Bernardo García Pola

Supuesto de racionalidad. ¿Qué es? ¿Está justificado?

Uno de aspectos más criticados en economía y otras ciencias sociales en las que se tiene que modelizar el comportamiento humano es el supuesto clásico de que los humanos se comportan de forma racional. Pero, ¿están justificadas estas críticas? ¿Conocen exactamente su significado e implicaciones?

El pensador de Rodin

El supuesto de racionalidad

El supuesto de racionalidad asume que los individuos tienen un objetivo que quieren alcanzar. En el caso de las personas podría ser por ejemplo la felicidad o la utilidad, en el caso de una empresa los beneficios. Una vez conocido ese objetivo, el supuesto asume que se hacen elecciones óptimas que conllevarán a la maximización de su felicidad, o el objetivo que se tenga. Cabe prevenir un malentendido común: esto no quiere decir egoísmo. Una persona podría tener dentro de su “función de felicidad” ayudar a los demás, que es lo que le hace feliz, y dedicar así su vida al altruismo siendo totalmente racional.

Si estás tomando decisiones sencillas, alcanzar el objetivo no parece difícil. Si tienes que elegir para merendar naranjas o cerezas y  te gustan más las naranjas, serás racional si las eliges, porque es la elección que maximiza tu felicidad o tu satisfacción de apetito. Parece por tanto muy sencillo saber cuál es la decisión óptima y por tanto qué significa ser racional.

Ahora bien, si complicamos algo más las cosas, tomar decisiones racionales puede no ser tan simple. En concreto, si el resultado que vayas a obtener no solo depende de tu decisión, sino también de la decisión de otras personas. Y esta tesitura se da en cantidad de situaciones de la vida real; el mercado mismo no es más que un conjunto de agentes con motivaciones que llega a un equilibrio que depende de lo hecho por todos ellos.

Me llamo Iñigo Montoya, prepárate a decidir (racionalmente)

iñigo montoya

Un ejemplo de qué significa ser racional y donde el resultado depende además de las decisiones de los demás, lo encontramos en la película La princesa prometida (Rob Reiner, 1987), famosa cinta de aventuras basada en el libro homónimo de William Goldman, y que ha alcanzado la categoría de culto gracias a grandes momentos como ese inmortal: «Hola, me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.»

La escena que nos interesa es la batalla de ingenio. La bella Buttercup ha sido raptada por tres particulares personajes: un turco enorme llamado Fezzik, un excelente espadachín español llamado Iñigo Montoya, y un pequeño genio siciliano cuyo nombre es Vizzini. Estos tres secuestradores están siendo perseguidos por un misterioso hombre enmascarado del que se desconoce la identidad. Este caballero muestra una gran fuerza y habilidad al vencer al espadachín y al gigante en sendos duelos, y solo le separa de la princesa el inteligente Vizzini. Ambos acuerdan batirse en duelo a muerte en una batalla de ingenio por la princesa.

Este duelo consiste en lo siguiente: hay dos copas de vino y un veneno insípido e inodoro. El caballero enmascarado echará el veneno secretamente en una de las dos, y Vizzini tendrá que elegir de qué copa beber (la suya, o la opuesta), y por descarte, de cual debe beber su contrincante.

De esta manera, vemos que el resultado del duelo no depende solo de la decisión que Vizzini haga (qué copa escoger), sino también de la decisión del caballero enmascarado (echar el veneno en su propia copa o en la de su adversario). Estamos, por tanto, ante una de esas decisiones en las que no resulta tan fácil saber cuál es la actuación racional.

Vizzini, sin embargo, es un siciliano listo, y empieza a pensar: «Lo único que debo hacer es deducir por lo que sé de vos, si sois la clase de hombre que vertería el veneno en su copa o en la de su enemigo». Así, el siciliano acaba de definir en un momento qué significa decidir de forma racional en estos casos. Para saber de cuál debe beber, lo que hace es ponerse en el lugar del otro para averiguar qué es lo que éste ha hecho.  Una vez somos conscientes de lo que los otros hacen, podemos actuar en consecuencia con la mejor respuesta posible.

Suponiendo que el hombre enmascarado es también racional, veamos como funcionaría en este caso.

Vizinni comienza: «Un hombre listo vertería el veneno en su propia copa porque sabría que solo un idiota creería lo que parece lógico». Vizzini está poniéndose en el lugar del hombre enmascarado. Cree que ha pensado que sería bastante obvio y tonto echar el veneno en la copa del oponente al que quieres envenenar, ya que el que bebe va a desconfiar y no elegirá su propia copa. Por tanto, un hombre listo vertería el veneno en su propio vino para que su oponente haga la deducción previa, cambie las copas, y acabe finalmente envenenado.

