Alberto Urrutia

Capítulo 2: Cabeza de ajo

Transistor Sanyo

Ya desde los primeros años de nuestra existencia la música fue para mí y también para mis hermanos un reducto de libertad, la única parcela de nuestra vida en la que nadie podía -ni tampoco tenía el menor interés en ello, esa es la verdad- meter las narices, el gran escape de todo y para todo, un asidero, un salvavidas. Puede que cumpla esa misma función para los cientos de millones de personas que en el mundo se deleitan escuchándola, pero ¡Dios!, en un ambiente tan opresivo por tantas razones como la España de los años sesenta, para un niño al uso esta necesidad de encerrarse en el mundo de la música era, si cabe, doble.

Tuvimos que escuchar ya mucha música procedente de aquella vetusta radio Marconi en la que mi abuela oía también un sainetillo costumbrita titulado El Eluogio y la Remedios. Debió de ser ese aparato el primer nutriente musical del que nos servimos. No sé cómo, si no, yo, teniendo alrededor de cuatro años, pude conocer y aprender “Yo tengo uno ojos negros” de Nat King Cole para que mi madre me sacara a las “visitas” – entonces a las casas venían “visitas” – para que se la cantara. Nuestra tía María, hermana de mi madre, quien también vivía con nosotros en el domicilio familiar debió de tener también bastante que ver en ello. Su transistor Sanyo representó una pequeña revolución de la vida cotidiana en nuestra casa.

Y es que la aparición de los aparatos de radio de transistores supuso la descentralización y la posibilidad de individualización de la escucha y disfrute de la música. Ya no te tenías que reunir en el comedor o en el salón con toda la familia para escuchar lo que querían escuchar “los mayores” . Un transistor te lo podías llevar a cualquier sitio sin mayor complicación. A nosotros, sobre todo, nos gustaba meternos con él en la cama por la noche, provistos del correspondiente “orejófono”, que era como llamábamos al auricular monoaural que te permitía escuchar la radio sin molestar a nadie durante largas horas, y tener así la posibilidad de oír música y otros programas generales de radio como Ustedes son formidables o CS y Buen viaje. Recién introducido en casa el mencionado aparato, nos podíamos pasar el día persiguiendo a nuestra tía por toda la casa buscando el momento en que ella dejara de escucharlo para poder disfrutar, al menos de un rato de esa ansiada escucha individualizada. Lo clásico en todas las familias numerosas: “ Venga que ya tú llevas mucho rato… Te esperas, que me toca a mí…”.

Yo con  9 años.

Yo con 9 años.

Cómo objeto estético me fascinaba aquel transistor Sanyo. Parecía que la recia funda de cuero escondía y protegía el bellísimo tesoro interior, que para mí lo era sin duda, el receptor propiamente dicho. Sentía particular placer en despojar el aparato de la mencionada funda y observar su diseño rectangular en plástico de calidad, con el pequeño panel enrejado blanco del altavoz y, más arriba, el dial, como de azabache negro con letras blancas sobre un precioso fondo rojo y las dos ruedecitas laterales, una para buscar emisoras y la otra para el ajuste del volumen. Me entusiasmaba también el cartuchito de cuero adjunto a la correa larga que contenía al mencionado “orejófono”. Creo que el transistor aquel me gustaba sobre todo porque era un objeto moderno, atractivamente moderno, rompedor y en clara contraposición a lo vetusto que, comparativamente, resultaba todo el mobiliario que nos rodeaba, la mayoría de él procedente de las casas que nuestros abuelos maternos habían poseído en Granada y Málaga.

Pero como realmente entró la música en casa fue por la televisión, con el primer aparato que adquirimos, creo que en 1962, a la vez que también lo adquirían de manera paulatina miles de familias españolas. Era realmente impresionante eso de ver de nuevas a los artistas actuando en tu propia casa. Aunque a veces, como me ocurre con muchos recuerdos de infancia, tenga dudas  de que realmente hayan existido. Conservo un recuerdo embelesado de un programa de variedades llamado Noche de Estrellas, que anteriormente había tenido menor entidad llamándose Amigos del lunes, primero y, luego, Amigos del martes. Sus creadores fueron Los vieneses, un grupo de artistas austriacos de variedades que recalaron en España en los años cuarenta y tuvieron gran éxito en Madrid y Barcelona con sus operetas vienesas, y de quienes echaron mano luego en la incipiente televisión española para hacer los primeros programas de variedades que se hicieron con cierta entidad y ambición suficiente. Resultó que el director artístico del grupo, Arthur Kaps, se reveló también como un excelente realizador de televisión. No podré olvidar jamás la ensoñación que me producía la entradilla del programa: «Noche, noche de estrellaaass», mientras en la pantalla se veía, efectivamente una noche estrellada en la que, finalmente, irrumpían unos fuegos artificiales. Ni rastro de esta sintonía en Youtube. Qué pena. Lo mismo una noche te enamorabas de Gigliola Cinqueti cantando Non no l´etá, reciente triunfadora del festival de San Remo, que otra te asombraba Johny Holliyday y Silvie Vartan, un tanto procaces para aquellos tiempos, y todo salpicado con el humor de Franz Johan y Gustavo Re, los actores vieneses propiamente dichos, quienes hacían algunos esquetches llenos de gracia y finura. Uno de ellos, gracias a Dios, se puede ver en Youtube con tan solo teclear sus nombres. y viene además a demostrar claramente de dónde procedía el súper famoso Hola don Pepito de los payasos de la tele, casi un calco de la historia que cuentan y cantan estos estilizados y finos cómicos centroeuropeos rápidamente asimilados a la cultura catalana con su “Señor Pujades, – Señor Castells” (Respectivamente, Don Pepito y don José en la calcada versión de los payasos televisivos).

