Marcos García Guerrero/Víctor Guillot

FICX 51: sin pena ni gloria

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El 51.ª edición del Festival Internacional de Cine de Gijón ha significado la confirmación de Nacho Carballo y su equipo en la dirección del certamen. A diferencia de éste, no cometeremos el error de comparar el FICX con otros festivales ni con otros directores, pues su consolidación viene por la selección de películas y no por las fallidas pretensiones de demostrar quién la tiene más larga. En cualquier caso, esta realidad perseguida por Carballo desde que llegara al Festival por la puerta de atrás del Teatro Jovellanos no signfica que todo siga igual que antes. Y la estrategia le ha funcionado. En Gijón se han presentado películas avaladas por otros festivales internacionales, incluso algunos directores han repetido aquí, después de su experiencia con José Luis Cienfuegos. De alguna manera, Carballo da a entender que tiene el reconocimeinto de la profesión. Por si eso fuera poco, con la presencia de Jaime Chávarri, Fernando Trueba, Victoria Abril y otros cineastas en la gala de inauguración, aquel manifiesto que apoyó al director defenestrado quedó ya en el olvido. Ahora bien, si alguien pretende de este festival que continúe siendo una muestra de las miradas cinematográficas más arriesgadas del panorama internacional, pinchará en hueso. El lobo ya comienza a enseñar la patita. Aciertos como AnimaFICX o Géneros Mutantes se hicerion acompañar  de la presentación en la sección oficial de trabajos de un tono extremadamente convencional. De todos modos, que nadie se lleve a engaño, en la última edición de José Luis Cienfuegos esta tendencia ya se había puesto de manifiesto. ¿Alguien recuerda la ópera prima de Jonás Trueba, Todas las canciones hablan de ti? Pues eso.

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A Promise. De Patrice Leconte. Con Rebecca Hall, Alan Rickman, Richard Madden. Una historia de amor convencional con sello de autor. Una historia de amor vista y leída (de hecho adapta una novela corta de Stefan Zweig) mil veces. Un amor de otra época, rancio y frígido; un amor entre clases en un nuevo mundo; un amor imposible que se vuelve más difícil aún por el tiempo y la distancia. La película de Leconte se sustenta en una impecable factura y un poderoso trío interpretativo, pero, pese a lo bonito del envoltorio y lo emotivo del contenido, nunca llega a emocionar. Además, su mayor virtud es su principal defecto: la capacidad del director en transmitirnos el paso del tiempo, haciéndonos empatizar con el dilema de los protagonistas, pero provocándonos la desidia como espectadores. Hay un problema de base: Leconte le da el mismo protagonismo al inicio de la relación (en el original literario casi intrascendente) que al eje central de la historia, la promesa de amor de sus protagonistas. Y el resultado es un film excesivamente largo y al que, paradójicamente, parece sobrarle su segunda parte, la que se supone que justifica el conjunto.

FLOATING SKYSCRAPERS

Floating Skricapers. De Tomasz Wasilewski. En palabras de su director, la primera película gay de Polonia. Un Brokeback Mountain a la polaca, cambiando el Oeste americano por la fría urbe moderna. Su dilema es el mismo: el interrogante de la identidad sexual. Su desarrollo y giros argumentales, también. Una sensación de déjà vu que es entendible en el contexto de la ultracatólica Polonia, y que podría no ser un problema para otros espectadores dado el calado del debate emocional que plantea, si no fuese porque el drama de Wasilewski adolece de profundidad narrativa y peca de artificialidad en los diálogos, auspiciándolo todo al potencial de unas imágenes que, pese a su belleza e impacto, no consiguen conmovernos lo que debieran.

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La distancia más larga. De Claudia Pinto Emperador. Con Carmen Elías. Una historia de oposiciones y contrastes. Ciudad y naturaleza, infancia y madurez, vida y muerte. Lo salvaje puede estar en la ciudad y lo civilizado en la naturaleza; lo correcto puede encontrarse en la infancia y lo erróneo en la madurez; la oscuridad puede estar en la vida, y la luminosidad en la muerte. Claudia Pinto nos habla de distancias físicas y emocionales, de oposiciones y contrastes humanos que se acaban uniendo por el nexo del amor, de la vida y sobre todo, de la muerte. La distancia más larga está bien rodada y correctamente interpretada, pero se muestra ligeramente desequilibrada hasta que sus dos tramas centrales convergen a mitad del metraje. Y es entonces cuando, precisamente, se vuelve más convencional y previsible. Aun así, merece la pena recorrer la distancia que propone el viaje.