Vizzini continúa: «Y yo, no soy un idiota, así que no elegiré el vino que tenéis frente a vos». Ahora que sabe lo que su oponente ha hecho, puede tomar una decisión, que será beber donde no ha puesto el veneno, es decir, su propia copa. Pero el pequeño sabio no se detiene ahí: «Pero podéis haber deducido que yo no soy un idiota y habríais contado con ello, por lo que no elegiré el vino que está frente a mí». Sigue poniéndose en el lugar del otro. El hombre enmascarado sabría que Vizinni es un hombre sabio, por lo que seguramente era consciente al verter el veneno de que Vizzini deduciría todo lo anterior. De esta forma debería colocar el veneno precisamente en la copa del siciliano, ya que es la que éste escogerá. Ahora bien, como Vizzini sabe este razonamiento que pudo haber hecho el hombre enmascarado, no beberá de su propio vino, sino del de su adversario.

Podemos continuar, pensando que el hombre enmascarado pudo haber sabido todo eso, por lo que habría puesto el veneno precisamente en su copa, debiendo escoger la contraria, y así infinitamente.

El supuesto de racionalidad, por tanto, incluye que tú y el otro sois racionales, pero además que sepas que el otro es racional, y que el otro sepa que sabes que él es racional, y que tú sepas que él sabe que tu sabes que él es racional, etc. Así, al ponerte en el lugar del otro, verás que él también se ha puesto en tu lugar para averiguar tu comportamiento, que sería precisamente ponerte en su lugar, y así infinitamente.

Piedra, papel y tijera

Veamos otro ejemplo. Si jugamos a piedra, papel o tijera, nuestro objetivo será ganar, pero el resultado no depende solo de la decisión que hagamos nosotros (sacar piedra, papel o tijera), sino también de la decisión de nuestro contrario. Necesitaríamos saber por tanto qué piensa el contrario.  Supón que estás jugando con un amigo al mejor de tres, y la primera vez ambos habéis sacado tijera. Lo más obvio sería pensar que si tu amigo no es muy listo la siguiente ronda sacará lo mismo, es decir, tijera, y por tanto tú deberías sacar piedra. Ahora bien, puedes pensar que quizás tu oponente no es más estúpido que tú y por tanto también podría haber llegado a ese mismo razonamiento, con lo que sacará piedra. Tú en consecuencia deberías sacar papel. Si vuelves a darte cuenta de que quizás tu amigo no sea más tonto que tú, volverás a repetir el razonamiento y concluirás que debes volver a sacar tijera. Esto se puede repetir hasta el infinito, pero tu objetivo siempre será saber correctamente lo que el otro está pensado para poder estar un paso por delante de él y reaccionar óptimamente, ganando así la partida y consiguiendo tu objetivo.

Solución por estrategias mixtas

Dando por sentado que se cumple el supuesto de racionalidad, ¿Cuál es la solución racional entonces? ¿Quedarse pensando infinitamente sin decidir?

Desde luego, sí que hay una solución estable. Una por estrategias mixtas. Es decir, no actuar de ninguna manera determinada, sacar piedra, papel o tijera o elegir la copa de vino al azar (y con la misma probabilidad en este caso). Esto tiene sentido. Si en un concurso de piedra, papel o tijera, viendo las antiguas jugadas de un participante en la competición se puede deducir algún patrón determinado de comportamiento, se podría sacar ventaja de ello y derrotarle. Lo mismo pasa con el vino. Pero si actúas al azar, aunque se pongan en tu lugar y sepan perfectamente cómo te vas a comportar, eso no les da absolutamente ninguna ventaja porque no pueden predecir tus acciones.

A Somali government soldier stops a car at a check point as civilians flee their homes after renewed fighting between government forces and Islamic rebel groups in the capital Mogadishu

Esto tiene numerosas aplicaciones practicas. por ejemplo, en cualquier tipo de control de seguridad, ya sea la revisión de coches en busca de explosivos que entran a una zona conflictiva o el registro exhaustivo de pasajeros en los aeropuertos, si no se disponen de medios para controlar todas las posibles vías de acceso al mismo tiempo o a todos los individuos, se pueden usar estrategias mixtas para disuadir a los que tengan malas intenciones. Si solo puedes controlar un cierto número de carreteras al mismo tiempo, o revisar a fondo tantos pasajeros por hora, ¿como deberíamos escoger los controles? Si de forma sistemática nos estableciéramos en una carretera o registráramos a un tipo de persona, nuestros controles serían franqueables ya que somos predecibles. Eso es precisamente lo que ocurre cuando los traficantes usan métodos específicos, como ocultar droga en mujeres, niños, u otros sujetos que saben que son menos sospechosos. Por tanto en muchas de esas situaciones se establecen controles aleatorios, para que los que quieran burlarlos no obtengan ninguna ventaja de conocer el sistema de controles, y sepan que siempre tienen posibilidades de ser interceptados.

