Paula Corroto

Mario Muchnik (editor): «Barral decía que su peor error fue inventar a Balcells»

Un salón inmenso en una vivienda en plena Castellana, en el lado norte, muy cerca de plaza de Castilla, es lo primero que se observa al cruzar el umbral de la puerta de la casa del editor Mario Muchnik (Buenos Aires, 1931). Las vistas a esa línea medular de Madrid son preciosas. Después los ojos otean una enorme cantidad de libros y los cuadros pintados por su mujer, Nicole Muchnik, con la que lleva más de cincuenta años conviviendo. Ésa es la trinchera madrileña desde la que Muchnik (que trabajó para Seix Barral, para el Grupo Anaya y que, finalmente, creó su propio sello independiente, Del Taller de Mario Muchnik) ha escrito su quinto libro autobiográfico, Ajuste de cuentos (El Aleph). En él recorre su vida más personal y narra sus años en la escuela, su conocimiento del amor, sus primeros pasos en la profesión después de abandonar su carrera de físico, sus relaciones –buenas y malas– con los tótems de la edición de los años setenta, ochenta y noventa, como Joan Seix, Carmen Balcells o José Manuel Lara, sus éxitos y sus fracasos. Todo ello bajo el interrogante de conocer cuál fue su línea de sombra, la cual, según Joseph Conrad, delimita nuestra juventud y nos hace entrar en la vida adulta. Una pregunta a la que no hay respuesta fácil, como concluye en esta entrevista, en la que resalta que la industria editorial ya vivía en una burbuja de dinero y codicia mucho antes de que se pinchara la inmobiliaria.

Fotos cedidas por Mario Muchnik de su archivo personal.

Mario foto DDD - TIFF

-«Lo más irritante de escribir memorias es lo difícil que resulta no mentir», escribe usted al final de este libro. ¿Se ha mentido mucho en esta autobiografía?

-Me he mentido un poco, sí. Los diálogos están inventados, pero eso yo lo tomo como una toma de posición acerca de cuál iba a ser mi punto de vista para escribir esto. Luego está lo de mentirse a sí mismo, porque uno no se ve nunca tan malo como uno es. Tú ya te las sabes todas, porque la pregunta que me haces viene cargada de profundidad. Y sí, me he mentido algunas veces deliberadamente y otras veces me di cuenta cuando lo releí. Y pensé, ¿pero por qué escribí esto? ¿Con quién quería quedar bien?

-Con uno mismo, probablemente.

-Exacto. Con uno mismo.

-Pero el hecho de escribir sobre uno mismo ¿es un acto de valentía o de vanidad? Usted ha escrito ya cinco libros autobiográficos.

-Ahí entran dos cosas. Por un lado, es verdad, entra la vanidad. Yo soy vanidoso, arrogante, tengo una serie de defectos de los que hablo en el libro. Pero te confieso que no me siento escritor. El hecho de las fotografías [que aparecen en el libro] es una especie de muleta para caminar torpemente como el torpe escritor que soy. Me ayudan a esconder mis defectos como escritor. A mí me falta la imaginación creativa, no sé urdir una trama. Por eso, ¿de dónde salen todas esas páginas impresas? De la vida de uno mismo. En cuanto a la valentía, lo encuentro menos difícil. A los sesenta años me hice mayor y desde ese momento pensé en que ya iba a dar nombres y apellidos. ¿Por qué iba a ocultar que un tipo me hizo tal trastada? Esas cosas forman parte de mi manera de escribir, porque yo no tengo la capacidad de inventiva, lo cual tampoco es que sea un signo de calidad del escritor. La falta de eso en mi escritura es un signo de que no estoy escribiendo sino que estoy croniqueando.

-Y en esa crónica, ¿qué es lo que más le ha costado escribir? ¿Lo que más pudor le ha dado?

-(Resopla.) Es difícil decirlo, porque siendo autobiográfico se mezcla lo que me ha costado decir y lo que me ha costado vivir. Uno ya no sabe bien si lo que fue duro fue el momento vital o escribir sobre ese momento vital. La gente juzgará. Los escritores siempre me dicen que piensan en algún personaje que está leyendo ese libro y escriben para esa persona. Para una autobiografía no sé si es igual, pero, en mi caso, mis libros están escritos para mis nietos. En eso estuve muy influenciado por Elías Canetti, que dice que lo único que tenemos es la cadena del recuerdo y que hay que cultivarla. Yo eso es lo que he intentado, pero no pretendo haberlo logrado.

Foto Canetti y Muchnik

Estocolmo, 1981. Elías Canetti conversa con Mario Muchnik

-Me daba la sensación leyendo el libro, y además usted lo dice, de que su vida ha sido feliz, aunque persiste la espinita del caso de Joan Seix [el director que le despidió de la editorial Seix Barral en 1990].

