Alberto Urrutia

Hilario Camacho. Esa agradable melancolía

Alberto Urrutia son toneladas de músico, de compositor, de crítico taurino y de tantas otras cosas. Algo más que un observador impagable de los años de La Movida que, finalmente, ha decidido dar rienda suelta a sus recuerdos. NEVILLE tiene el orgullo de publicar lo que él llama Las memorias de un Urrutia, por donde transitarán los protagonistas de La Transición, los ochenta, la caida y desahucio de los noventa, en definitiva, el todoMadrid más popero y rockanrollero de los últimos treinta años. Escritores, pintores, fotógrafos, poetas, músicos y algún torero, el devenir político de un país, sus tradiciones, sus revoluciones, sus grandezas y miserias. Alberto es un magnífico testigo y cronista, hombre de buen dejo, ebrio de ternura, afecto y melancolía, buen escudero de la ironía, maestro de la esgrima periodística que bebe de las fuentes de la literatura sin separarse de los ruidos  y los sones de la calle. Por eso, nada mejor para celebrarle que leyendo sus memorias.

HILARIO TOCANDO

Llegaba a casa eufórico. Tenía motivo para no lavarme la mano derecha en muchos meses: había estado comiendo con Antoñete y con Aute, dos de mis ídolos, cada uno en lo suyo y no quería que se me pasara la sensación del fuerte apretón de manos con que me despedía de ambos. El encuentro había tenido lugar en el transcurso de una tertulia taurina radiada que se celebraba diariamente  en un hotel próximo a la Plaza de toros de Las Ventas, durante la Feria de San Isidro, al final  de la cual se emitían unos versos que yo había grabado previamente en el estudio de la emisora de radio, comentando la corrida del día anterior y avanzando, también en ripios, el cartel de la del siguiente. Una de las labores artísticas más bonitas que he hecho en mi vida. Demasiado bonita para durar. Pero eso es harina de otro costal. Estoy hablando del año 1996.

Pero mis sobresaltos no habían acabado ahí. Ese día iba  hacer eso que llaman un “hat -trick”. Daba ya por completado  con creces mi cupo de satisfacción  cuando, al entrar en el portal de Goya 114 y darle al botón del ascensor veo que un hombre de  mediana edad, bajo, de pelo cano, vestimenta informal y gafas estaba abriendo el buzón de la correspondencia. Me quedé  de piedra. No; no podía ser. Sí, sí iba a ser…
-Perdona: tú eres Hilario Camacho
-¿Me conoces? Sí, soy yo, sí.
-¡Cómo no voy a conocerte! ¿Tú sabes la de veces que han sonado tus canciones  en el patio de esta casa? Lo que habré tocado y  cantado yo a pleno pulmón Cuerpo de hola o Los Cuatro luceros
-Ah pues mira, un motivo más para que mi nueva casa me resulta agradable. Nos hemos mudado mi novia y yo aquí  hace unos días…
-Joer, yo soy hermano de Jaime Urrutia el de Gabinete Caligari. Esta es la casa familiar, aquí nacimos todos. -Hombre están muy bien los Gabinete, aunque yo pertenezco a otra generación…
-Me vas a contar a mí de qué generación eres.  En casa hay desde hace años dos elepés tuyos y me los sé de memoria. Ya te digo que yo toco y canto con frecuencia canciones tuyas a la guitarra.

No  acababa de creérmelo. Sobre todo, que viniera a vivir a la misma casa en que yo lo hacía una persona cuyas canciones había tocado solo, o en compañía de mi amigo Emilio, cientos de veces y que, ya digo, habían  resonado una y otra vez en el patio de luces del edificio que, sobre todo a la hora del anochecer en primavera, se hacía entrañable, evocador y casi mágico. Con lo grande que es Madrid, tenía que ocurrir la coincidencia de que acabara siendo vecino mío alguien que  había tenido tal protagonismo en mi escenario vital, el cual a partir de entonces, compartiríamos, además,  aun durante algún tiempo.

