Alberto Urrutia

Capítulo 4: Nana a una niña fría

ragazza

Ojalá que el título que encabeza  este escrito fuera mío. Pero no,  la Nana a una niña fría  es una canción perteneciente a Espuma, una soberbia obra de arte en forma de disco, creada por Luis Eduardo Aute en el año 1974. Ya ha llovido desde entonces. Recomiendo, sin embargo, su escucha cuarenta años después, al menos de las canciones más notables, como Anda o Sólo tu cuerpo. El disco parecerá nuevo, a estrenar, como sacado del horno hoy mismo. Estoy completamente convencido de que, a alguien receptivo a la sensibilidad del hispano-filipino que escuche el disco por primera vez, se le puede abrir el mismo mundo de sensual belleza que entonces descubrí yo. Creo que es una obra clásica, aunque no sé muy bien en cuál de estas dos artes quedaría mejor encuadrada,  si la música o  la poesía, tal es la calidad de los poemas musicados, que no perdieron su autonomía como poemas, a pesar de haber pasado a ser también canciones.

Mi niña fría en cuestión se llamaba Mari Carmen. Tenía el pelo entre pelirrojo y rubio; frágil, menuda. Parecía llevar siempre la prisa  de un cervatillo asustado y tenía su misma ligereza. «Una niña fría se desnuda; vuelan calcetines junto a las estrellas.» No me olvidaré jamás de eso, de su calcetines blancos, corriendo con ella como parte que eran de su uniforme colegial hacia la parada del 2 por O´Donell porque venía un autobús y tenía que llegar a cogerlo por fuerza.

Me resultaba imposible siquiera dirigirle la palabra cuando me encontraba con ella. Me azaraba, me moría de timidez. Y lo siento, porque no tenía ya trece o catorce añitos, sino diecisiete o dieciocho. Cuando coincidíamos en el ascensor, deseaba que la tierra me tragara. Una amapola era menos roja que mi cara al despedirme de ella con un torpe adiós.

¡Aaah! pero otra cosa era la imaginación y la evocación; sobre todo, a través del reconocimiento de sus pasos resonando en el techo de nuestra casa, que yo aprendí a distinguir perfectamente de los del resto de los miembros de su familia, habitantes todos del piso de arriba, adonde se habían venido a instalar hacía poco tiempo. Ahora mismo, al evocarlos, parece que los estoy oyendo.

También encendía notablemente mi fantasía amatoria la contemplación del resplandor de una particular luz roja con la que iluminaba su dormitorio, situado justo encima del «cuarto del armario», como llamábamos a la habitación en la que nuestro padre trabajaba. Hasta llegué a distinguir el clic que hacía el interruptor de la lámpara o lo que fuera el foco lumínico que encendía. Pero ahí quedaba la cosa. Los vecinos de arriba eran todos gente discretísima, nada escandalosa ni dados a la algarabía ni a pegar voces, con lo cual me era muy difícil enterarme de las cosas que en realidad ocurrían en esa casa, ni mucho menos lograba saber de la vida y milagros de Mari Carmen.

Me pude tirar un par de añitos así, enamoriscado de esa chavala de tan insustancial manera. Fue tan sólo mi primera aproximación tardoadolescente al amor y no me queda mayor poso de ello que el de ese recuerdo uniformado de su persona. Mi inmadurez afectiva era patente y yo me daba cuenta, además, de que mis amigos y compañeros me sacaban bastante delantera en esto y se las pintaban solos para tratar de interesar a las chavalas que les gustaban.

Dos factores influían de manera evidente en esta primera imposibilidad que padecí para el desarrollo de mi afectividad. El primero de ellos es que, teniendo ya dieciocho años, físicamente no aparentaba tener yo más de catorce. ¡Cuánto sufrí por ello en una edad en la que uno desea demostrar ante todo que ya es un hombrecito! Me da casi vergüenza todavía recordar que, a esta edad, entraba en el hipódromo con una entrada de niño menor de doce años, y ni el empleado de la taquilla ni el portero del recinto me ponían la menor objeción cuando me veían la cara. Es cierto que me ahorraba ese dinero para poder apostar, pero, por otro lado, no dejaba de dolerme lo suyo que mi físico no representara ante sus ojos la edad que en realidad tenía. Pensé a veces que, sencillamente, hacían la vista gorda y tenían conmigo esa pequeña consideración para que pudiera ahorrarme unas perras. Pero es que muchos domingos cambiaban al taquillero y al portero y ocurría lo mismo: yo entraba en el recinto del hipódromo de manera casi gratuita, pero con el incipiente orgullo viril ciertamente herido.

-¡Amos chaval, tú tienes doce años en cada pata! Anda y vete a comprar una entrada de adulto, que, si no, no pasas.