Fot agrandada

De izquierda a derecha junto con nuestros padres, los seis hermanos: Fernando, Gonzalo, Jaime (es el hermano pequeño), Julio, yo y Paloma.

Pero los que nos fascinaban de verdad eran los conjuntos musicales. La resonancia del fenómeno de los Beatles alcanzó hasta este apartado rincón del sur de Europa hasta entonces casi cerrado a cal y canto por un señor de voz aflautada que se los había merendado a todos; el desarrollismo era ya un fenómeno imparable que requería de un mínimo de liberalidad para hacerse viable. Nada más seductor que un grupo de chicos que se sentían libres juntándose para tocar y cantar sus propias canciones de ritmos básicos y melodías pegadizas, y dejarse el pelo largo como afirmación de la propia identidad generacional. Había surgido lo “Ye-yé”. Y a pesar de todos los pesares, también aquí en la piel de toro surgían casi diariamente grupos como setas. Unos se hicieron conocidos y comerciales, difundidos por la televisión: Los Mustang, los Sirex, los primeros Brincos. Otros lo intentaron, como Josetxo y los Sachos o los Marines. Mi buen amigo, ese excelente director de cine que es Juan Vicente Córdoba, posee probablemente la colección más importante de discos de conjuntos de música pop y rock españoles de la época. Si habla uno con él se entera realmente de la dimensión y la importancia musical y sociológica que tuvo ese fenómeno en la juventud española de aquellos años. Pero todo aquello ha quedado olvidado y sepultado por el paso del tiempo.

Y a todo esto, ¿qué hacían cinco hermanos varones –a nuestra hermana Paloma, la única chica, la que le encandilaba era la Hermana Sonrisas, que cantaba aquello de “Dominique, nique nique, padre alegre y bonachón” y las películas de Marisol– después de ver a Los Sirex cantando La escoba, El tren o Maldigo mi destino, con su cantante, el gran Leslie, en plena forma dejándonos a todos boquiabiertos y balbucientes por su exhibición musical y vocal televisada? Pues muy fácil: ir rápidamente a la cocina, distribuirnos los papeles – “Yo me pido ser el batería; yo quiero ser el cantante, yo el guitarrista… yo el gafas de la guitarra esa que es más larga” (por el bajo) – y proveernos de los correspondientes instrumentos: las guitarras eran sendos cepillos de barrer; la batería, tres barreños, uno grande y dos pequeños, puestos boca abajo… El micrófono de pié, una escoba y el órgano, el filo de la mesa de la cocina imaginando que era un teclado. Gonzalo, el mayor de nosotros, era el siempre el cantante, que para eso era eso: el mayor, y tomaba las iniciativas que le venían en gana. (Pienso relatar en otra entrega de este serial referida al tocadiscos de qué curiosísimo modo fue su intervención decisiva en nuestra formación musical) y los demás, a apañarnos como podíamos. Los pequeños, conminados, cómo no a tocar el palo de los cepillos como si fueran auténticas ender Stratocaster. ¿El repertorio? Berrear a pleno pulmón, del mejor modo que hubiéramos podido memorizar, los éxitos del grupo del momento. Empezábamos: Si yo tuviera una escobaaa, – que la teníamos entre las manos de verdad- y a lo mejor le añadíamos una variación personalizada: “Jorobaaa”. Pero no acabábamos de quedarnos satisfechos “versioneando” temas. Fuimos más allá, y también de la creatividad de Gonzalo salió nuestro primer y único gran “Hit” que tocamos una y mil veces: Cabeza de ajo. Ríase usted de Camino Soria o de La culpa fue del cha cha chá. Eso era un temazo y lo demás, “triloriros”: «Tu tienes cabeza de ajo, ajo, ajo; Tu tienes cabeza de ajo, ajo de verdad». Lo cierto es que la canción consistía en ese solo estribillo cantado y aporreado con acompañamiento de barreños una y cien veces, cada vez con más entusiasmo. Hasta que hacía acto de aparición mamá: “¡Que se me acaba de quejar don Fermín por el patio, que dejéis de berrear que no aguanta más!”. Cierto o falso – que a veces era falso- el efecto que causaba en nosotros la persuasión de la queja del vecino era fulminante, y allí que comenzaba la procesión de “urrutias” enfilando el pasillo en total silencio tras haber dejado en su lugar los utensilios de los que nos habíamos valido para tocar en nuestro conjunto.

Pero vive Dios que nadie me habría podido convencer a mí tras una de aquellas sesiones de que yo no había sido el verdadero guitarra rítmica de los Mustang, tocando y cantando el Yellow submarine de los Beatles en la versión al castellano que hicieron: «Amarillo el submarino eees».

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