Alberto Urrutia

Capítulo 3: Gran Kan

Spanien, Schlacht um Guadalajara

Frente de Guadalajara, 1937. Se saldó con la victoria republicana

Así bautizó nuestro hermano mayor, Gonzalo, con la zumba que le caracteriza, a nuestro padre en un momento perdido de un día cualquiera de nuestra adolescencia. No sé, pudo ser a mediados de los setenta. Nos revolcamos todos de risa por el suelo. Había dado en el clavo de lleno: no había apelativo más idóneo para denominar al autor de nuestros días. Como no podía ser de otro modo, tan afortunado hallazgo perduró ya para siempre y así solíamos denominarlo entre los hermanos cuando nos referíamos  a él. Sin duda que era el Gran Kan, el gran emperador, alguien que estaba por encima de todo y de todos, sobre todo, a los ojos de nuestra madre, de quien era centro absoluto y prioritario de atención. Así lo teníamos asimilado y yo muchas veces pensé que, tal vez, más que padre, quiso sentirse un hermano privilegiado entre otros hermanos, como, probablemente, debió de sentirse también en su Bilbao natal en una familia también muy numerosa en la que predominaban varones. En realidad, el hogar de los Urrutia era un matriarcado, como es sabido que se estructuran las familias vascas, pero en este caso regido por una andaluza. Nuestro padre delegaba el poder en nuestra madre y él pocas veces salía a la palestra  a ejercer su rol paterno. Muchas veces, eso es lo que salimos ganando, pues no recuerdo por su parte severidad alguna:
Papá-2
-¡Niño, que llamo a tu padre!

-¡Como vayaaa! -se le oía decir abriendo la puerta de su cuarto de trabajo.

Pero yo no recuerdo que acabara de ir del todo.

No le debían quedar además ganas para muchas historias al hombre. Bromas nominales aparte, cuando pienso ahora en mi padre, Julio de Urrutia, creo que es un pedazo de la reciente historia de España en la que, queriendo y sin querer, se vio obligado a participar activamente. Nacido en el casco viejo de Bilbao a principios del siglo XX, fue educado en el catolicismo tradicionalista y, a diferencia de sus hermanos, que optaron por el nacionalismo vasco, él se hizo carlista y se sintió español. Salvo algunas expresiones aisladas, solía jactarse de no saber hablar vascuence, que le llamaban entonces, y decía que era una lengua de aldeanos. Así las cosas, las circunstancias políticas del momento le hicieron radicalizarse en sus creencias políticas y se convirtió en un activo propagador del tradicionalismo. Fueron estas circunstancias las que, probablemente, evitaron que acabara en el seminario, pues, antes que nada, profesaba una arraigadísima religiosidad.

Al estallar la guerra civil y viéndose comprometido por su filiación política, acabó escapando de Bilbao a la que llamaron zona nacional,  no sin antes haber hecho un detallado croquis de las defensas y fortificaciones de la capital vizcaína. Con esta valiosa información, llegó a presentarse en Salamanca, en donde hizo los cursos de alférez provisional, para, una vez habilitado como tal, marchar al frente de Guadalajara –“qué solos nos dejaron esos italianos cobardicas, dejaron las líneas desguarnecidas y por eso me atraparon”, le oí que se lamentaba en alguna ocasión–, donde, haciendo una patrulla nocturna a caballo, fue apresado por una avanzadilla republicana y trasladado a Madrid para ser interrogado. Allí  se supo todo: se encontró entre sus papeles la certificación de un alto oficial de que, efectivamente, había pasado información de grave importancia para la defensa de Bilbao. Suponía eso, como se puede comprender, su inmediato fusilamiento. Pero comenzó a brillar lo que él llamó en un libro posterior que escribió sobre su experiencia bélica “su buena estrella”: ya se había decido que formaba parte de la “saca” del camión que saldría de madrugada con rumbo a las tapias del cementerio, cuando se cruzó en un pasillo de manera casual y a la vez providencial con un amigo de un hermano suyo.

–Julio, ¿qué haces aquí…?

–¡Llama a Bilbao, que me fusilan!

Así lo hizo el amigo de su hermano. Afortunadamente, otro hermano suyo, nuestro tío Esteban, formaba parte del aparato del Gobierno vasco y no paró en aquella madrugada y jugando contra reloj hasta lograr de la más alta instancia del mismo que llamara a Madrid para comunicar su máximo interés en que al oficial de Bilbao que habían apresado en el frente de Guadalajara se le respetara la vida, como, finalmente, ocurrió. En lugar de ello fue llevado a un campo de trabajo en la friísima estepa aragonesa y, posteriormente, a la cárcel de San Miguel de los Reyes en Valencia, en donde conoció a los escasos supervivientes de la defensa del santuario de Santa María de la Cabeza, en Jaén, a partir de cuyo testimonio escribiría años después la historia de aquella sublevación de la Guardia Civil en documentado libro titulado El cerro de los héroes.

