Ismael Rodríguez

Hellraiser I a IV: una idea y su destrucción

El cine de terror, desde sus principios, ha mostrado una tendencia a configurarse en sucesiones seriadas de películas cuya relación venía articulada por la presencia contínua de algún personaje en concreto. Desde los lejanos tiempos de la Universal se entendió que el espectador quería volver a ver al mismo monstruo que ya conocía en una nueva peripecia, que buscaba la complicidad de la pantalla tanto o más que la sorpresa. Con el paso de los años la sucesión de sagas y franquicias no fue sino en aumento, alcanzando su paroxismo a partir de los años 80 y la irrupción del mercado directo a video. Una de las sagas más ejemplarizantes que surgieron de esos años fue, sin duda alguna, la de Hellraiser.

Cenobitas originales

La imagen de la saga, los cenobitas originales

El terror es uno de esos géneros que se ha ido convirtiendo en un enorme uróboros. La susodicha serpiente está condenada a vivir en un círculo infinito, mordiéndose su propia cola, y del mismo modo este cine debe vilipendiar a toda nueva propuesta frente a un pasado presuntamente glorioso que, a su vez, fue aplastado por la crítica de su momento en una sucesión aparentemente sin fin.

Así pues, aún hoy día vivimos a la sombra de lo que normalmente se denomina como terror clásico, frente al que toda expresión diferente debe ser denostada y castigada. Con el paso de los años es indudable que algunos movimientos divergentes fueron integrándose a ese supuesto canon, como puede ser el caso de algunas producciones de la inglesa Hammer Films, pero el proceso no dejó por eso de ser irregular y nunca completo.

Ese cine de terror que había monopolizado la aceptación crítica fue dinamitado finalmente en los años 70 con la América de los Romero, Craven o Hopper. Fueron ellos los que dieron el pistoletazo de salida para una nueva vertiente malsana y realista, que rompía con la herencia literaria del pasado. Los caserones góticos y los tics heredados de la Universal dieron lugar a un nuevo paisaje fílmico construido desde la desintegración de la sociedad contemporánea. No es necesario comentar que propuestas como La matanza de Texas, La noche de los muertos vivientes o La última casa a la izquierda fueron atacadas desde la prensa especializada con especial virulencia.

Pero dejando de lado su calidad, muy variable en todo caso, lo indudable es que se convirtieron en iconos y referencias para una nueva generación de cineastas y de espectadores. Fueron un soplo fresco que pronto tuvo una nueva respuesta con el nacimiento del slasher. Este puede considerarse, en el fondo, una adaptación del giallo italiano a la idiosincrasia americana. Con respecto a lo transalpino se mantuvo la concepción de las películas en torno a una sucesión de asesinatos, a cada cual más inverosímil y supuestamente creativo, a manos de un asesino aparentemente invencible. Desde más allá del océano se aportó una narración más convencional y se potenció el aspecto sobrenatural para dar lugar a la mayor parte de las películas de terror que inundaron los mercados después del rutilante éxito de Halloween o la primera Viernes 13.

Pero no podía ser de otra manera, y frente a los fans de Krueger, Myers o Vorhees algunos espectadores buscaban un nuevo terror, sin que les sirviese la vuelta al clasicismo de propuestas como Al final de la escalera. El aficionado de terror buscaba nueva sangre, y un joven inglés decidió dársela a mediados de los años 80. Hablamos de Clive Barker.

Clive Barker: escritor y cineasta

Izq a Der: Mick Garris, Tobe Hopper, Stephen King, Clive Barker

De izquierda a derecha: Mick Garris, Tobe Hopper, Stephen King, Clive Barker

Por entonces Barker ya era uno de los más prometedores y destacados autores de terror y fantasía de la escena británica. Sus Libros de sangre, recopilación de 30 relatos de terror fantástico en 6 volúmenes, ya estaban publicados, lo mismo que su primera novela, El juego de las maldiciones. Se trataba ni más ni menos que de la apuesta oficial de todo un Stephen King para ser el futuro del terror, hasta el punto de que una de sus historias cortas había sido llevada al cine apenas un año después de publicarse.

