Pablo García Guerrero

Albert Camus: Nuestros hermanos de España

Camus3Es conocida la fuerte vinculación de Albert Camus con España: su madre, Catherine Sintès, era hija de emigrantes menorquines en Argelia, adonde miles de españoles habían huido a lo largo del siglo XIX escapando del hambre y la miseria; tras el fallecimiento de su padre en la primera guerra mundial, el joven Albert pasa a vivir con su familia materna, madre, abuela, tíos y tías, escenas de las que dejará un amargo recuerdo en su inconcluso y póstumo El primer hombre. Al entorno familiar se unía la abundante presencia de españoles residentes en Argel, compañeros algunos de pupitre en la escuela o en los partidos de fútbol a los que era tan aficionado, hijos de tenderos, peluqueros y emigrantes pobres, como lo era su familia.

Su compromiso político lo acerca nuevamente a España en las horas trágicas, primero, de la Revolución del 34 en Asturias (a la que consagrará la pieza teatral Révolte dans les Asturies, en 1936) y, luego, de la guerra civil y el triunfo de la dictadura franquista (otra obra teatral, Estado de sitio, de 1948, está ambientada en un Cádiz bajo el poder totalitario de un dictador).

Desde las páginas del diario clandestino Combat (por el que también pasaron Sartre o Malraux) escribe Camus entre 1944 y 1945 nueve artículos dedicados íntegramente a la situación española, en donde denuncia el injusto trato que se da a los resistentes españoles que combatieron en la liberación de Francia (perseguidos y entregados algunos, como Companys, al régimen franquista), destaca la responsabilidad de Occidente en la suerte del pueblo español de caer bajo la dictadura y apela a la necesidad de recuperar la legitimidad democrática de la República.

Estos artículos, junto a otros textos dedicados a la guerra civil o al exilio, aparecieron por primera vez en español en el libro ¡España libre!, recopilado y traducido por Juan M. Molina y publicado en México en 1966 por Editores Mexicanos Unidos, recuperado luego, en 1978, por la gijonesa Ediciones Júcar, con el mismo título. El primero de esos artículos de Combat (el editorial del 7 de septiembre de 1944) es el que elegimos reproducir aquí, en nueva traducción, a partir de la edición de Albert Camus: À Combat. Éditoriaux et articles, 1944-1947, París: Gallimard, 2002, pp. 184-186 (colección Folio Essais).

 

De izquierda a derecha, Albert Camus, Jacques Baumel, André Malraux y Albert Olivier en las oficinas de "Combat" en 1944

De izquierda a derecha, Albert Camus, Jacques Baumel, André Malraux y Albert Ollivier en las oficinas de Combat en 1944

Nuestros hermanos de España

Esta guerra europea que comenzó en España, hace ocho años, no podrá terminarse sin España. La Península ya se está moviendo. Se anuncia una remodelación ministerial en Lisboa. Y, de nuevo, se hace oír en las ondas la voz de los republicanos españoles. Quizá sea el momento de volvernos hacia ese pueblo sin igual, tan grande de corazón como de orgullo, que nunca ha desmerecido a los ojos del mundo desde la hora desesperada de su derrota.

Porque es el pueblo español el que fue elegido al inicio de esta guerra para dar a Europa el ejemplo de las virtudes que debían haberla salvado. Pero, a decir verdad, somos nosotros y nuestros aliados los que lo habíamos elegido para ello.

Por eso, muchos de nosotros, desde 1938, siempre hemos pensado en ese fraternal país con una secreta vergüenza. Y sentíamos vergüenza dos veces. Primero, porque lo dejamos morir solo. Y luego, cuando nuestros hermanos, vencidos por las mismas armas que habían de aplastarnos, vinieron hacia nosotros, les pusimos gendarmes para mantenerlos a distancia. Aquellos que llamábamos entonces nuestros gobernantes inventaron nombres para ese abandono. Lo llamaron, según el día, no intervención o realismo político. ¿Qué importancia podía tener, ante términos tan imperiosos, el pobre concepto de honor?

Pero ese pueblo, que halla de forma tan natural el lenguaje de la grandeza, recién despertado de seis años de silencio, en la miseria y en la opresión, se dirige a nosotros para liberarnos de nuestra vergüenza. Como si hubiera entendido que a partir de ahora es él quien debe tendernos la mano, se nos presenta entero en su generosidad, sin pena alguna de hallar lo que ha de decirse.

Ayer, en la radio de Londres, sus representantes dijeron que el pueblo francés y el pueblo español tenían en común los mismos sufrimientos, que los republicanos franceses habían sido golpeados por los falangistas españoles, como lo habían sido los republicanos españoles por los fascistas franceses, y que, unidos en el mismo dolor, los dos países debían estar juntos mañana en la alegría de la libertad.

¿Quién de entre nosotros puede permanecer impasible? ¿Y cómo no decir aquí, tan alto como sea posible, que no debemos repetir los mismos errores y que tenemos que reconocer a nuestros hermanos y liberarlos también a ellos? España ya ha pagado el precio de la libertad. Nadie puede dudar de que ese pueblo feroz está dispuesto a comenzar de nuevo. Pero son los aliados quienes deben ahorrarle esa sangre de la que es tan pródigo y de la que Europa debería mostrarse tan avara, dándole a nuestros camaradas españoles la República por la que tanto pelearon.

Ese pueblo tiene derecho a la palabra. Basta con que se la demos un minuto para que, con una sola voz, grite su desprecio al régimen franquista y su pasión por la libertad. Si el honor, la fidelidad, si la desgracia y la nobleza de un gran pueblo son las razones de nuestra lucha, reconozcamos que esa lucha supera nuestras fronteras y que nunca saldrá victoriosa en nuestra tierra mientras se vea aplastada en la dolorosa España.

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