Alberto Urrutia

Capítulo 5. La revista, las revistas y Addy Ventura

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La hermosa vedette Addy Ventura

¡Nang, nang, nang! Iban sonando las campanadas del reloj del comedor hasta dar la doceava de la noche que suponía el cambio de un día a otro: “¡Primer pa’l As!”, podía exclamar, por ejemplo, Julio. Se arrogaba así el derecho de ser el primero en disfrutar de la lectura de aquel diario deportivo, cuya nueva etapa -ya había salido por primera vez a la calle durante la República- causó sensación entre la gran masa de aficionados al deporte, quienes, a finales de los años sesenta, encontraron una alternativa bastante más atractiva en el campo de la información deportiva que el Marca, que editaba Prensa del Movimiento. Curiosamente, mientras la gran mayoría de los periódicos nacionales de información general que se editaban en aquellos años ha desaparecido – me parece que de entonces sólo sobrevive el Abc-, estas dos cabeceras dedicadas al deporte siguen saliendo diariamente a la calle en nuestro días y gozan de buena salud, aun habiendo cambiado de manos su propiedad.

La novedad que aportaba el As venía dada principalmente por el lado gráfico: proporcionaba al aficionado una copiosa cantidad de fotografías en las que contemplar las gestas deportivas de su ídolos, entintadas en aquel color sepia tan característico, que enseguida se hizo seña de identidad del periódico resucitado por la familia Montiel, propietaria además de otra gran publicación semanal de gran solera: Semana. Pero la aparición de este periódico incorporó más novedades: información extensa y fidedigna, excelentes reportajes y la incorporación de cinco o seis magníficas firmas de periodistas, jóvenes o no tanto, que supieron dar con su pluma interés y amenidad al periodismo deportivo. Qué grandes periodistas Gerardo García en fútbol, Simón Rufo en ciclismo o Fernando Vadillo, capaz de hacer atractiva la crónica de un combate de boxeo a quien tuviera escaso interés por esta modalidad deportiva, como podía ser mi caso. En casa lo leíamos con fruición todos los hermanos, incluido yo, que era reconocido como el menos aficionado al deporte. Creo recordar que en alguna ocasión fui capaz de cederle a alguno de ellos, a cambio de algo, mi derecho a leer el primero la publicación, dado que, más que nada para fastidiar, me había acordado antes que nadie la noche anterior de “pedírmelo”.

Pero lo que sin duda tenía para mí mayor aliciente de aquella interesante publicación era la penúltima página del diario, pues contenía la sección llamada Buenos días, que solía firmar con más chocarrería que gracia un tal Hebrero San Martín, un clásico redactor de mesa de aquellos tiempos, que lo mismo servía para un barrido que para un fregado, y a quien se veía que, como concesión por su leal dedicación a la empresa, le habían permitido estar al cuidado de la misma.

Porque lo importante era la foto del Buenos días: todas las mañanas, una chica distinta, generalmente en bikini, nos alegraba los ojillos de manera suficientemente sugerente como para que nuestra incipiente fantasía erótica se disparara. El mencionado plumilla podía rematar su pretendidamente pícaro comentario a la foto de la chica diciendo algo como esto: “Así que el brujo Amancio falló ayer tres goles como tres soles, sin que su magia le sirviera de gran cosa. Menos mal que aquí tenemos a Brigitta, una brujita venida del norte, que a buen seguro sabrá hacer un brebaje reanimador para que el gallego sabio vuelva por sus fueros y recupere el olfato de gol. ¿Quedaría algo para mí, bella Brigitta?”. Las fotos solían proceder de una agencia internacional y es de suponer que el diario las adquiría al peso o poco menos.

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Addy Ventura, que lo vendía rubio, oiga

Pero debió de ser tal el éxito de la sección (una concesión a la picardía, consentida y probablemente respaldada de manera encubierta por la autoridad de entonces, recién aprobada la liberalizadora ley de Prensa de Fraga y con ella el final de la censura previa), que el periódico decidió comenzar a hacer fotos de cosecha propia, generalmente de vedettes y jóvenes actrices nacionales de carrera emergente. Entre todas ellas, la foto de una repitió su presencia en la sección en numerosas ocasiones. Y es que su imagen debía de hacer estragos entre la muchedumbre de masculinos lectores rebosantes de testosterona. Se trataba de la gran Addy Ventura, una de las mejores vedettes de aquellos tiempos, que se hacía particularmente fotogénica y poseía una especial fisonomía muy del agrado del lector típico de prensa deportiva, comenzando por su peinado, teñido de rubio platino. Tanto éxito obtuvo la bella Addy en papel impreso como el que logró en la cartelera teatral madrileña con una revista titulada Métame un gol, estrenada justo un mes antes de la muerte de Franco. Lo tengo rubio -evidentemente se refería al tabaco-, otra obra que protagonizó, fue puesta en escena al año siguiente y recabó aún mayor atención por parte del público. Es el momento de confesar que ni la más descarnada pornografía que pude contemplar años más tarde volvió a obrar en mí los devastadores efectos que produjo aquella vedette rubia platino entradita en carnes y en edades.