Sin embargo, la versión de El sacristán del Diablo – a España nos llegó manteniendo su título inglés, Rawhead Rex – realizada por George Pavlou en 1985 no le dejo satisfecho en absoluto, lo que es más que comprensible. Su enfado, de todos modos, llegó hasta el punto en que decidió que la siguiente adaptación de una de sus obras sería dirigida por él mismo.

Para cuando consiguió la financiación necesaria su última obra publicada era El corazón condenado, que había salido a la venta en noviembre de 1986. En ella centró su mirada Barker para tratar de dar a su carrera la orientación cinematográfica que deseaba y, de paso, crear el icono de terror que seguramente le confiera la fama eterna. Hablamos, por supuesto, de la figura de los cenobitas en general y de Pinhead en particular.

Portada de una edición americana de El corazón condenado

Portada de una edición americana de El corazón condenado

El corazón condenado se trata, en realidad, de apenas una novela corta. Debemos recordar que la tradición literaria inglesa abunda en este formato, a medio camino entre el relato al uso y la novela propiamente dicha, que gustan de denominar como novellas. En menos de 50 páginas, aunque siempre dependerá de cada edición, el autor consigue desarrollar una historia tan chocante en su momento como aún absorbente a día de hoy, que servirá para establecer los cimientos sobre los que se erigirá la primera película de la saga, una adaptación fiel en el espíritu pero que no duda en realizar los cambios necesarios para la correcta transición al lenguaje del cine.

En la obra escrita presenciaremos la desintegración de una pareja por culpa del hastío y de un secreto del pasado, la corrupción humana y la búsqueda del placer absoluto, una maldad casi infinita y hasta la fidelidad de los buenos amigos. Un Barker en estado de gracia construyó un relato que consigue transmitir al lector la impresión de que apenas le ha abierto una ventana desde la que vislumbrar un mundo mucho más amplio, que apenas se llega a dibujar.

Y es en esa otra dimensión desconocida donde se ocultan los terribles cenobitas, aparentemente apenas una parte de la estructura mayor llamada la Orden de la herida. Los medios para convocarlos también nos resultan desconocidos, más allá de La configuración del lamento – también llamada Caja de Lemarchand –, pero resulta difícil creer que este sea el único modo de traerlos a nuestro lado. Estamos ante una nueva y vasta mitología de la que solamente vemos la punta del iceberg.

El mundo creado por Barker en el relato es misterioso, ocultándose en los pliegues de nuestra realidad y recordándonos nuestra propia insignificancia. A diferencia de lo que veremos en las películas, a partir de la segunda entrega, no estamos ante un suceso cataclísmico ni mucho menos, sino ante una anécdota dentro del transcurrir de un universo demasiado parecido al nuestro. Esta cualidad le transfiere al relato un imparable aliento de realidad que lo convierte en aún más efectivo, erigiéndolo en un indudable clásico de la literatura de horror contemporánea.

Desde entonces la carrera de Barker, en sus dos facetas de director de cine y escritor, ha sido bastante irregular. En el cine se mantuvo como productor de las entregas de la saga Hellraiser hasta la cuarta película, además de ello dirigió tanto Razas de noche como El señor de las ilusiones, ambas adaptando dos obras suyas como son Cabal y el relato La última ilusión, este último parte de los Libros de sangre. Ambas son cintas emparentadas con su opera prima tras la cámara, bruscas en su realización pero ricas en contenido, sobre todo Razas de noche. Es curioso que tras su tercera obra cinematográfica se haya retirado de la silla de director, haciendo ya 18 años desde que se estrenase El señor de las ilusiones, y sin noticias de ningún proyecto nuevo.

