Víctor Guillot

Víctor Alperi. Elegía

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En la hoguera cultísima de esta colegiata, ante este presidente, maestro de los mercados y las ferias, bajo el gran testimonio de un anciano y sabio poeta y una escritora de luz y misterio, quiero decir que sólo la cultura, ese saber del hombre sobre el hombre, puede salvar el mundo, y aún salvarnos de la barbarie. No venimos aquí a llorar a nadie, sino a celebrar a un hombre, merced al Ateneo Jovellanos. Cuando hoy la democracia se llena de puñales y de analfabetos, como un cuento de Borges o un romance villano, el Ateneo Jovellanos, con tardanza de pueblo, elige y discrimina, distingue y certifica; no reivindica piedras, milagros ni dineros, sino que abre caminos, determina sus nombres y su casona grande es la Casa del Hombre.

Hace seis años escribí en un modesto libro que había escritores a los que nada les había sido regalado, hombres que nunca fueron consentidos ni estuvieron dispuestos a ello y cuya literatura había germinado desde la más amarga y exquisita soledad, soledad de la que se  ha erigido todo un palacio dorado donde cada habitación es una vida, una historia y un libro. Así he visto yo la obra de Víctor Alperi, como un palacio que el tiempo iba deshabitando lentamente, apagándose el volumen de la vida, el ruido de la calle, mientras se hacía más vibrante la sonata de otoño prolongada que culminaba hace un par de semanas con un emotivo silencio.

El otro día, en La Nueva España, expliqué que al conocer su muerte no supe muy bien a qué palabra aferrarme para dar una definición del viejo escritor. En los últimos dos años había perdido el ánimo de escribir definitivamente, se había convertido a ojos del lector en un reloj que se ha quedado sin cuerda. La primera imagen que me vino a la memoria entonces fue el día que me dijo que ya no escribiría nunca más. Lo decía con lágrimas en los ojos, como si viviera una derrota, como si me hablara un hombre devastado o si todo lo que había hecho hasta entonces no hubiera servido para nada. No era así, por supuesto, por mucho que Víctor pastorease unas cuantas enfermedades que le habían arrastrado a una extraña sensación de desvalimiento, de fragilidad absoluta, como si en algún momento del día temiera romperse como una delicada figura de porcelana invisible a los ojos de nadie.

Precisamente hoy se cumple el centenario del nacimiento de Albert Camus. A los pocos días de su fallecimiento le preguntaron a William Faulkner sobre su vida y sobre su obra. El viejo maestro respondió lo siguiente: «Se dirá que él era muy joven, que no tuvo el tiempo suficiente de lograrlo. Pero la cuestión no es cuánto tiempo, ni cuánta cantidad, sino qué. Porque una vez que la puerta se cerró para él, ya había escrito en este lado de ella lo que todo artista que lleva consigo desea escribir a través de la vida, la premonición y el odio a la muerte: yo estuve ahí. Quizás él supo, en aquel momento relampagueante que lo había logrado. ¿Qué más podía haber hecho?»

Después de escribir aquel obituario sentimental, alcancé a descubrir en las palabras de Faulkner lo que había significado la obra de Víctor Alperi. Puede que en los últimos años las puertas de la gloria se hubieran cerrado para él, pero Víctor ya se había llevado consigo a través de la intuición y el amor a la belleza lo que todo poeta desea escribir. Los que lo conocimos siempre supimos que había logrado hace mucho tiempo aquel momento relampagueante en el que los dioses nos miran después de haber acariciado la belleza. Ahí están sus primeros libros, los más importantes para mí. También me pregunto qué más podía haber hecho Víctor Alperi.

