Víctor Guillot

Peter O’Toole conquista Aqaba

Lawrence de Arabia 1

La llama en la yema de los dedos, aquel fulgor en su rostro de ángel, ante la atenta mirada de dos soldados incapaces de comprender el gesto de un cartógrafo capaz de sublimar el dolor. Lawrence de Arabia o Peter O’Toole, qué mas daba si al final los dos habían conseguido que sintiéramos la necesidad de purificar nuestra alma en el desierto.

A Peter O’Toole lo descubrimos a lomos de un camello, junto al príncipe Feisal y aquel jefe beduino llamado por todos Auda Abu Taiy. A El Aurens lo contemplamos destrozando trenes, matando turcos, entusiasmado y febril, camino de la bella Aqaba. Desde entonces, uno ha sentido una rendida admiración por el actor que se había dejado el estómago y el páncreas bebiéndose el mundo con auténtica pasión y devoción, como si no hubiera mañana y los dioses le hubieran concedido el privilegio de mantener eternamente una exquisita elegancia que sólo el paso de los años había difuminado, dibujando su figura con extrema delgadez. En cualquier caso, logró sumar 81 primaveras. No todo el mundo puede.

En el teatro, en el cine y en la vida, ejerció un malditismo británico proyectado en su forma de mirar, en su manera de reír, de llorar, de hablar y de caminar, que uno, adolescente cruel, mitómano por necesidad, no podía otra cosa que celebrar antes de salir a beberse todo el whisky que la noche le podía ofrecer, sólo por saber si acaso nosotros también veríamos alguna vez la misma Aqaba que contemplaron sus ojos azules mientras nos recibían con salvas de cañones. Ese malditismo de cierto corte romántico seguía la mejor tradición del esnob británico, el que nunca tuvo título, el arribista que se alzaba con la gloria, la fama o la leyenda y lograba deambular por las calles más suntuosas de Londres, provocando el terror entre la mugre conservadora de la ciudad. En cualquier caso, O’Toole tenía un aura tan potente como el que irradiaba David Bowie en cualquiera de sus épocas. Su carrera cinematográfica expresaba perfectamente la rebeldía y la inteligencia enfrentada a los pilares del stablishment. Y no es que al rostro de O’Toole sólo lo identificáramos con el de un líder revolucionario lleno de contradicciones morales durante la revuelta árabe que mermó el poder del Imperio otomano en la primera guerra mundial, es que también había sido el joven que se meaba en la cara de La clase dirigente, aquella carcundia británica de los años cincuenta que hoy sigue aposentada, como momias embalsamadas, en las mismas poltronas institucionales.

En Peter O’Toole había belleza, estilo, provocación, una manera de entender el cine y la vida que hoy no se lleva y nos deja un poso de nostalgia cinéfila tan intensa que el tiempo difícilmente nos podrá arrebatar. Porque O’Toole viene de la estirpe de los Richard Harris, los Richard Burton o los Malcom McDowell, esos bebedores insaciables que optaron por convertirse en outsiders de la industria, logrando conquistar la pantalla de un cine que no les pertenecía.

La última vez que disfruté de su presencia fue ejerciendo de rey Príamo en la fallida Troya. Resultaba conmovedor ver cómo besaba las manos del hombre que había matado a su hijo y lo había arrastrado con su carro para que todo el mundo contemplara su cadáver. Aquel viejo que había atravesado el campo de batalla protegido por la noche ya no temía a la muerte. Había visto sucumbir a su hijo en el combate contra el guerrero más valeroso que pisaba la faz de la tierra. Ciertamente, a ningún padre se le puede arrebatar el derecho de enterrar a su hijo, ni siquiera el bravo Aquiles. Comento todo esto porque, de algún modo, aquella interpretación sería la última en la que veríamos a Peter O’Toole en estado de gracia. Era un canto de cisne al final de una carrera, la solemne despedida que nos ofrecía en la pantalla antes de que finalmente los dioses le reclamaran a su lado. Hoy lo festejaremos con un vaso de whisky en la mano. El loco irlandés por fin ha llegado a Aqaba.

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