En lo literario uno debe admitir que su carrera tampoco mantuvo el nivel que prometía. En el terror su última gran obra fue la ya mencionada Cabal, allá por 1988. Desde entonces sus mejores trabajos han estado centrados en la fantasía, dónde su monumental Imajica se puede considerar su obra más importante. Curiosamente en los últimos años ha conseguido gran éxito dedicándose a la literatura para adolescentes – o jóvenes adultos como les gusta definirlos en los Estados Unidos – con la saga de Abarat.

La esperanza de los seguidores del temprano Barker, sin embargo, debe mantenerse centrada en su reciente anuncio – el 9 de Septiembre de 2013 – de la finalización de su novela The Scarlet Gospels. Dicha obra será la continuación oficial de El corazón condenado, en la que además sabemos que se nos dará mucha más información sobre los cenobitas y la Orden de la herida, ignorando de paso todos los desarrollos en las continuaciones cinematográficas. Una buena noticia, desde luego.

Hellraiser

Poster Hellraiser

En la primera entrega de la saga, que es al mismo tiempo la mejor sin duda alguna, nos encontramos con una producción que presenta tantas deficiencias técnicas como creatividad a la hora de manejar tanto el terror como el desarrollo de la trama. Sin llegar a ser una obra maestra, ni mucho menos, si que se erige en una gran adaptación del relato que la inspira, sin dejar de aportar al tiempo muchos aspectos novedosos que, desgraciadamente, se convertirán en apenas anecdóticos con las posteriores entregas.

El planteamiento de la película coincide prácticamente con el del material que la inspira, aunque en el proceso de adaptación se producirá un cambio de gran importancia. Este afecta a la relación entre la protagonista, Kirsty, y el personaje de Larry – Rory en el libro –, que pasa de una amistad que parece ocultar algo más a la paterno-filial, al convertirla en la hija de un anterior matrimonio. El resultado de esta modificación dota de una mayor profundidad a la relación de pareja establecida entre Larry y Julia mientras que, al tiempo, acaba con parte del verismo de la versión escrita al plantear una situación más propia del terror cinematográfico más clásico, a menudo obsesionado con las relaciones familiares.

Lo importante, de todos modos, es que en la traducción al celuloide se mantiene incólume la esencia de la obra, lo que la diferencia de otras películas coetáneas. Lejos de plantearnos a un villano invencible que asesina a gente sin ningún control, los enemigos somos en esta ocasión los propios seres humanos. La búsqueda del placer, cuyos extremos se encuentran peligrosamente cercanos al dolor, se convierte en nuestra perdición. El verdadero monstruo no tiene un aspecto repulsivo ni sufre una transformación física, no es tanto Frank como Julia, una mujer atrapada por el recuerdo de una pasión fugaz que llega a dominar toda su existencia al enfrentarse a un anodino marido.

La película encuentra ahí su gran filón, en la lucha entre esas pulsiones sexuales y sensoriales frente a lo que nos han ido enseñando durante toda nuestra vida. En ese momento consigue su verdadero objetivo, trascender la mera cinta de terror para funcionar a un nivel superior, convirtiéndose en una reflexión más que válida sobre la propia naturaleza humana. Es el propio hombre, nos dice Barker, el que crea el mal. Este no actúa de manera independiente, no busca nuestra corrupción, sino que se alimenta de ella. Somos nosotros los que resolvemos los rompecabezas, los que llamamos a la maldad.

Pinhead

Pinhead

Así los cenobitas, el verdadero icono creado por la cinta en lo visual, son solamente los ejecutores llamados por nuestra degeneración moral. Elementos secundarios que dibujan, junto al infierno del que han salido, una suerte de telón de fondo sobre el que se proyecta el relato. Este, además, no pasa de una anécdota más que anotar en el haber de La configuración del lamento. A diferencia de lo que a menudo sucede en estas películas el aparente y parcial triunfo de los protagonistas no es en absoluto trascendental. Apenas hemos podido ver una de las muchas veces en las que la Caja de Lemarchand interactúa con el mundo cotidiano, nada excepcional, solamente un giro más de una rueda imparable.