No es que pretendiera ser a partir de ese momento amigo suyo, o que subiera a su casa a charlar de nada. Sencillamente, coincidíamos de vez en cuando en el ascensor y nos echábamos un pequeño palique: cómo le va a tu hermano, voy a grabar dentro de poco, y cosas así. Recuerdo que un día le comenté la cuasi obsesión que yo tenía por un precioso tema instrumental suyo titulado Verónica y la dificultad que me presentaba el interpretar a la guitarra determinado pasaje de la misma. Me dijo que para que me saliera bien lo que debía de hacer era precisamente lo contrario: no obsesionarme. Ese mismo día volví a tocarla. No me salió mal del todo. Escuché un claro aplauso a través de la ventana abierta  procedente del  piso en el que él vivía.

HILARIO 6Era muy bueno Hilario. Conectó perfectamente con las últimas tendencias musicales de aquellos tiempos, Crosby, Still, y Nash y cosas así, y a ellas le incorporó raíces españolas, fundamentalmente, a través de textos  de excelentes poetas y letristas. Combinaba perfectamente lo acústico con lo eléctrico, haciendo de su voz, de timbre cálido y bien templado, el fiel de la balanza que equilibraba ambos ingredientes. Musicalidad a  raudales, buen gusto y creatividad. Así compuso temas inolvidables como Cuerpo de Hola – uno de mis himnos de siempre -, Los cuatro Luceros o Adolescente, canción que “revisito” ahora continuamente. También llegó a conocer el éxito mayoritario con aquel Tristeza de amor que sirvió de sintonía a la serie de televisión española que protagonizaron Alfredo Landa y Concha Cuetos, y, como curiosidad, cabe desvelar  que fue autor de aquél Soy un gnomoooo que dio carácter durante una larga temporada a las sobremesas de los sábados de la infancia y adolescencia de una generación. Trabajó con mucha gente y fue respetado y apreciado en la profesión, pero,  como la mayoría de las veces ocurre, no acabó de obtener el éxito que, tal vez, creía merecer y que otros compañeros sí lograron en aquella coyuntura histórica del inicio  de la Transición.

Algún año después, recién instalado en el estudio en el que actualmente vivo, me lo encontré una tarde en la Puerta del Sol. Nos saludamos y entramos a tomarnos unas cervezas en la cervecería esa que aboca la calle del Arenal, en la que también hay muchas maquinitas de juego. Nos tiramos la tarde, esta vez sí, charlando de lo divino y de lo humano. Se mostró ilusionado por algunos proyectos profesionales, una vez resignado a que eso de la Movida les hubiera sobrepasado y pillado desprevenido  a él y a otros. También le recuerdo manifestarse desencantado de su relación sentimental.

Pero lo que más me llamó la atención es  que me contara que lo que más ilusión le hacía es que la gente  hubiera follado escuchando sus canciones:
-Si yo te contara, en un piso que nos dejaba un amigo en el barrio de la Prosperidad, mis primeros escarceos amorosos oyendo en un radiocasete una y otra vez tu Adolescente:  «Se ocultan en ti, se ocultan en ti, anémonas y  lunas se ocultan en ti…» Se le alegraron los ojillos.

Conservo con mucho cariño la tira de papel en la que me escribió su dirección de correo electrónico escrita de su puño y letra.  Me dijo que a través de ese medio, aun bastante novedoso, avisaba a sus amigos y conocidos de sus actuaciones.

Poco después recibí un “e-mail” suyo comunicándome la celebración de una de ellas en la sala Galileo, todo un clásico del circuito madrileño. Allí que me fui a escucharle desde la barra del fondo de la sala. Cantó él solo, únicamente acompañado por su guitarra acústica. No recuerdo que fuera un gran concierto, no sé, faltaba algo que impedía que acabara de conectar del todo con  la gente, pecaba de frialdad… Recuerdo que, durante toda su actuación, y tal vez imbuido de su musicalidad,  no dejaba de pensar que Hilario habría sido feliz siendo cantor de coro en  una catedral durante  el Renacimiento. Disparates que se le viene a uno a la mente  con escasa explicación.
Me enteré, cómo no, de su muerte, pero no sé si también quise enterarme que ésta había sido voluntaria. Hace un año, charlando de él con un amigo gran admirador suyo se me acabó de caer la venda de los ojos.

«Tristeza de amor, un juego cruel…»

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