Fue el fulgor de Baudelaire, el estilo de Proust y el oficio de Cesar González Ruano los que convirtieron a Víctor Alperi en un escritor. A Víctor lo hemos observado todos como un novelista pero esa época de escritor premiado, de buen novelista “con calidad de página”, había terminado mucho antes de que nos hubiéramos conocido, al comienzo del nuevo siglo. Para ese día, Víctor ya se había asentado como un magnífico prosista que se dejaba mecer por la lentitud de las palabras grabadas intermitentemente sobre el papel con su vieja máquina de escribir. No sé si Alperi había perdido destreza o simplemente tenacidad y paciencia como para escribir una novela en sus últimos años, pero mantenía incólume su estilo francés, absolutamente proustien, de frase larga y lirismo contenido, de raíz juanramoniana. Esta prosa, esencialmente lírica, de un lirismo puro, hermanado con Juan Mollá,  no pretende otra cosa que encontrar un claro de luz entra tanta oscuridad, un rastro de belleza.  En ocasiones nos habla del escritor retirado, en otras es un sencillo apunte de dietario o una leve reflexión para unas futuras y siempre aplazadas memorias. Quizá por esa razón, porque Víctor se consideraba a sí mismo un poeta en prosa, y así le he contemplado yo a lo largo de mi vida, su obra no sólo se fue reduciendo en títulos sino también en páginas, aunque muchas conservan la misma densidad del oro.

El carácter es el destino. Quizá sea necesario escupir un par de disparos al aire y decir que mereció mejor gloria, después de tantas palabras, después de tantos artículos, después de tantos libros. Pero quiso el destino o su carácter que no fuera nombrado hijo adoptivo, ni gozara de la consideración de la mayoría de los escritores de esta región, bien porque el tiempo lo fue apartando de la pomada o porque él mismo se fue apartando, lentamente, silenciosamente, hasta convertirse en un solitario y viejo olivo, atrincherado en un inmerecido anonimato que hoy destruimos.

Efectivamente, Alperi escribía pequeños libros en KRK. Algunos consideraban que nacían para la mera subsistencia, ignorando el valor real del testimonio de un escritor que seguía vivo, que no había abandonado los galones de escritor que sólo tienen valor cuando los concede otro escritor. No comprendieron que el rojo emblema del valor nunca se pierde. Hubo un momento relampagueante de la literatura asturiana, de los novelistas asturianos, 1960 circam,  en la que seis escritores cabalgaron a lomos de la mejor prosa española. Víctor Alperi venía a ser el más mondaine de los prosistas asturianos de la década de los sesenta, junto a Luis Fernández Roces, Héctor Vázquez Azpiri, Luciano Castañón, Dolores Medio y José Antonio Mases. Cada uno de ellos ha tenido una vida literaria azarosa, pero en cualquier caso, de una calidad que, desgraciadamente, no ha sido realmente valorada como se merece fuera de Asturias. En una entrevista a otro de mis maestros, José Luís Argüelles, Víctor anunciaba apesadumbrado que escribir en Asturias era no salir del pozo. En una época donde los jóvenes escritores, y no tan jóvenes, se empeñan en publicar a costa de lo que sea, a costa de quien sea, les vendría muy bien contagiarse de la morosidad con la que estos otros han pergeñado su obra literaria, tan dosificada, tan racionada, tan sumamente reflexionada, que difícilmente admite una valoración negativa. Sus palabras siguen siendo luminosas, sus ideas feroces.

Víctor amaba la literatura por encima de todas las cosas, a veces, incluso por encima de las personas. La literatura como una pasión sin límites sobre la que se construye toda una vida, un propósito que la literatura del siglo XXI trataría de insólito cuando no de ridículo, pero que en el pasado siglo era toda una hazaña.

Comparar la literatura del pasado siglo con esta nos invita a realizar una reflexión sobre la belleza y la política. Probablemente mi siglo, este joven y convulso siglo XXI, ha exiliado la belleza de su soberanía y la ha sustituido por una visión grotesca y ventajista, vigilada por la censura y el interés particular de cada político; curiosamente cuando los griegos tomaron las armas por Helena, estaban tomando las armas por la belleza.  El pensamiento griego se ha resguardado siempre en la idea de límite. No ha llevado nada hasta el final, porque no ha negado nada: ni a los dioses, ni a la Razón. Lo ha repartido todo, equilibrando la sombra con la luz. Por el contrario, nuestra Europa, lanzada a la conquista del mercado, al imperio de la totalidad desde absurdos nacionalismos y kafkianos teoremas económicos, esta Europa, ya digo, hija de la desmesura, no conoce la piedad, da la espalda al hombre y su mirada es siempre fría. Mi siglo niega la belleza, la muerte de la idea, la conjugación de la rosa, del mismo modo que niega todo lo que no exalta y sólo exalta una idea: el imperio de la mediocridad, el desahucio del alma, un desahucio que la vida cotidiana sólo demuestra haberse convertido en locura. En esa locura, nos hace retroceder hasta convertir lo que antes era un sueño, en una ciudad pasto de las llamas del absurdo y de la pesadilla. Los griegos lo sabían: todos cuantos traspasan el límite de la belleza y de la razón, reciben su despiadado castigo de los dioses.