Sin abandonar a los cenobitas merece la pena centrarse en la presencia de Doug Bradley. Este amigo personal de Clive Barker, actor y hasta ensayista de mérito, se convirtió en la imagen de la franquicia al interpretar al cenobita que ha sido conocido popularmente como Pinhead. Curiosamente en el libro el cenobita que responde a la descripción del mismo es uno más de los que aparece, además caracterizado con una voz femenina. En la película, sin embargo, la profunda voz de Doug Bradley y su actitud lo convierten en una suerte de líder infernal, siendo el que más a menudo interactúa con la protagonista. Su éxito iconográfico, sin embargo, sería a la larga una de las causas del fracaso de la saga, aunque aquí aún nos encontramos con un cenobita que parece ser una verdadera criatura de otro mundo, cuyo único punto en común con nosotros es su aspecto, muy lejano todavía de esa suerte de inmortal supervillano que tendremos la desgracia de conocer.

En resumen, Hellraiser es una película imprescindible para entender y apreciar el terror contemporáneo en la que, bajo una notable falta de medios técnicos, se esconde el germen del horror sobrenatural posterior. Una de esas obras cuya trascendencia supera a su calidad, condenadas a ser objeto de culto con el paso de los años.

Hellraiser II: Hellbound

Poster Hellraiser Hellbound
El éxito en taquilla de Hellraiser fue tan fulgurante como inapelable. Por supuesto, el resultado era inevitable: había que hacer una secuela. Apenas un año después de la primera entrega, a toda velocidad, llegaba a las pantallas la segunda parte de las desventuras de Kirsty en torno a la Caja de Lemarchand.

La película ya contó desde el principio con la particularidad de que Clive Barker decidió retirarse de detrás de las cámaras y convertirse simplemente en productor. Su lugar fue tomado por Tony Randel, un novato de la dirección cuya carrera posterior no ha destacado precisamente. A él le debemos un trabajo efectivo pero poco estimulante, en el que el diseño de producción se convierte en el auténtico protagonista de la cinta por encima de cualquier otro aspecto.

La producción no fue precisamente un camino de rosas, y pronto contó con un problema que lastró todo el conjunto: la decisión del actor Andrew Robinson de abandonar la película. En principio perder a un actor protagonista no es nunca fácil, pero lo es menos aún si este interpretaba al padre de tu heroína y su rescate del infierno estaba planteado como el centro de interés de la trama. De esta manera lo que en principio parecía tratarse de una historia de redención, centrada en los esfuerzos de la protagonista por salvar el alma de su padre, se convierte en poco más que una serie de peripecias sin mucha coherencia ni solución de continuidad. A lo largo del metraje la buena de Kirsty se enfrentará a nuevos cenobitas, a una Julia resucitada y, en general, a lo que al bueno del guionista se le pueda ocurrir.

La configuración del lamento, o Caja de Lemarchand

La configuración del lamento, o Caja de Lemarchand

Este, y aquí se encuentra otro punto de inflexión, ya no era tampoco un Clive Barker que había pasado de ser el corazón de la primera cinta – director, guionista y productor, recordemos – a separarse de cualquier labor creativa. En su lugar contaremos con Peter Atkins, cuyo trabajo en la saga continuará hasta la cuarta entrega, siempre con Barker a la producción, y siempre tratando de acabar de manera progresiva con los hallazgos de la primera cinta. Para explicar su intervención tal vez deberíamos fijarnos en que había colaborado con anterioridad tanto con Clive Barker como con Doug Bradley en el grupo teatral The Dog Company.

Con Atkins se abandonará definitivamente la cercanía a la realidad de la primera película para rendirse al filón que representa la figura de Pinhead. Este se convertirá, desde esta segunda entrega, en el verdadero protagonista de la franquicia, que se puede ir entendiendo progresivamente como poco más que una sucesión de las diferentes peripecias del cenobita. Así la humanidad, y como el contacto con la caja influye en la misma, deja de ser el centro del relato.