D.MEl Diez minutos de mediados de los años setenta resultó ser también una amenísima publicación, en este caso semanal, que se compraba en nuestra casa, al igual que en otros trescientos mil hogares españoles, que es la impresionante tirada que llegó a alcanzar esta revista de cotilleo y algo más. Este plus de interés consistía en un reportaje gráfico de alguna chica en deshabillé, bikini o vestimenta similar, algo picantón, pero sin llegar a traspasar nunca los muy estrechos límites de la decencia en los que se contenían las miradas de nuestras púdicas madres, tías o abuelas, de quienes se nutría mayoritariamente el habitual público de la revista, aunque muchísimos hombres también la leían con agrado. La publicación llevaba también una especie de encarte central con unas hojas azules titulado La vida insólita, en el que se contaban las mayores mentiras que un delirante redactor pudiera inventar, convenientemente ilustradas con dibujos particularmente llamativos y sensacionalistas firmados por el gran Rofer (Rogelio Fernández), un dibujante algo tosco que, gracias esto trabajos, llegó a obtener notoriedad y ser solicitada su colaboración en otras numerosas publicaciones. ¡Estaba viva!, podría ser el antetítulo de la noticia cuyo contenido se enunciaba a continuación: “Una merluza guardada en la nevera ataca a la persona que la adquirió”. Merluza importante debía de ser la que llevaba en el momento de idearla el inventor de tan disparatada sandez o similar. No puedo olvidar que uno de los momentos gratos de la semana tenía lugar al regreso del colegio, después de adquirir unos deliciosos ganchitos al queso Crecs, que fue la primera marca de aperitivos, propiedad de Gallina Blanca, que se instaló con fuerza y técnicas de marketing moderno en este país. Nada más llegar a casa, pues, arrumbabas la cartera hasta el día siguiente y comenzabas a consumir despaciosamente el interior de la bolsa de ganchitos, mientras te enfrascabas en la lectura de tan amena revista, poniendo especial interés en la contemplación de las piernas que exhibía la chica de la semana.

Presentación1Y ya algunos años más tarde recuerdo el Triunfo como principal base y sustento de mis necesidades informativas, estando ya muy próxima la muerte de Franco. La cosa tenía ya otro cariz de mucha mayor trascendencia. Lo compraba todas las semanas Gonzalo, nuestro hermano mayor, recién reconvertido de “pijo de reglamento” en “progre de solemnidad”, una metamorfosis casi similar a la que padecía el protagonsita de la novela homónima de Kafka, no por impensada poco frecuente en muchos hijos de familias de clase media de los años setenta. El paso del tiempo ha dejado claro que su época de “gomoso guatequero” fue muchísimo más interesante y divertida que la de barbudo lector de El Viejo Topo. Algo, en cualquier caso, no cambió en la vida de Gonzalo en cualquiera de estas dos facetas: su obsesión casi compulsiva y gusto por las chicas, ya fueran vestidas con Lacoste y falda escocesa, ya con maxifalda, pelo frito y bolso de mimbre.

En Triunfo, santo y seña por antonomasia de la progresía de aquellos años, ese soberbio periodista que se llamó Eduardo Haro Tecglen -el padre de Eugenio, con quien quedaba en esos días antes de entrar en clase para sacar canciones de los Rolling Stones… ¡con la flauta dulce!-, se marcaba unos tochos sobre política internacional que no se los saltaba un gitano, aunque reconozco que a mí me gustaban más los artículos que firmaba con los seudónimos de Pozuelo, Juan Aldebarán y Pablo Berbén, generalmente mucho más sarcásticos y divertidos. La verdad es que se hacía media revista él solito. También idolatraba a ese otro genio del periodismo y la literatura llamado Manuel Vázquez Montalbán, y a su entrañable álter ego, Sixto Cámara. Después de meterte entre pecho y espalda un par de artículos sobre los estragos del colonialismo yanqui en Centroamérica y otro sobre la imperiosa necesidad de la reforma agraria andaluza firmado por un tal Antonio Burgos -quién le ha visto y quién le ve-, parecía que la cabeza le iba echando ya humo a uno por el pasillo camino de la cocina a la hora de la cena.

Pero qué duda cabe de que aquella crítica y árida revista fue el referente inevitable de un par de generaciones de personas que, gracias entre otras cosas a la formación y la información que les proporcionó Triunfo, fueron finalmente capaces de señalar y definir el ya próximo horizonte que el país oteaba en pos de la libertad y la democracia.

Lo que ocurriera después ya es otra historia.

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2 pensamientos en “Capítulo 5. La revista, las revistas y Addy Ventura

  1. Estoy empezando a esperar las “Memorias” con la misma ilusión con que esperaba el “Correillo”…
    En mi casa no se leía mucho el “As” porque había poca afición al deporte, pero recuerdo aquella época y los artículos del “Triunfo” ¡y el pelo frito y los bolsos de paja!

  2. No sabes qué alegría me das, Giuse. Que una degustadora literaria de tu finura se haya enganchado también a esto me hace sentirme muy bien. Muchísimas gracias.

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