Desde hace dos años, a Victor no le interesaba la vida local. Le repugnaba. Probablemente cuanto más viejos nos hacemos, más claro se divisa el horizonte de la antigua Grecia. A la luz de la prensa local, de los disparates políticos de esta ciudad, Víctor solía decir, con extremada educación que era indecoroso proclamarse como hijos de Grecia. A menos que seamos hijos renegados. Los proyectos políticos localistas que sitúan la historia en el trono de Dios, nos empujan violentamente hacia un nuevo régimen autoritario tal como hacían aquellos a quienes los griegos llamaban bárbaros y combatieron a muerte en las aguas de Salamina.

Víctor no se predicaba habitualmente en términos políticos, pero tenía una enorme conciencia social impregnada por la fe y la esperanza. Tanto el espíritu histórico del político como el espíritu del artista quieren rehacer el mundo. Pero el artista, obligado por su naturaleza, conoce sus límites, cosa que el espíritu histórico desconoce. Por eso el fin de este es la tiranía, mientras que la pasión del artista es la libertad. Victor escribió para la libertad. Todos los que luchan hoy por la libertad, combaten en último término por la belleza, del mismo modo que los griegos combatieron por Helena.

No voy a defender la belleza por sí misma porque si algo me enseño Víctor es que la belleza no puede prescindir del hombre y no daremos a nuestro tiempo su grandeza y su serenidad más que siguiéndolo en su desdicha. Nunca más volveremos a ser solitarios. Al menos, tan solitarios como lo fue últimamente Víctor Alperi.

A pesar de que mi amigo ayudó a muchos escritores, jóvenes como yo, y no tan jóvenes que vivían ahogados por las penurias económicas, Víctor no encontró la complicidad y la camaradería entre ellos.  Sin embargo, como dije antes, su obra nos enseña que el hombre no puede prescindir de la belleza, y eso es lo que nuestro tiempo y nuestra ciudad aparenta querer ignorar. Se tensa para alcanzar el absoluto y el imperio, cesa a cualquiera, margina por doquier, insulta y menosprecia, crea desconfianza, nos invita a ser gregarios, cercena el futuro cobrándose impíamente la revancha. De otro modo, quiere transfigurar el mundo antes de haberlo agotado, ordenarlo antes de haberlo comprendido. Digan lo que digan, nuestro tiempo y nuestra ciudad deserta de este mundo.

Y ahora hablaré de mí. Víctor fue un buen amigo, una voz, un profesor de energía que estaba ahí para dar consejos, para animarme en los momentos más difíciles de mi vida, para la risa y para el llano. Víctor me brindó la oportunidad de conocer a un escritor en estado puro. Ha sido una constante en la vida de la calle, en los cafés derrumbados, en mortuorias exposiciones, entrando siempre entre las sombras como un Papa urgente, dejando rastros de poesía y amistad entre los mugrientos mentideros, iluminando con sus manos -manos de cónsul- a las gentes de media tarde, buscando la hora más alta, poniendo el sol en las agujas de un reloj viejo, intemporal, y dando el pan de la poesía a los perros como yo que dicen de vez en cuando versos

La ignorancia reconocida, el rechazo del fanatismo, los límites del mundo y del hombre, el rostro amado, la belleza en fin, tal es el terreno en el que se movía Víctor Alperi que se volverá a reunir con los griegos. En cierta manera, el sentido de la historia de mañana no es aquel que uno se imagina, pues se alza con la lucha entre la creación y la inquisición. Pese al precio que hayan de pagar los artistas por sus manos vacías, se puede esperar su victoria. La guerra de Troya se libra lejos de los campos de batalla. Seguro que Víctor estará de acuerdo conmigo en este último clamor de esperanza: también esta vez los terribles muros de la ciudad moderna caerán para entregar, “alma serena como la calma de los mares”, la belleza de Helena.

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