Jorge Alonso

Sherlock: anatomía del palimpsesto

Los protagonistas de la serie Sherlock, Benedict Cumberbatch y Martin Freeman

Ver, o leer, cómo detienen al asesino puede y suele provocar una sensación placentera, una suave marea de satisfacción. Saber cuáles son los pasos que se han dado hasta llegar a ese momento provoca algo más: plenitud, tranquilidad, sabiduría. No ha sido casualidad, no ha sido pura suerte, ha sido método. Ha sido ciencia, no opinión. Hay un placer estético en Sherlock Holmes, el de la buena narrativa y un ambiente, el victoriano, que ahora nos parece delicioso. Disfrutamos con el crepitar de la chimenea, el té y los coches de caballos, así como del páramo y la abrupta naturaleza que aún estaba agazapada a la puerta de las ciudades. Y a ese placer estético se suma otro que es, además, ético: el que nos produce ser testigos del triunfo de la ley y la razón. Sin brujería.

Necesitamos figuras que demuestren el poder de un razonamiento bien construido, la otra alternativa (escalofriante) incluye pasar el agua, cartas que hablan, fantoches televisivos que miran fijamente a cámara mientras planean el modo de timarte y una piara de listos sin escrúpulos dispuestos a sacar oro de entre los escombros de nuestro mundo en ruinas. Por eso, siquiera en la ficción, necesitamos agarrarnos de tanto en tanto a individuos que pueden ser demasiado arrogantes, soberbios, orgullosos, pedantes, pero son sobre todo necesarios.

Pero, como diría Woody Allen, introduzcamos un concepto en esta coyuntura. Palimpsesto. Ya sabe, la reutilización de un soporte para llevar a cabo otra obra. Entre los siglos VII y IX el pergamino escaseó en Europa y se incrementó el número de palimpsestos (en griego: “raspado de nuevo”): manuscritos realizados sobre un soporte usado anteriormente y borrado para una nueva utilización. En el caso de Guillermo de Baskerville, es decir, de El nombre de la rosa tenemos un ejemplo perfecto. Porque, paradójicamente, no hay una rosa, hay dos. Tenemos la exquisitamente millonaria novela de Umberto Eco, y la celebérrima adaptación al cine de Jean-Jacques Annaud. ¿He dicho adaptación? Error. La película se presenta a sí misma como “un palimpsesto de El nombre de la rosa”. Sobre el original de Eco, Annaud escribe una historia con algo menos de latín y filosofía pero con toda la intriga y excusa culta original para deleitarnos con una tragedia medieval. No caigamos en la tentación de abrir la caja de los tópicos y juzgar la película tomando como referencia la novela, porque (aunque esto mismo sea un topicazo) no es lo mismo. Ambas, la película y la novela, son a su vez una reescritura de dos personajes mundialmente conocidos: Sherlock Holmes y el doctor Watson, encarnados en Guillermo de Baskerville (Sean Connery en la película) y Adso (Christian Slater), un monje franciscano y su discípulo. Encontramos más rasgos comunes entre Holmes y Baskerville (evidente homenaje al original de Arthur Conan Doyle) que entre Watson, un hombre maduro curtido en el ejército, y Adso, un adolescente muy verde. Holmes era un hombre de ciencia, alguien entusiasmado con los avances propios de su tiempo. Guillermo está incluso a la vanguardia del suyo, y da muestras de un uso práctico de la cultura árabe, la óptica, las matemáticas, la herboristería, los fundamentos de la lógica… Y por supuesto ambos comparten un férreo talento deductivo.

Antes de volcarnos en la deducción y sus saludables efectos en nuestra salud mental, e incluso en nuestro día a día, hemos de hacer una obligada parada y fonda en la última y brillante reencarnación de Sherlock Holmes, la protagonizada por el hipnótico Benedict Cumberbatch y el prudente Martin Freeman (no es que queramos obviar las películas con Robert Downey Jr. y Jude Law, es que hay que adaptarse al medio).

La serie de la BBC, cuyo éxito hace confiar un poco más en nuestra especie, es más que un lustroso palimpsesto del original de Doyle, por mucho que amemos las películas protagonizadas por Basil Rathbone. Hay continuas referencias reconocibles según el grado de conocimiento. Por ejemplo, en el último capítulo de la segunda temporada, Las cataratas de Reichenback, se hace alusión, por medio de la pintura del mismo título que aparece al comienzo y tiene luego mucho peso en el desarrollo, a las cataratas suizas en las que el escritor inglés quiso matar a sus Holmes y Moriarty. Algo que no pudo hacer dado el aluvión (y tono amenazador) de las cartas dirigidas a la revista Strand en la que publicaba Conan Doyle. Este Holmes contemporáneo, del mismo modo que su trasunto House, mantiene una fría distancia con quienes se rigen por unos parámetros y capacidades “normales”, un detalle que evita el que usted y yo nos identifiquemos con ellos, y nos permite sentirnos en cierta medida aliviados al pensar que no somos tan brillantes pero podemos disfrutar de una vida plena. El que no se consuela es porque no quiere. Además, el propio Cumberbatch asegura tras rodar la serie que el superpoder de Holmes es “alcanzable”. Hombre, más fácil que ser el trepamuros es, desde luego.

Sean Connery y Christian Slater en El nombre de la rosa, de Jean-Jacques Annaud

Pero volvamos a la deducción, al vínculo que une y da sentido a Guillermo de Baskerville y Sherlock Holmes (en sus muchas variantes). Tenemos un ejemplo de aire infantil que atraviesa las tres adaptaciones más celebradas aquí, el original de Coyle y sus palimpsestos medieval y contemporáneo. En los tres encontramos en algún momento la famosa tinta invisible, ya sea agua con limón, ya sea aceite de melaza. Pero sobre todo en los tres encontramos el método deductivo, ya sea hacia delante o hacia atrás. Este último de especial interés cuando partimos de un hecho consumado, como por ejemplo un asesinato. Cuando Adso da muestra de orinarse encima, Guillermo le recomienda un lugar concreto para aliviarse. Adso, desconcertado, le pregunta cómo lo sabe si nunca ha estado allí, y Guillermo le explica que al llegar ha visto a un monje dirigirse al sitio en cuestión con la prisa que sólo las necesidades fisiológicas imprimen a nuestro torpe cuerpo. He aquí el alma de nuestro(s) protagonista(s).

Es la esencia vital de una ficción que luego vestimos con ropajes de detective victoriano aficionado al violín y la cocaína inyectada, monje franciscano en pleno debate teológico o frío y bello urbanita que lucha en el bando de los ángeles sin ser uno de ellos. Un alma racional dando vida a un personaje que cambia de cara, de siglo, de oficio, manteniendo su poso y nuestra admiración intactos. No son iguales, pero son lo mismo. ¿Cómo? Por la gracia del palimpsesto, querido Adso.

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