No lo sabrá nunca, pero ese otro portero del recinto de general del hipódromo de La Zarzuela que me dijo eso estuvo a punto de que un adolescente le diera un abrazo, y no sé si hasta un beso de tornillo, llena su alma de gratitud por no haberle permitido el paso con una entrada de menor de doce años. Paradojas de la vida.

lacastellana 1929

Y es que la pubertad nos llegó a todos los hermanos de manera muy tardía, aunque unos lo acusamos más que otros. Sobre todo, a Julio y a mí, cuarto y quinto hermanos en orden de nacimiento. La verdad es que el aspecto de Jaime, que es el pequeño, sí estuvo algo más acorde con la edad real que tenía.

Y lo cierto es que, informándome años después sobre la causa de ello, me enteré de que es una excelente cualidad genética, bastante poco frecuente. En las personas que la poseemos, la longevidad de las células de nuestro organismo es mayor que en la mayoría, y, por lo tanto, el cuerpo envejece también de manera más lenta. Pero lo que ahora puede ser visto como una gran ventaja que nos haga aparentar varios años menos, juro que entonces fue un tremendo suplicio, pues además mi persona era por ello, con frecuencia, objeto de escarnio de mis amigos que, a esas edades, no se cortan un pelo en advertir las más variadas deficiencias en el prójimo. Recuerdo cuando mis compañeros de clase iban a ligar con las chicas que salían de un colegio femenino cercano al nuestro: «¡Alberto, el colchón, llévate el colchón por si las moscas, que se te olvida!», ironizaba un por otra parte entrañable compañero sobre las  escasísimas posibilidades que mi infantil aspecto físico me otorgaba de comerme una rosca, que se decía entonces.

Ésa era otra de las razones por las que las tardes de los domingos las pasaba en el hipódromo de La Zarzuela, dedicado a esa entretenidísima y preciosa afición que es el turf, en el magnífico espacio de la cuesta de las Perdices, respirando aire puro  y dejándome las pestañas y las perras estudiando los programas y apostando a caballos con dudosas posibilidades de ganar, mientras la mayoría de mis compañeros y  amigos salían ya, en pandilla o, incluso, ya emparejados, con chicas, y organizaban también guateques con los que me podía echar a temblar si me  invitaban, por miedo a lo mal que lo podía pasar un imberbe integral, físico y psíquico como yo lo era entonces.

Porque ésa era otra: ciertamente que un terrible cáncer maxilo-facial que se le declaró a nuestra madre, al que pudo sobrevivir, aunque no sin quedar con la cara destrozada tras una drástica operación, tuvo, de manera inevitable, importantes consecuencias psicológicas en todos los miembros de la familia y supuso también el retardo de  nuestra maduración afectiva, que algunos hermanos acusamos, tal vez, más que otros. Quizá algún día vuelva sobre ello en otro capítulo de estas memorias, si es que soy capaz de volver a hacer remembranza de algo que nos resultó a todos tan duro de sobrellevar, y que nos pilló tan de sorpresa, empezando por la principal afectada, nuestra madre. Valor para afrontarlo no le faltó. Pero cada vez estoy más convencido de que esta circunstancia condicionó y cambió nuestra vida hasta extremos que aún hoy nos afectan.

Nos quedaba y me quedaba, pues, la música (de nuevo el título de otra canción de Aute) como refugio y desahogo de tanta dificultad interior y exterior, porque el país vivía también momentos convulsos, de fuerte incertidumbre tras la reciente muerte de Franco y el inicio (los males suelen venir acompañados de otros) de aquella primera crisis energética, que se dio en llamar.

Así pues no fui capaz, al contrario que mis compañeros, de esperar a la salida de clase a Carmencita, ni de invitarla al cine, ni pude llevarla a un guateque que organizara algún amigo en su casa, pero sí de aprender de memoria las canciones contenidas en Espuma y en Rito, otro de los magníficos discos que Aute editó en aquellos tiempos en los que casi sólo estaba él, rodeado de la nada absoluta elevada al cuadrado. Y también pude sacar los acordes de estas canciones a la guitarra y cantárselas así a mi primer amor adolescente, que jamás supo que la amaba, si no fue oyéndolas por el patio de luces de aquella casa de vecinos: «Una niña fría se desnuda. Los espejos se derriten como velas». Tal vez el eco de ésta se pueda escuchar aún por allí.

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2 pensamientos en “Capítulo 4: Nana a una niña fría

  1. Esto parece las “Vidas Paralelas”. No me puedo creer que también coincidiéramos en el Hipódromo algunas tardes de aquellas primaveras de los primeros 70, cuando me llevaban allí mis amigos (ya que yo no entendía una papa de caballos, ni de apuestas)
    ¡Qué grande Aute!
    Aún me canto para mi misma muchas veces su fantástica “Libertad”: “A qué seguir respirando si no estás tu, libertad”

    • ¿Te suenan tal vez los nombres de Rochetto, My mourne, Takala,..? Grandes caballos de entonces. Qué agradable eran aquellas tardes de domingo en La Zarzuela. Un saludo, Cigrarrapepa…

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