-Sí, claro… Yo siempre digo que debo de ser el editor más despedido de Europa. He tenido gente que no me quiso bien, gente que empezamos queriéndonos bien y después, por razones que para cada uno de los dos son clarísimas… Yo no puedo revelar secretos que no revele él, porque sería una intrusión mía en la vida de otra persona que por más que yo deteste no le voy a echar cosas feas encima. Lo que sí puedo decir es que siempre me dio la impresión de ser una persona muy débil, que se refugió en un momento determinado en el dinero y el poder, que a él le tentaba y a mí no, y entonces se deshizo de mí. Y no sé qué te puedo decir. Yo seguí trabajando y editando muchos libros desde que él me despidió y él, que yo sepa, no ha editado nada desde que yo me fui. En fin, fue una cosa muy triste porque yo perdí una editorial que tenía 16 años de vida y todos los libros que había hecho… Yo he vivido cosas muy tristes, pero me he repuesto.

-¿Cómo se sobrevive a los fracasos?

-No se sobrevive. Quienes sobreviven son los fracasos. Lo que hay que hacer es no perder el sentido del humor y tratar de no perderlo. Me he dado cuenta de que el tener razón es muy secundario. Lo que cuenta es el “amaos los unos a los otros”. Si uno puede conciliar la propia vida, los desengaños y los fracasos con esta especie de dictamen del cristianismo, que engancha perfectamente con el judaísmo, uno se da cuenta de que es bueno. ¿Por qué uno ha de tener razón? A lo mejor los otros también la tienen. Y comprender eso ayuda a vivir a los unos y a los otros. El tener razón sólo ayuda a vivir al ego de alguien. A la edad que tengo me he dado cuenta de que es más importante estar en buenos términos con la gente. Conozco pocos colegas editores que hayan estado de acuerdo con Carmen Balcells o José Manuel Lara, pero yo siempre he estado bien. El único que no me interesa es Seix.

-Al principio del libro señala las razones por las cuales no ha vuelto a Argentina. Habla de los presidentes corruptos de los últimos años, pero ¿qué razones tiene para quedarse en España con la situación actual? Corrupción tenemos a puñados.

-La Argentina está bastante peor que España. El problema español es de cultura. Hay muchos españoles que han tenido una educación muy deficiente. Los cuarenta años del franquismo no es que perdieran a las generaciones que eran alumnos, sino que perdieron a los profesores. Yo he hablado con profesores que no sabían quién era Julio Cortázar. Es como si un profesor en Argentina no supiera quién es Lope de Vega. La fase en la que está España es de transición y no sabemos en qué va a redundar. En la Argentina no se sabe qué va a venir después de Cristina [Kirchner]. Ella no ha garantizado su sucesión, no a dedo, pero la formación de gente dentro de un partido que estaría capacitada para dirigir un país es lo que tiene que hacer un dirigente político. Es parte de su tarea. Y en Argentina no se ha hecho. Si Cristina vuelve al poder, uno no tiene más que esperar que, aunque sea a lo rápido, forje un equipo, pero ahora no lo hay. Son todos unos infames.

Foto Cortazar y Muchnik 1

Molino del Salado, 1983. Nicole, Mario Muchnik y Julio Cortázar

-Pero, ¿por qué España está mejor?

-Porque aquí la línea de mando existe. [María Dolores de] Cospedal es tonta, Soraya Saénz de Santamaría es menos. Pero uno tiene la tendencia a pensar que podría haber una sucesión. Y dentro de todo el presidente de las cámaras no está mal del todo. Que el Partido Popular ha tenido una sucesión de tesoreros ladrones, sí, pero lo peor que ha hecho este Gobierno es que no ha puesto barreras a los corruptos y entonces se reproducen como los microbios. Pero comparemos la situación entre España y Argentina con la huelga de basuras. En Buenos Aires también la hubo y los taxis no te querían llevar por determinados barrios del centro porque tenían miedo. Y allí teníamos que saltar la basura. No te imaginas lo que era eso. Recuerdo que llegamos a la calle Libertad y pudimos tomar un taxi, y de repente en  la avenida Córdoba pegó un frenazo porque otro coche salió de la transversal chirriando las ruedas. Y el taxista dijo: “Esto es la mafia”. Ésta es una de las cosas por las que no quiero volver a Argentina. Te encuentras de pronto con la mafia, que mata a alguien y sale corriendo. Y la otra cosa es la falsificación de dinero. Tú vas a cambiar dinero y te dan billetes falsos. A [su mujer] Nicole le pasó.