Lo mismo ocurriría cuando hay un penalti en un partido de fútbol. Si el delantero tirase siempre al mismo lugar, sería muy facil para los porteros detener el balón, ya que saben donde lo va a tirar siempre. Es por ello que los delanteros siempre deberían buscar un factor de aleatoriedad a la hora de tirar sus penaltis, ya que les interesa ser impredecibles.

¿Se ajusta a la realidad?

Y bien, una vez entendido lo que quiere decir el supuesto cabría preguntarse si realmente nos comportamos así los humanos. Lo cierto es que no, en ocasiones nos comportamos irracionalmente. Pero este supuesto se toma, fundamentalmente porque se aproxima al comportamiento real. A pesar de que no hagamos todo este proceso en nuestra cabeza, sí que muchas veces nos acercamos bastante al resultado racional.

Esto ocurre especialmente cuando tomamos decisiones sencillas. Si nos dan a elegir entre 50 o 100 euros, no tendremos ningún problema en elegir la decisión racional para nosotros. Aunque el problema no sea sencillo, también nos acercamos a ser racionales en las decisiones importantes. Si estamos en el supermercado y tenemos que elegir entre una gran oferta de barras de pan, con sus diferentes tipos, tamaños y precios, seguramente no lleguemos al resultado racional ya que no nos pararemos mucho a pensar que barra nos haría más feliz proporcionalmente, simplemente elegimos una barra de pan que nos parezca bien de forma aproximada. Sin embargo si vamos a adquirir una casa, seguramente no tomemos esa decisión a la ligera, sino que nos llevará mucho mas tiempo y esfuerzo analizar qué preferimos, y esa decisión será muy cercana a la racional. De la misma forma a la hora de comprar una casa, un coche, o decidir que oficio queremos tener, es común consultarlo con varias personas, y eso es porque las decisiones conjuntas también se suelen acercar más a la racional.

Otra situación próxima es en las decisiones repetidas muchas veces. Aunque la primera vez que nos enfrentemos a una situación la solucionemos de forma mas rápida e intuitiva según hayamos entendido las condiciones, el hecho de repetirla una y otra vez nos hará poco a poco comportarnos de la forma racional. Esto ha sido probado con los alumnos online de la Universidad de Stanford donde se les propuso participar en un juego numérico llamado la versión estilizada del concurso de belleza de Keynes. En este se pudo comprobar como la primera vez que los más de 10.000 alumnos jugaron, muchos no eligieron la solución racional, pero conforme repetían el juego todos se iban aproximando poco a poco.

También ha sido observado en los 1417 penaltis de partidos FIFA analizados en Professionals Play Minimax (Review of Economic Studies; Ignacio Palacios-Huerta, 2003), donde se ve que los jugadores sí que aleatorizan de manera aproximada a como deberían hacer en el caso óptimo que predeciríamos por estrategias mixtas.

Arturo Vidal

A pesar de esto, no siempre nos comportamos de forma racional. Pero otra razón por la que se toma este supuesto es porque es fácil de tomar, ya que no es para nada sencillo modelizar el comportamiento humano, y sabemos cómo es un comportamiento racional. En cambio, intentar averiguar cómo es un comportamiento irracional es como intentar averiguar qué come un animal que no es un tigre. Simplemente, hay demasiados tipos de comportamiento irracional.

Sin embargo, sí que hay ciertos comportamientos que difieren del racional que se dan en el ser humano sistemáticamente, y que por lo tanto podrían ser incorporados. Uno de los que tiene mayores implicaciones políticas es el mantenimiento del status quo. De esta forma, si en la declaración de la renta tuviéramos una casilla que nos dejara decidir si donamos un dinero extra a la caridad o no, el resultado del total de las decisiones que tomen los ciudadanos será distinto dependiendo de cómo se haga la pregunta. Si se indica que al marcar la casilla se donará una parte extra a la caridad, el sentimiento de que se nos quitará parte de nuestro dinero para ello será más grande, y menos personas la marcarán. Sin embargo si en la casilla tenemos que marcar que no se le de una parte extra a la caridad, el sentimiento de estar quitándole recursos a la caridad para incorporarlos a los nuestros prevalecerá, y menos personas decidirán no donar marcando la casilla. El resultado económico sin embargo, es el mismo en ambos casos.

Sea como fuere, el supuesto de racionalidad es realmente valioso y no solo porque los resultados que nos arroja son una buena aproximación en la mayoría de los casos, sino que además, como dijo el premiado con un Nobel Roger Bruce Myerson, tiene ventajas que no pueden tener las alternativas. Nos da una solución única, se obtendrá la misma de una forma comprobable y repetible, analice quien lo analice. Es además fácil de obtener y trabajar, ya que implica una maximización de una objetivo lo cual tiene un contexto matemático sencillo con el que trabajar. Además la gente aprende y a la larga el comportamiento debería tender al racional. Todo ello nos proporciona una base que da un apoyo muy sólido para poder realizar todo el análisis económico a partir de ahí.

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