Paula Corroto

Erika Martínez: «Un buen poema es siempre a su manera contestatario»

Erika Martínez (Jaén, 1979) acaba de publicar El falso techo (Pre-Textos), uno de los poemarios más sugerentes y afilados de los últimos tiempos. Son versos en los que se reconoce a una generación que rozó con los dedos el falso esplendor de la burbuja inmobiliaria para poco después darse el gran batacazo. Ni esas becas de las que disfrutaron llevaban a nada ni iban a tener el futuro prometido. Martínez, cuya voz en los poemas es contundente, sin ambages ni florituras, realiza un recorrido que va desde lo colectivo hasta lo más personal. Porque ese fraude también afecta en lo más íntimo. De todo eso hablamos en esta entrevista donde se demuestra que la poesía sigue siendo ese arma cargada de futuro.

Foto Erika

El falso techo tiene un fuerte componente de desencanto, de frustración generacional. ¿Fue eso lo que impulsó este poemario?

-Pues es difícil saber lo que lo impulsó, no sé, los miedos, los deseos y las ideas forman un conglomerado difuso en el origen de un poema. Otra cosa son las coherencias que un libro va fraguando cuando comienzas a ordenar y a corregir sus versos, y que una alimenta de alguna manera. Diría que en El falso techo hay una constatación de la pérdida de todo aquello que una vez pensamos que nos protegía: el hogar, cierta forma de entender los vínculos humanos y el Estado social. La experiencia de esa pérdida tiene mucho de generacional, por supuesto. Hemos tenido que chocar contra un muro a trescientos por hora para aprender que nada nos protege. Ese desamparo, que es colectivo pero también sentimental y en definitiva humano, es lo que puede percibirse en los poemas. Se construye mejor a la intemperie.

-También se desprende ira e indignación, pero hay cierta resignación. ¿Dos años después del 15-M hay cansancio al ver que la situación no sólo no ha cambiado, sino que va a peor?

-La verdad es que hay gente resignada pero, sobre todo, muchas razones para no resignarse. Durante los dos últimos años hemos sido partícipes de un increíble aprendizaje, el de la posibilidad y alcance de las movilizaciones ciudadanas. Nunca antes habría imaginado que una plataforma como la PAH sería capaz de llegar tan lejos. Sus logros y otros ejemplos, como el de la reciente huelga de basura en Madrid, que ha impedido el despido de muchos trabajadores, son una prueba de que sirve moverse. Escribir también es moverse.

-¿Qué fuerza tiene la poesía para remover conciencias? ¿La sigue teniendo?

-La poesía está atravesada por el mundo e interviene en él como otros muchos discursos sociales. Yo diría que su fuerza es su capacidad de poner en juego esos discursos quebrando su carácter supuestamente natural y necesario. Creo en su poder de transformación y de discusión de las nuevas formas de la violencia, con las que no sólo se hacen leyes, sino también se fundan sujetos, cuerpos y memorias, pero siempre que esto se entienda a un nivel profundo. Un poema amoroso o paisajístico, un poema sobre la cadencia del universo, no tienen por qué ser menos transformadores que un poema sobre una huelga general. Un buen poema es siempre a su manera contestatario.

-¿La situación actual está provocando un mayor compromiso entre los poetas jóvenes? Por ejemplo, en el nuevo poemario de Elena Medel hay una fuerte reivindicación feminista que no se “leía” hace unos años.

-Igual me equivoco, pero no creo que pueda hablarse de un mayor compromiso en la poesía joven. Al menos si lo identificamos con una defensa de ciertas causas objetivables a nivel temático. De hecho, diría que los escritores hace tiempo que desconfían de la propia palabra compromiso, que se asocia con una postura más que con una acción, con la forma que tuvo cierta izquierda desfasada de entender superficialmente la política. Siento que hay un cansancio enorme del mesianismo, de la seguridad enunciativa y el dogmatismo curil. La poesía de hoy es política en tanto rebelde con la clausura de los sentidos y diría que, incluso cuando es más explícita en sus reivindicaciones, sus discursos han dejado de ser estables. Respecto al feminismo, quizá la diferencia sea no tanto su presencia en los poemarios (tal vez, sí, más naturalizada que en la generación anterior) como la forma en que muchísimas poetas jóvenes están publicando y ocupando espacios públicos donde antes eran minoría. Elena Medel es un gran ejemplo, como poeta y editora. También es interesante ver cómo las problemáticas de género están irrumpiendo con descaro en la poesía escrita por hombres.

aquetación 1-Por otro lado, en el libro se observa un viaje desde el contexto social al personal. ¿No se entiende el nosotros sin lo que afecta al yo? 

-Por supuesto, así es. Creo que El falso techo va de lo colectivo a lo individual y viceversa. Las tres partes del poemario se articulan, más que como una progresión, como una superposición de planos llena de intercambios. La primera parte se centra en las consecuencias siniestras que pueden llegar a tener en el espacio privado de la casa los silencios públicos, su violencia pasada y presente. La segunda, que transcurre toda en aviones y aeropuertos, y tiene algo de alegoría política, responde a una desconfianza hacia el pilotaje, hacia el horizonte que nos guía pero, sobre todo, hacia la lógica que va calando en los propios pasajeros. Y la tercera parte ahonda, finalmente, en la caída del techo más íntimo, el de las certidumbres poéticas y amorosas, hurgando en sus heridas y en sus grietas. La idea era iniciar la búsqueda de un lenguaje y de un discurso que pusiera en evidencia ideologías, en vez de denunciarlas. Un lenguaje que trabajara sobre las tensiones entre lo material y lo epifánico, que fuera ascendiendo techo a techo, pero construyendo una especie de antiascesis, yo qué sé, una vía de imperfección.

-¿Hay algo que distingue a los poetas nacidos en los ochenta (o casi) de las generaciones anteriores porque no hemos disfrutado tanto de la burbuja?

-Bueno, creo que el desmantelamiento del Estado social ha supuesto un fuerte deterioro de los tejidos institucionales de cultura, la reducción de las subvenciones editoriales para publicación y traducción, la práctica extinción de los programas de creación y lectura, y otras pérdidas que, por supuesto, han afectado más a los más jóvenes. ¿Qué estamos sacando de todo eso? Pues una lógica y muy saludable desinstitucionalización de la poesía y el surgimiento de magníficas editoriales independientes que trabajan mejor que nunca.

Protección oficial (El falso techo, Pre-Textos, 2013)

Me subvencionaron hasta hacer de mí
un producto ejemplar
de la socialdemocracia,
tuétano de infancia con monjas,
contestona sin decibelios,
curiosa, voluntarista,
mujer que asoma la cabeza,
soy un monstruo.

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