Pero vaya si tuvo buena estrella: tres veces escapó de sus confinamientos y tres veces fue apresado de nuevo. Mi buena estrellaConfesaba no explicarse cómo, tras ser atrapado en alguna de estas fugas, no le descerrajaron un tiro y lo dejaron ya para siempre tirado en una cuneta. Recientemente, Loquillo, quien posee una gran curiosidad intelectual, leyó este anecdotario de guerra de mi padre, que le pareció apasionante, y a puntito estuvo de publicarse de nuevo por su mediación. Según me contó, la quiebra de la editorial, otrora pujante, en la que se iba a reeditar lo impidió finalmente. Mi hermano Jaime aprovechó también este título de Mi buena estrella para nombrar una canción de Gabinete Caligari, en parte para compensarle del Amor de madre que había compuesto para la nuestra. Era un tema muy Bowie y el propio David Bowie estuvo muy cerquita de venir a interpretarlo con ellos en aquel gran concierto que dieron en la plaza de toros de Las Ventas, estando en la cumbre de su carrera, a finales de  los ochenta.

Al finalizar la guerra, necesitado el régimen de contar con una red de medios de información para  propagar su ideario, fue llamado mi padre a esta tarea, primero como director del Diario de León, y luego de Región de Oviedo. Fue viviendo en esta ciudad cuando, pasando unos días de descanso en Riaño, en la montaña de León, conoció a mi madre y a su familia, quienes iban allí a restablecerse de los padecimientos de la guerra. Así conoció a nuestro abuelo materno, Fernando Valenzuela, un aficionado empedernido a los toros, que había sido empresario de la plaza de toros de Málaga, quien le inició en el conocimiento del mundo de los toros, que fue el gran espectáculo con el que se divirtió y olvidó penas la España de la posguerra, con su figura señera: Manolete. Pero salió rebotado de Oviedo, pues andaba a la greña con los falangistas que controlaban la ciudad, un grupo ideológico al que nunca miró con buenos ojos. Finalmente se instaló en Madrid y recaló también en el Diario Madrid de Juan Pujol.

Al final y a pesar de todas la vicisitudes de la vida, le dio tiempo a reconstruirla y a vivir con normalidad algunas décadas, a casarse, si bien ya algo añoso, a tener seis hijos, y a dedicarse al periodismo financiero, político –fue cronista de las Cortes– y taurino, además de escribir algunos libros, fundamentalmente de este tema. En el mejor momento de su vida profesional se encontraba cuando, a principios de los setenta, el Gobierno decidió cerrar el Diario Madrid por causa de la línea ideológica que llevaba, que consideraba –y lo era– contraria al régimen. Siendo franquista a machamartillo como era, hizo de tripas corazón y fue el único de los antiguos profesionales del periódico que no dudó en denunciar aquello como una cacicada y en alinearse con la joven generación de periodistas –Miguel Ángel Aguilar, Jesús Picatoste– que se había hecho allí y que pretendía traer aires renovadores al país.

Mad -2

Gracias a la ayuda de algunos amigos logró llegar como pudo el hombre hasta la jubilación empleado por aquellos en gabinetes de prensa y  similares. Los primeros años de ésta debieron de ser los más gozosos de su vida. Se dedicó a hacer viajes históricos por toda España, guiados por un eminente catedrático de esta especialidad: Luis Morales Oliver. En uno de estos viajes por Soria y el alto Aragón se le ocurrió llevarnos a Jaime y a mí, quienes recuerdo que fuimos de una manera un tanto displicente. No nos pudo haber hecho mejor favor: volvimos embobados tras conocer la capital soriana. Recuerdo que desde entonces, en los ensayos de Gabinete, las veces en que acudía yo, no dejábamos de hablar de que había que hacerle un canción a Soria, que no había necesidad de ir al Machu Picchu ni hacer la Ruta del Sol esa del Perú para encontrar las “buenas vibraciones”, que entonces buscaban lo hippies en su viajes, cuando cerca de nosotros existían lugares maravillosos que las desprendían a mansalva y que ignorábamos.

Debió haber muerto tras una crisis cardiaca que le afectó, justo antes de la muerte de nuestra madre, y su vida habría resultado cumplida. Pero no fue así: un marcapasos que le insertaron le garantizó la existencia –que no la vida– durante varios años más. Justo lo que necesitaba un incipiente alzheimer para campar a sus anchas por su mente. Un horror que sobre todo nuestra hermana Paloma se encargó de mitigarle en lo posible con su dedicación y entrega a su persona.

Como vasco que era, el viejo no era muy explícito en sus sentimientos y esto tal vez nos confundió mucho a los hijos, en contraste con la gran afectuosidad que nos mostró siempre nuestra madre. Pero nos quería bien. Lo que ocurre es que me temo que todos los varones participamos de un fuerte componente edípico que nos hizo desdeñar en buena parte las directrices paternas. Tan sólo  nuestra hermana Paloma pareció responder después a sus expectativas. Le habría encantado de nosotros que hubiéramos compartido sus ideas y convertido en competentes profesionales y padres devotísimos de familias cristianas, pero no fue así. A mí concretamente me consideraba el continuador de su carrera periodística e hizo todo lo posible, ya antes de licenciarme, por enseñarme a su modo la profesión y situarme en varios medios de comunicación con muchas posibilidades de promoción profesional, pero yo salí tarifando al poco tiempo de ellos, dejándole además muy desairado ante las amistades que le habían hecho el favor. Entiendo que su intención era buena, pero confieso aquí que nunca fui capaz de sobrellevar esa carga que depositó en mí, y que me pesó muchas veces como una auténtica losa.

Lo siento, padre.

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