En defensa, al menos en parte, de Atkins uno no puede dejar de pensar que el proceso tal vez se deba, en el fondo y como casi siempre, a la atracción del vil metal. De hecho en los primeros tratamientos del guión la idea era que estuviésemos ante la última aparición del Pinhead interpretado por Doug Bradley, pero el éxito del personaje entre los fans era tal que la productora vio la posibilidad de tener su propio monstruo, tal vez con el calado de un Freddy Krueger o un Jason Vorhees. Atkins en el fondo se limitó a claudicar ante las presiones recibidas.

Dentro de ese planteamiento original tal vez se pudiese admitir que se nos contase como Pinhead fue en origen un humano, alguien como nosotros que se topó con la Caja. De un plumazo vuela por los aires toda la carga de extrañeza, el aura alienígena que rodeaba a los cenobitas en la primera cinta, pero la redención de Elliott Spencer tal vez pudiese servir para reforzar la trama principal. Lo que no podemos justificar, en todo caso, es que tras un inicio que consigue mantener un buen ritmo – aunque abunde en copias casi literales de los logros del primer film – todo pase a convertirse en un correcalles absurdo en el que a menudo no sabremos quién está haciendo qué.

El infierno según Hellraiser

El infierno según Hellraiser

Para cuando el siniestro médico que colecciona cajas de Lemarchand ha conseguido su objetivo y los cenobitas originales se alían con la heroína para una épica lucha final todo está perdido. Hellraiser se ha convertido ya en otra cosa, en una suerte de fantasía sobrenatural de baratillo que uno no sabe muy bien a dónde va.

Difícilmente encontraremos algo rescatable en la cinta más allá del trabajo de producción, la maravillosa banda sonora de Christopher Young o una idea continuista que, al menos durante parte del metraje, resulta respetuosa con el original. Por desgracia parecería que cada vez que se gastaba tiempo en el diseño de producción había que quitarlo al guión hasta el punto que este termina haciendo aguas por todos lados y naufragando en un absurdo tramo final que nada ni nadie puede salvar.

Curiosamente la cinta cuenta con una buena consideración dentro de parte de los aficionados al cine de terror, hasta el punto de que uno puede encontrársela en algunas listas de las mejores secuelas de la historia. Esto sin duda habla bien del trabajo de producción realizado, dado que a menudo se alaba la imagen del infierno dada en la cinta, pero también nos dice mucho sobre la baja calidad a la que los aficionados al cine de terror se han acostumbrado.

Hellraiser III: Hell on Earth

Poster Hellraiser Hell on Earth

El verdadero infierno en la Tierra podría ser, sin ninguna duda, tener que ver una y otra vez esta película, la primera cinta de la saga en la que, directamente, no podemos encontrar nada que salvar. Nos encontramos así ante un despropósito casi absoluto cuyo único punto a favor es que, a posteriori, sabemos que las cosas podían hacerse todavía peor.

Al mando de la historia seguimos encontrándonos a Peter Atkins, que a estas alturas parece haber decidido que todo lo que apuntaba la primera cinta es totalmente innecesario. En su lugar parece pensar que lo que la saga necesita es que Pinhead se convierta en un villano arquetípico y, sinceramente, bastante estúpido. Para ello se valdrá de una trama sin demasiado sentido en la que descubriremos que tras la segunda entrega las partes humana y demoníaca del cenobita han acabado separadas y luchan entre si. A partir de aquí podemos decir adiós a toda idea de la culpabilidad humana, a toda exploración de nuestra debilidad, a todo estudio sobre el poder del deseo sobre nosotros. Podemos respirar tranquilos, nos hemos convertido una vez más en los héroes enfrentados al mal, encarnado de manera poco original en un ser que mata por placer al tiempo que demuestra una encomiable capacidad para soltar frases tan lapidarias como carentes de cualquier sentido.

