Paula Corroto

Vuelve Gaziel, el arte de contar la guerra

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Cómo contar la guerra con veinte años

En 1914 París era una fiesta para muchos jóvenes. Organizaban reuniones en las pensiones donde vivían, acudían a casas de campo en las banlieues y disfrutaban de la noche en el Barrio Latino o en los bulevares de Montmartre o Montparnasse. Tenían veinte años y ninguno de ellos podía anticipar que en agosto de aquel año sus vidas cambiarían para siempre.

Uno de aquellos jóvenes era el catalán Agustí Calvet, hijo de familia acomodada y estudiante de filosofía en la Sorbona, donde se había matriculado para ampliar sus estudios. El 1 de agosto se enteró a través de la prensa de la movilización de los franceses para participar en la guerra contra Alemania. Era el preludio de un conflicto que duraría cuatro años y modificaría el mapa europeo. Pero eso él no lo sabía. Lo único que pudo entrever es que durante la cena de aquel día en la pensión en la que vivía ya nadie se miraba como antes. Allí había estudiantes de todos los países, también una chica alemana, amiga de otras francesas que no tuvieron más remedio que decirle que saliera por pies del país. De la noche a la mañana, por orden del Gobierno de Poincaré, se había convertido en persona non grata.

Este episodio fue el primero que Calvet, bajo el seudónimo de Gaziel, comenzó a narrar en catalán en su diario. Un texto febril que aborda los primeros treinta días de la guerra y que cuenta, como si hoy fuera un blog, cómo esa ciudad llena de noches divertidas pasó a ser un lugar lúgubre en el que se producían saqueos en las tiendas, se cerraban los locales nocturnos y se apaleaba a cualquiera que no fuera francés o aliado. Gaziel lo relató todo a través de testimonios ciudadanos, transformando ese diario en uno de los mejores textos periodísticos sobre la guerra. Según su biógrafo, Manuel Llanas, profesor de la Universidad de Vic, «la capacidad de observación, que le permite sacar un rendimiento insospechado de detalles aparentemente nimios y triviales; su conciencia histórica, que le hace relativizar la repercusión sobrevalorada de los episodios bélicos; y, su formación filosófica, que le permite elevar a categoría la marcha de los acontecimientos» hacen de él un reportero a la altura de Jay Allen o Martha Gellhorn.

No a la guerra

untitledEste diario, que ahora ha vuelto a ser editado en castellano por Diéresis, a partir de la revisión que el propio Gaziel hizo en 1964, es a su vez un documento imprescindible para conocer cómo un pueblo se hace consciente de una guerra. Y es una circunstancia que no tiene nada que ver con las noticias belicosas que aparecieron entonces en la prensa. En primer lugar, una de las situaciones que más sorprende es que, en un principio, nadie quería luchar contra Alemania. Eso era lo que más se comentaba en los debates de la pensión de este veinteañero. Lo suyo era una especie de «no a la guerra» de hace un siglo. «Desde luego, no la querían los partidos políticos de izquierdas, que apelaron a la solidaridad obrera e intentaron promover un pacto transnacional para evitarla. Pero fueron arrastrados por un belicismo inducido desde el poder en Francia y en Alemania», asegura Llanas.

También es llamativo cómo, poco a poco, hasta los menos beligerantes fueron haciéndose a la idea de que tenían que derrotar al Kaiser alemán y todo lo que sonara a boche. Todos los amigos del reportero coincidían: «El pueblo alemán es un pueblo bárbaro, el único en Europa que todavía cree en la guerra y en que hacerla es una virtud», escribió Gaziel. «Alemania, desde Bismarck, encarnaba para Gaziel (y para muchos otros) la apoteosis del militarismo, por lo que le atribuyó la responsabilidad máxima del estallido bélico en contraste con la inapetencia de la sociedad francesa por la guerra», explica el profesor. Una análisis que, curiosamente, ha perdurado con los años si miramos ahora de reojo la guerra económica que vivimos y a la canciller alemana.

El valor del testimonio

poridentidadGaziel se dedicó durante un mes a recorrer las calles parisinas, hablar con otros estudiantes, ayudar a salir del país a otros españoles, y también a codearse con una burguesía que de repente abandonaba todo su pensamiento racional para lanzarse a creer todo tipo de supersticiones. A través de los testimonios que captó y que poco tienen que ver con lo que cuentan muchas de las películas o series que se han hecho sobre el conflicto, uno puede darse cuenta de que «la conducta humana está sujeta a reglas fijas e inamovibles, y que en la guerra afloran los sentimientos más solidarios al lado de las reacciones más crueles y atroces», constata Llanas.  En el diario se muestra cómo «el pacifismo es fruto del racionalismo, pero que le vence el belicismo porque los seres humanos no somos animales racionales, como dejó sentado Aristóteles, sino animales que actuamos movidos por emociones», añade el profesor.

El 4 de septiembre, el estudiante abandonó Francia. Ésa es su última entrada en el diario. «He sentido como si dejara a mis espaldas una muralla ingente, detrás de la cual quedaban tantos y tan inolvidables amigos luchando por su libertad», escribió. Poco después, a instancias del director de La Vanguardia, Miquel dels Sants Oliver, el diario fue publicado, y en diciembre fue enviado ya como corresponsal para cubrir la guerra. Un cambio de destino inesperado que dejaba una clase magistral: el periodismo son las historias.

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