-Le preguntaba por la degeneración política: ¿cree que también hay una degeneración editorial? ¿Cómo ve usted ahora a la industria en España?

-La palabra degeneración es un problema serio. Yo creo que habría que empezar por los premios literarios, que están amañados, por los jefes de fabricación de los libros, conjurados con las imprentas, facturas falsas… Pero eso existe desde hace bastante tiempo. Las cosas se echaron a perder en la edición cuando llegaron los anticipos muy altos. Eso fue ya en los setenta. Yo estaba en el Grupo Anaya, que era muy pudiente y fuerte. Había un vicepresidente editorial que era Juanjo Losada, una persona muy decente, que tenía un salario anual de 60 millones de pesetas. El jefe de producción de Anaya ganaba 47 millones al año. Cuando el bueno de Germán [Sánchez Rupérez, dueño de Anaya] echó a toda esta gente a la calle, estaba echando a gente que llevaba con él muchos años. Y Germán me dijo: “Ganaban demasiado para lo que hacían”. A mí nunca me pagó más de doce millones de pesetas al año. Era el editor menos pagado de la casa. Todos ganaban más de catorce millones.

-La industria cayó en la codicia.

-Ésa es la palabra. No agregues. Tanta codicia que echaron a editores y pusieron en su lugar a contables, porque el contable hace un trabajo más visible que el editor. El contable hace las cuentas, el balance, las desgravaciones a Hacienda, la administración de ventas y compras, cosas vitales para el funcionamiento. Pero ahí falta algo.

-¿Por qué había tanto dinero?

-Carlos Barral solía decir: “Mi peor error fue inventar a Carmen Balcells”. Yo siempre me llevé bien con ella. Nicole no, se peleó mucho con ella porque era la directora de contratación. Y como no puede con su genio, no se andaba con chiquitas y hacía rabiar a Carmen Balcells. A partir de los años setenta algo olía mal en el reino de Dinamarca. Y cuando hay tanto dinero que circula y un contable ve pasar tanto dinero… Los agentes literarios fueron los primeros en ser conscientes de ello. El fenómeno de los derechos de autor se convirtió en una forma de corruptela. Yo me acuerdo de una feria de Fráncfort, cuando yo dirigía Seix Barral, y los agentes de John Le Carré pasaron por el stand de la editorial para decir que tenían su nueva novela y que la tenían reservada porque Carmen Balcells había dicho que ya la tenía cerrada con el señor Muchnik. Cuando yo llegué a mi habitación del hotel, me encontré con un ramo de flores, con un lote de frutas exóticas maravillosas, una caja de puros que no se encontraba fácilmente y con una tarjeta que decía: “The corruption department de la Balcells para Mario”. Yo bajé, me la encontré y le dije: “La respuesta es sí”. Eso fue en 1982. Y la cosa fue a peor, a mucho peor.

-¿Y cuándo se acabó la fiesta?

-La fiesta se acabó cuando se editó tanto que no se podía vender. Era más lo que se mandaba a la guillotina que lo que se podía vender.

-Fue una borrachera de éxito.

-Sí, pero tampoco era divertido. No tenía nada de divertido. Era una cosa que yo vivía como una fatalidad. Tener que trabajar en función de sumas astronómicas y competencia. En los años noventa en Fráncfort ya sólo se hablaba de comprar derechos. Uno decía: “Pagué por La inteligencia de las ballenas 100.000 dólares y con unos derechos del 15 %”. Y otro decía: “Yo te gané, compré La inteligencia de los delfines por 150.000″.

-¿La crisis está poniendo a la industria en su lugar?

-No, porque se ha creado un mercado nuevo que no es literario, sino que es electrónico. En Estados Unidos el libro electrónico ya ha llegado al 20 % de la facturación y eso es mucho. Y si le quitas el 20 % del precio de un libro, le estás quitando el beneficio del año. Y la librería no puede aplicar el 20 % en los descuentos. Se queda sin beneficio y tiene que cerrar. Por ejemplo, ya no quedan librerías en la avenida del Doctor Fleming. Por aquí sólo tenemos la librería de El Corte Inglés.

Maria teresa Leon Alberti y Muchnick

Niza, 1971. María Teresa León, Rafael Alberti y Mario Muchnik revisan las correcciones del Cándido de Voltaire

-¿Y no le gusta?

-¡Me encanta! Yo lo paso bien en esos supermercados del libro. Pero tengo una anécdota. Una vez pedí las cartas de Julio Cortázar y la señorita que me atendió me preguntó: “¿Qué es, novela o ensayo?”. Y yo le dije: “Son cartas”. Y ella: “Ya, pero tengo que poner algo en el ordenador para que lo busque”. En fin, me fui sin las cartas y la chica se quedó con el saber adicional de que a las cartas se las puede llamar ensayo.