Las peores enemigas de los cenobitas...

Las peores enemigas de los cenobitas…

Este proceso autodestructivo se apuntala sobre una trama, por llamarla de alguna manera, que se centra en una reportera que coincide casualmente con un hombre que ha sufrido un gratuito ataque a manos de Pinhead – merece la pena señalar que esto sucede antes de que el cenobita haya conseguido liberarse de su prisión, un detalle sin importancia – y decide sumergirse en el caso hasta el fondo. Por supuesto la reportera en cuestión es una atractiva mujer liberada de menos de treinta años que contará con la ayuda de otra joven, esta un poco más bala perdida. Los castings de los años 90 eran así.

De manera aleatoria tendremos algunas escenas de casquería gratuita, visitas a una increíble discoteca, unas pocas conversaciones que aportan entre poco y nada… todo ello apenas una preparación para la aparición estelar en el último tramo de algunos de los monstruos más ridículos que nunca hayan logrado aparecer en el celuloide.

Los cenobitas hasta ahora se habían destacado por un diseño sobrio y ciertamente impactante, a pesar de algunos excesos en la segunda cinta. Pero ahora la cosa se desmadra de manera increíble, regalándonos ideas que oscilan entre la locura, el ridículo y la genialidad. Así tenemos al que mata policías lanzando CDs, al que tiene una cámara de video en el lugar que ocupaba su ojo derecho… es imposible contener la risa por momentos.

Los cenobitas perdiendo el respeto

Los nuevos cenobitas, sin comentarios…

A todo ello ayuda, como no, la insulsa dirección de Anthony Hickox. Este veterano del cine de terror – cuya obra más conocida seguramente sea Waxwork: Museo de cera – demuestra en esta ocasión una curiosa capacidad para no inspirar ningún sentimiento en el espectador. Solamente podemos encontrar, de hecho, algún momento mínimamente interesante en el primer tramo de la cinta, aunque siempre sea gracias al recuerdo del pasado. Ahí destaca el parentesco del personaje interpretado por Kevin Bernhardt con el Frank de la primera cinta, aunque no deje de ser una suerte de versión menos interesante del mismo.

Con esta película tenemos la muestra definitiva de que el único interés de Atkins era ya el de convertir Hellraiser en una franquicia al uso, dónde un supervillano más malo que los demás mata indiscriminadamente porque… es malo. Una auténtica traición al inicio de la saga y, sinceramente, una película que pone el listón muy alto para superarla en incapacidad cinematográfica. Pero todo es posible para la saga.

Hellraiser IV: Bloodline

Poster Hellraiser Bloodline

Gracias a la tercera entrega ya es imposible saber que puede esperarse uno de una película de Hellraiser. En ese aspecto las apuestas estaban muy altas cuando tras cuatro años llegaba a los cines – sería la última película de la saga que gozaría de estreno cinematográfico – la cuarta entrega, de nuevo con Atkins al guión.

De todos modos, por muy preparado que uno esté, siempre hay posibilidades de que la industria cinematográfica le sorprenda. Y en esta ocasión no puede ser de otro modo, cuando nos encontramos con que la acción se sitúa en la Estación espacial Minos, en el 2127. Así, sin ningún tipo de anestesia previa, tenemos que admitir que en esta entrega Hellraiser se va al espacio.

Cierto es que no sería la primera, ni la última, saga de terror que emplearía esta suerte de salto al vacío, que por otra parte nunca ha dado demasiados réditos. Tal vez uno de los casos más famosos sea el posterior de Jason X, a la sazón última película de la serie original de Viernes 13, aunque anteriormente ya se habían podido ver ejemplos como Critters 4. En todo caso una decisión de este tipo difícilmente va a funcionar más allá de buscar la sorpresa momentánea del espectador, puesto que si a menudo las franquicias que la adoptan ya arrastran problemas graves por si mismas, la adición de un universo futurista difícilmente va a hacer algo más que agravarlos.

