundo filosófico en el que apoyarse e interpretarse. Existe una serie de sentencias que, de tan repetidas ante los micrófonos con la gracia autómata del futbolista, han acabado cayendo en lo paródico. Ya se sabe, no hay rival pequeño, son once contra once, son sólo tres puntos y tal y tal. Sin embargo, muchas de estas frases captan en esencia la lógica deportiva del fútbol, y sobre todo, los “intangibles” de un juego en el que el azar tiene mucho que contar. Es lo que se puede aplicar a la lectura de lo sucedido en Girona. Porque una de estas máximas es la que señala que el equipo que perdona lo acaba pagando. No existe una explicación científica para esto, más allá de la convicción del futbolero que a fuerza de ver partidos, situaciones, equipos, cagadas, sabe que por una lógica ilógica en la gran mayoría de las ocasiones en las que, como ayer el Sporting, se tiene maniatado al rival y no se le remata, al final la falta de concreción volverá como un boomerang para golpearte en el careto. Zas, en toda la boca.

Y así fue ayer, cuando se perdió después de tener hasta ocho ocasiones de gol en los primeros cuarenta y cinco minutos y hacer del portero rival la estrella del partido; despúes de la espectacular primera parte de un Sporting que, a lomos de la inédita dupla de jugones, Álex Barrera y Nacho Cases, hizo el mejor fútbol de toda la temporada. Presionando, robando, tocando, jugando. Un Sporting desatado que no pudo matar el partido y que cuando ya comenzaba a activar nuestro sentido arácnido, porque nos veíamos venir que si la cosa seguía así, Sandoval convertiría, como suele, al equipo en bicho bola, fue golpeado por el mazazo del infortunio dejándolo noqueado.

No todo se puede achacar a la mala suerte. Pero en un deporte que sintetiza su esencia en la aparentemente simple frase, aunque en realidad sorprendetemente profunda, “el fútbol es así”, hay veces que ésta es decisiva. Tirando de refranero de hoy y de siempre, esperemos que los árboles no nos impidan (a ninguno) ver el bosque, y que, aunque se haya perdido una batalla, el juego de la primera parte en Girona siente las bases para que al final de temporada podamos ganar la guerra.

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