Paula Corroto

Irlanda: cuando la moral católica mata

iglesia irlandesa

«-Recuérdame por qué estás aquí, Ochenta y Seis.
-Porque, porque zoy malo y mi madre no me quería… y me dejó aquí porque…
-¡Para ya!
Le pegó una bofetada, lo agarró del hombro y lo arrastró hasta el banco que había junto a la pared.»
(El hombre en el olvido, de Christina McKenna)
Durante años en Irlanda el poder lo tuvo el bastón del obispo. No había nada, ni siquiera la política, que no pasara por los estrechos pasillos de la Iglesia. Todo estaba dictado por la moral católica. Unas reglas represivas, que venían a saber de qué interpretación bíblica, y que tuvieron maniatadas durante años a varias generaciones de irlandeses. Sobre todo a aquellos que vivieron su niñez en los crueles orfanatos religiosos. Allí sólo se olía ese bastón de mando y la bofetada en cualquier momento.
Pero claro: eso siempre deja unas heridas en las que los valedores del psicoanálisis les encantaría entrar. La primera novela de la irlandesa Christina McKenna (Draperstown, Irlanda del Norte), El hombre en el olvido, que acaba de publicar MalPaso en España después de haberse convertido en un brutal fenómeno en las redes, trata precisamente de este dolor y cómo cuarenta años después no es sólo que no haya cicatrizado, sino que supura y escuece.
El protagonista en cuestión es Jamie McClooney. Tiene 41 años y es un hombre solitario y violento. En su interior esconde la desdicha de su niñez: fue abandonando en uno de estos hospicios y sometido a las peores vejaciones físicas. Azotado con toda esa carga religiosa que imperó en Irlanda hasta no hace demasiados años.
«Sí, se habla de la infancia como un periodo feliz, pero no siempre lo es porque los niños están a expensas del poder de los adultos. Además, en los orfanatos irlandeses, registrados por órdenes religiosas, solían acabar los niños nacidos fuera del matrimonio católico. Se les trataba como si fueran la encarnación del pecado. Los niños estaban casi en un régimen de trabajos forzados», explica McKenna.
Esta represión que vivió Irlanda durante décadas está en el libro de Frank McCourt, Las cenizas de Ángela y también lo ha sabido mostrar muy bien otro de los enfants terribles de este país, John Banville, en libros como Venganza (firmado como Benjamin Black). Hace no mucho en una entrevista señalaba: «En los años cincuenta la Iglesia Lo dirigía todo. Incluso era más poderosa que los políticos. Y a los políticos eso les aterraba porque podrían arruinar su vida simplemente por enfadar a la Iglesia. Hoy en día nos preguntamos cómo hemos sido tan estúpidos y les hemos permitido hacer todo eso. Lo que ocurre es que la Iglesia ha hecho lo que ha hecho y de alguna manera sigue en el mismo lugar.  Sin embargo, muchos de nosotros pensamos que se nos ha adoctrinado y que la Iglesia nos lavó el cerebro, pero no tuvimos el valor de enfrentarnos a ella».
Las consecuencias de estos castigos también han sido duraderas en el tiempo. McKenna reconoce que en su país «hay problemas para construir las relaciones afectivas». Y pone como ejemplo el caso de su familia, en la cual su padre fue el único que se casó de cinco hijos varones. «El resto tenía problemas con el manejo de los afectos para construir una familia. Siempre ha habido esa carga de la moral y la religión católica», explica. El libro de McCourt ofrece también esos problemas de afectividad, con padres que son alcohólicos, que no pueden encontrar trabajo y una familia en la que se niega el amor si es con un norirlandés protestante.
Sin título558Pero si bien parece que los irlandeses han sabido lidiar con su pasado o, al menos, exorcizar esa represión a partir de la literatura, cabe preguntarse qué ha ocurrido en España. Durante toda la época del franquismo también fue un país ahogado por ese yunque, esas flechas y esas sotanas. Y muchos de los hospicios estaban dirigidos por religiosas, algunas de ellas con juicios pendientes en la actualidad por el robo de niños. El tremendismo de los años cuarenta y primeros de los cincuenta, con aquellas novelas de Laforet o Cela, tuvo conatos de enseñar al lector qué es lo que realmente se escondía detrás del fulgor de la victoria fascista, pero queda la sensación de que quedó diluido en el tiempo. Después llegó la Democracia y la falta de memoria y, como decía recientemente Miguel-Anxo Murado, el franquismo se quedó entre nosotros para no dejar de sacar la cabeza de vez en cuando.
Si hay una escritora que sutilmente enseñó al lector cómo fue la infancia de muchos españoles durante los años cuarenta y cincuenta esa fue Ana María Matute. A través de peripecias y aventuras, la escritora catalana describió en libros como Los niños tontos o Algunos muchachos una niñez no demasiado placida. «El niño que fuimos es muy importante, la infancia marca. Yo digo y lo digo en Paraíso inhabitado que a veces la infancia es más larga que la vida, persiste más», manifestó en una entrevista reciente. Y ella fue una de las pocas que se atrevió a contarlo.
Los irlandeses tienen bien aprendida la lección. En los años noventa se destaparon numerosos escándalos de abusos sexuales en la Iglesia sucedidos durante varias décadas. Hasta esa fecha hasta un 80% era de misa dominical. Hoy solamente acude un 20%. En España puede que nos falte un Banville para poner el dedo en la llaga de lo que ocurre, empezar a sacar la infección y que las heridas comiencen a cicatrizar.

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