Pero la cosa no acaba aquí, sino que en un posible ataque de auteur el bueno de Atkins pretende realizar una narración dividida en tres momentos cronológicos diferentes, articulada ni más ni menos que en torno a un enorme flashback. Casi nada, teniendo en cuenta que ya nos había demostrado anteriormente su incapacidad para mantener a flote una trama sencilla y temporalmente lineal.

Angelique junto a Pinhead

Angelique junto a Pinhead

La primera historia, cronológicamente hablando, nos narra la creación de la Caja de Lemarchand en la Francia del siglo XVIII. De manera aislada lo cierto es que podría funcionar como un relato corto, tal vez inmerso en alguna antología de terror, pero dentro del discurrir de la saga es un ejemplo inmejorable de cómo seguir destrozando la esencia de la misma. Así no duda en añadir un nuevo elemento externo a la trama, en esta ocasión una diablesa llamada Angelique que será convocada con la ayuda de la Caja tras la creación de la misma. De nuevo Atkins impone una concepción tradicional de lucha entre la humanidad y el mal, ejemplificado aquí por seres sobrenaturales y demoníacos, ajenos a nosotros.

La segunda ya está peor resuelta, sin funcionar en ningún momento. En esta ocasión será un descendiente del Lemarchand original el que construya un edificio sobre la Caja, que había sido depositada dentro de unos cimientos al final de la tercera entrega, bajo la inspiración de extraños sueños. Debemos aceptar que su misma sangre, la herencia de su familia, le va a llevar una y otra vez hacia la Caja, a pesar de que sepamos a ciencia cierta que durante los 200 años que han pasado desde la construcción de la misma no se ha dado ningún caso semejante.

Como todos podemos esperar el edificio causará el regreso de Pinhead, ayudado ahora por Angelique y por más frases lapidarias que añadir a su ya amplia colección. Dicho retorno se verá acompañado por el de más cenobitas de diseño delirante – aunque en esta ocasión no aparezcan los ya añorados CDs asesinos –, llegando hasta el punto de aparecer un cenobita perro. Es de suponer que no querían que Pinhead se sintiese solo.

Finalmente volveremos al 2127 para ver como otro miembro más de la familia se enfrenta de nuevo a Pinhead y compañía, en esta ocasión en una nave espacial. La novedad es que ahora conseguirá derrotar a los villanos con la ayuda de una chica de buen ver, y por supuesto con la de la inevitable estupidez del personaje interpretado por Doug Bradley, convertido ya en apenas un Freddy Krueger de tercera categoría.

Para contarnos tan magna historia contamos con una realización que se vio tan lastrada por los problemas de producción que el director original acabó firmando con el pseudónimo de Alan Smithee. De esta manera el especialista en efectos especiales Kevin Yagher consiguió acabar su carrera como director cinematográfico sin haber llegado a firmar con su nombre verdadero ninguna película. También tuvo su participación Joe Chappelle ,encargado de muchas escenas adicionales tras la desbandada de Yagher, aunque no fuera acreditado de manera oficial. El resultado es una sucesión de tiempos muertos que se acumulan en la parte central de la cinta, acabando con todo posible ritmo.

A estas alturas queda muy poco que aportar sobre la película, salvo que uno se disponga a caer en el insulto gratuito. Después de todo es difícil no sentir algo parecido a un verdadero enfado cuando se ha visto un concepto novedoso de terror, una aportación genuina al género, convertirse en una burda copia de todos los manierismos presentes en las peores franquicias al uso, viaje al futuro incluido.

Conclusiones

Presentación del libro Hellraiser Chronicles en 1992, el segundo por la derecha es Peter Atkins

Presentación del libro Hellraiser Chronicles en 1992, el segundo por la derecha es Peter Atkins

Con Hellraiser IV: Bloodline la saga finalizó. No así la franquicia, que continuaría con diferentes cintas que continuaron canibalizando el universo creado por Barker, a menudo basándose en guiones previos en los que se incluía alguna aparición aislada de Pinhead. Obras bastardas, por lo tanto, que no continuaban lo perpetrado por Atkins.