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Ida. De Pawel Pawlikovski. Aristóteles llamó anagnórisis a esos viajes hacia el pasado, esos oscuros itinerarios en los que uno va descubriendo su propia identidad y de los que nunca se sale indemne. Acabamos siendo otros. De eso va Ida, una joven y hermosa novicia que se aparta del convento para conocer la historia de su familia, una historia dura, fría y lacerante del estalinismo en Polonia contada a través de los ojos de esta inocente chica y también a través de los ojos su tía Wanda, antigua fiscal del Estado polaco en los años cincuenta, conocida como Wanda la Sanguinaria. Diez años más tarde, la sangre y todas la sentencias de muerte que ha dictado la han hecho irresistiblemente cínica, sarcática y altiva, una bella femme fatale que guiará a su sobrina por los callejones sombríos de su pasado. El director Pawel Pawlikosvki es un estilista, a lo Bergman, así que abundan los primeros planos de Person y los paisajes rotundos que parecen caer sobre los hombros de los personajes como una losa. El peso de la desolación es el peso de la nada. Pero Ida también puede ser la historia de un porvenir.

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Haunter. De Vicenzo Natali. Con Abigail Breslin. Lo cual que fuimos a ver una peli de fantasmas. Que yo venía con ganas de meterle miedo al cuerpo. La tarde había empezado bien con En solitaire, peli de aventuras en el mar, muy buena, y una de terror habría compensado las emociones heroicas vividas junto a François Cluzet. Pero la cosa se torció con Haunter, un quiero y no puedo de casa con fantasmas, de vivos que están muertos, de El resplandor sin ningún desasosiego, y del día de la marmota sin ninguna gracia. O sea, de género tan explotado que uno debe ser muy bueno para contar algo nuevo y tener al espectador atrapado en la butaca con alguna buena razón. No es el caso de Vicenzo Natali, que llega al festival de Gijón con una peli aburrida, reiterativa, sobrecargada de todo, para no llegar a nada. Eso sí, logra que Lisa, la prota, interpretada por Abigail Breslin, resulte desesperante. Para estar muerta es una tía coñazo que merece que le tapen la boca. O volver a matarla.

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En solitaire. De Christoph Offenstein. Con François Cluzet, Guillaume Canet, Sami Seghir, Virgine Efira, José Coronado. Hermosa, trepidante y cargada de emoción, como un relato de Stevenson, como un western de Ford o esas aventuras marinas del maestro Alexander Mackendrick, en En solitare lo importante no es sólo llegar el primero a la meta de la gran regata internacional. Hay algo más hermoso que ganar. Se trata de otro triunfo, el que se oculta en la propia derrota y que hace que este tipo de viajes o carreras tengan algún sentido. François Cluzet, al que ya pudimos disfrutar con el papel dramático de un tetrapléjico en Intocable, borda el papel de un viejo marino, sólo acompañado por un polizón y el viento que sopla en las velas, el mismo que tan pronto te abraza como te derriba, al que amas y necesitas tanto que te hiere si bajas la guardia.

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Les garçons et Guillaume à table! De Guillaume Galliene. La obra escrita y dirigida por Guillamue Galliene para los escenarios de la Comèdie Francaise logra finalmente su puesta en escena cinematográfica con todos los recursos y la grandilocuencia francesa de las producciones. Galliene admira tanto a su madre que se comporta como ella. Todo el mundo piensa, incluso él, que es gay. A lo largo de su paso a la vida adulta, pondrá a prueba su condición sexual para averiguar realmente qué le hace ser tan femenino, o mejor dicho, tan amanerado. Una película que usa y abusa de los tópicos para lograr la carcajada sin llegar en ningún momento a reírse de sí misma. Una película tramposa desde el comienzo y terriblemente conservadora hasta el final.

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Le passé. De Ashgard Farhadi. La vida es más compleja de lo que parece. Ese podría ser uno de los temás de Le passé, el último film del director iraní que cautivó al público y la crítica con la celebrada Una separación. En esta ocasión, Farhadi se adentra en las complejas relaciones de una pareja que no vive, precisamente, su mejor momento. Todo se complica cuando el marido de ella acude a Parçis para firmar el divorcio. Dura, honesta y eficaz, la película lleva a los personajes hasta las últimas consecuencias. Abstenerse aquellos que se acaban de separar.

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Un pensamiento en “FICX 51: sin pena ni gloria

  1. Los programadores deberían hacerselo mirar porque la seleccion oficial, obviando a la ganadora y alguna otra ha sido un desastre apoteosico, tanto de calidad como, intuyo de publico, en una de las proyeccion de tarde eramos 10 personas.

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