Pablo González

Richard Rayner: piratas para la Gran Depresión

Richard Armitage

En el preciso instante en que la pequeña empresa se hunde y el global se reduce a multinacional y grandes superficies se escucha un incesante ronroneo con términos como marketing, coaching, consulting, management, start-up, etc, etc. Es curioso que en pleno hundimiento y desfalco de una forma de subsistencia los principales agresores idean estrategias que, contrariamente a su práctica diaria, pretenden “ayudar” al resurgimiento del que no tiene donde caerse muerto: el emprendedor. Primero lo sangran y después le ofrecen la llave de la felicidad. Por un precio, claro. Y lo peor de todo: muchos se lo creen.

¿Nos hemos vuelto rematadamente idiotas?

Ahí están los cursos, las conferencias y, cómo no, los libros. Una subdivisión de la “autoayuda” que sustituye el mantra espiritual por el meramente económico. De ahí que, en las estanterías de las librerías, vayan ganando metros día a día estos evangelios de la riqueza rápida.

¿Hay alguien tan ingenuo para pensar que se puede invertir en Bolsa leyendo un libro? Los hay. Son los nuevos vendedores de humos varios, autoproclamados gurús o “líderes” (de no se sabe bien qué), que ya no se conforman con hablar para un puñado de despreciables capitalistas después de una partida de paintball Han decidido rebajarse al común de los mortales para que quemen sus últimos denarios en papel mojado. En tiempos de desesperación surge el hambre de milagros. De Gareth Bale y el Papa Francisco. O de Emilio Lledó, ese señor que algunos señalan «dice verdades como puños» y además es tan simpático.

Hay libros de todos los colores, rojos y negros, con queso o sin él, impregnados de la rúbrica de algún triunfador generoso, con recetas para todo tipo de gordos. Hay monjes metidos a broker y los hay que simplemente vendieron su Ferrari. Todos son la unión perfecta de cuerpo, mente y cartera. La conclusión es inevitable: sí, nos hemos vuelto rematadamente idiotas.

Drake's FortuneY recuerdo El tesoro de Drake, de Richard Rayner, un libro que me encontré sin querer en la biblioteca Bances Candamo de Avilés hace unos cuantos años. Decidí llevármelo a casa y nunca me estaré lo suficientemente agradecido por el tesoro que supuso sumergirse en sus páginas y descubrir al autor, un inglés contemporáneo, que ha escrito con posterioridad una de las mejores novelas negras de la pasada década, El viento del diablo (también publicada por Alfaguara).

El tesoro no es novela ni es ensayo, ni reportaje periodístico ni nada que se le parezca. Se trata de una admirable miscelánea (donde tienen cabida incluso los pasajes autobiográficos) en la que Rayner nos cuenta la vida y milagros de Oscar Hartzell, un estadounidense afincado en Londres que durante los años de la Gran Depresión (cuánta coincidencia) y posteriores protagonizó uno de los mayores timos de la historia: la venta de acciones del supuesto tesoro del pirata Drake. Un timo que se prolongó a lo largo de los años y las décadas y que jamás fue reconocido como tal por algunas de sus más conspicuas víctimas, que siguieron entregando su dinero y fe incondicional al artífice mayor (incluso después de que fuera condenado y encarcelado).

Ahí reside lo asombroso del asunto. Después de condenado, encarcelado y manifiestamente demostrado el engaño… el engaño persistía. Nada podía quebrantar la fidelidad de aquellos pardillos (miles) que antes se hubieran cortado un brazo que admitir la falsedad de todo aquel entramado. Las religiones llevan haciéndolo muchos años: para nada importan las evidencias que la ciencia pueda aportar; la mayoría seguirá creyendo en Dios. Ni el sexo y el dinero juntos son tan poderosos como el miedo. El miedo lo es todo.

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