La única de esas continuaciones que merece la pena reseñar sería la quinta continuación, Hellraiser: Inferno. Sin ser una gran cinta, puede considerarse que estamos ante la segunda mejor película de la serie. Su director era posiblemente el más dotado técnicamente de todos los que han pasado por la franquicia, un primerizo Scott Derrickson antes de que le permitieran realizar la efectiva El exorcismo de Emily Rose, el remake de Ultimátum a la Tierra o la reciente Sinister. El resto de las entregas no dejan de ser intentos vacuos de explotar el nombre de la franquicia.

Poster de la última entrega de la saga hasta ahora

Poster de la última entrega de la saga hasta ahora

En 2010, temiendo perder los derechos, Dimension Films se lanzó a la aventura de producir una nueva cinta en un tiempo récord. Hellraiser: Revelations se rodó en apenas 3 semanas y acabó con los rumores que nos hablaban de un posible remake auspiciado por el propio Clive Barker. El divorcio entre la productora y el equipo original llegó al punto en que por primera vez Doug Bradley se negó a interpretar a Pinhead.

Tal vez este haya sido el último clavo en el ataúd de una franquicia que con demasiada frecuencia se empeñó en tratar de hundirse a si misma. Sin olvidar en ningún momento los logros y el interés de la Hellraiser original, al final nos queda un mal sabor de boca, inevitable cuando pudimos estar ante una de las creaciones más interesantes del cine de terror contemporáneo pero nos tuvimos que conformar con un ejemplo de lo que pasa cuando los intereses económicos se unen con un responsable que no duda en traicionar la esencia de la obra original, la que permitió la existencia de toda la franquicia.

En este sentido, curiosamente, se podría llegar a encontrar un cierto paralelismo entre la figura de Peter Atkins, en relación a la obra de Clive Barker, y la de August Derleth, con respecto a la de H. P. Lovecraft. En ambos casos un segundo autor, de mucha menor calidad que el original, se erige en una suerte de albacea y continuador oficial del trabajo de su antecesor. También coinciden en la banalización de la obra original, que se va produciendo gradualmente gracias a la presencia del heredero, una traición al original que permite popularizarlo. Y es que las grandes obras del terror suelen resultar, por su propia naturaleza, inquietantes y ajenas a nuestra experiencia habitual, necesitando a menudo que autores posteriores las diluyan y adecúen a una narración más convencional.

La gran diferencia es que, mientras Derleth tuvo que esperar a la muerte de Lovecraft para inmiscuirse en la concepción de los Mitos, Peter Atkins realizó su trabajo de demolición del universo de Barker bajo los aparentes auspicios del mismo autor. ¿Nos engañó Clive Barker con su primera entrega y en realidad ya concebía entonces Hellraiser como las aventuras de Pinhead? Seguramente no lo sepamos nunca, pero es mejor creer que no, que el mundo construido tras la primera película le resultaba tan ajeno en lo esencial como parece. Sea verdad o no.

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Un pensamiento en “Hellraiser I a IV: una idea y su destrucción

  1. ¡Hola Ismael! Muy buen artículo: yo ahora estoy leyendo los “Libros de Sangre” y solo quería comentar que, a diferencia de Lovecraft y Derleth, Barker se ha ocupado él mismo de pervertir o dar la espalda a su concepto original, con narraciones que se alejan de la genialidad malsana de sus comienzos y repetidos intentos por alterar su imagen como escritor de terror. En eso me recuerda a Conan Doyle, que se esforzó denodadamente por ser recordado por su dedicación a la novela histórica, pero que siempre quedará como el padre de Sherlock Holmes.

    A ver si nos vemos pronto.

    Un abrazo.

    Miguel Carrera

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