-Sé que no le gusta nada el libro electrónico, pero ¿no es otro formato como lo fue en su día el libro de bolsillo? Al fin y al cabo lo importante es el contenido.

-Sí, si lo que pasa es eso. Yo sería incapaz de leer en un libro electrónico, pero cuando veo a los chiquitos que van a la escuela cargados con una mochila que pesa más que ellos me viene una tristeza terrible y pienso: ¿no estaría mejor si llevara una tableta? Pero son los editores los que no quieren poner los libros de texto en formato electrónico porque ahí hay un tráfico de influencias… Es un negociazo. El Grupo Anaya vive de eso, no de la literatura. Así que para todo lo que sea libro de consulta como son los libros de texto de los chiquitos, qué mejor que el libro electrónico, donde las páginas no pesan. Sería el sistema ideal.

-De todas maneras, ante este problema de superproducción de libros del que usted habla quizá la tecnología pueda solucionarlo. 

-Hay muchos inventos electrónicos que son muy positivos, como las máquinas para hacer las tiradas que tú quieras. Ésas son cosas que habría que ensayar más. Pero muy pocos se sirven de ella. Yo la vi funcionar en Fráncfort por primera vez en los años ochenta. Era una máquina enorme que estaba en el stand alemán. La técnica no tiene nada malo, pero mal utilizada tiene todo de malo.

-Por cierto, ¿qué le gustaría editar ahora?

-Cuando empecé me hicieron esa pregunta y respondí: “No lo sé”. A mí me gusta editar lo que me da la gana. Me dejo seducir por los libros que me gustan. Se da la circunstancia de que algunos han sido buenos libros, pero también he editado malos libros. Llevo años sin editar, pero he coeditado clásicos rusos. Mi canto del cisne será Guerra y paz.

-¿No le interesan los jóvenes autores?

-No (risas). Groucho Marx decía: “La obra no me gustó, pero he de decir que la vi en condiciones adversas porque el telón estaba alzado” (risas).  Eso es genial. Me gustaría editar una nueva edición de David Copperfield, porque está muy mal traducido.

pareja

Mario Muchnik y su esposa Nicole. Fotografía de David Douglas Duncan, 2010

-Por último, en esta obra, aparte de los libros, predomina el amor a su mujer, a sus hijos, a sus nietos, a su profesión. ¿Cómo se mantiene eso durante tanto tiempo?

-Yo no puedo pretender tener acceso privilegiado a las grandes verdades. Yo sé que hay una escuela de pensamiento, que era la de mi papá, que dice que el amor hay que cultivarlo todos los días y si no lo cultivas se echa a perder. Y luego está la otra escuela, con la que yo me siento más cercana que dice: “No lo sé”. Yo llevo 52 años con Nicole y seguimos enamorados el uno del otro, aunque hemos pasado periodos de discusiones tremendas. Yo pensaba incluso: “Esta vez nos separamos”. Y con mis hijos, la cantidad de veces que los he mandado a la mierda. Yo sé que es lo que me ha tocado y lo que inconscientemente he buscado. Supongo que, como todos, he tenido tentaciones que nunca se han concretado. Me vuelvo impotente cuando se trata de otras. Será que no hay elección. Yo no elegí a Nicole. Había una cosa en la que coincidíamos mi padre y yo cuando me separé de mi primera mujer. Él me dijo: “Tú ahora no tienes que aislarte. El amor está siempre a la vuelta de la esquina”. Y en eso yo creo. No me propuse vivir cincuenta años con la misma señora. Se dio así y se dio por la voluntad de ambos contra viento y marea. Yo fui un personaje doble, que es ese que tiene dos mitades, una que son los que viajan y siempre están añorando el hogar, y luego están los que tienen el hogar y siempre sueñan con países remotos. Esto lo tienen los que tienen el privilegio de meditar sobre su propia vida. Yo creo que eso me ha hecho escribir mucho sobre mi propia vida.

¿Y en esta meditación ha encontrado su línea de sombra?

-Sabes, yo creo que no.

-A lo mejor no existe y es una convención más.

-A lo mejor es una invención de Joseph Conrad. A lo mejor no existe o a lo mejor sí.

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2 pensamientos en “Mario Muchnik (editor): «Barral decía que su peor error fue inventar a Balcells»

  1. Querido Mario, Soy Franco Lombardo, he empezado a las 21 h. a leer tu libro de los cuentos ajustados y me ha gustado tanto que no he ido a dormir hasta terminarlo.
    Aquí te envío nuestro correo:
    anaestalella@totconsa.com
    Un abrazo para ti y para Nicole

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