Alberto Urrutia

Capítulo 6: ¡Sueco, coño! (De unas vacaciones extemporáneas en Benidorm)

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La primera consecuencia importante que tuvo la operación que  padeció nuestra madre para atajar el cáncer máxilo-facial que le dejó la cara destrozada fue el final de nuestras vacaciones en Miraflores de la Sierra. Así que hubimos de decir adiós a aquellos tres meses anuales de existencia libre, sin apenas  barreras ni trabas, en Villa Carrasco, aquel viejo caserón de la carretera de Rascafría donde tan felices fuimos. Además, mi madre -y con ella todos nosotros- hubo de pasar aún algunos años con una particular espada de Damocles sobre su persona, temerosa  de que se le reprodujera tan nefasto tumor, que había estado muy extendido. Como terapia  y bálsamo para la cicatrización de las profundas incisiones realizadas en la operación, los médicos le  recomendaron el yodo del mar, por lo cual nuestro padre adquirió un apartamento en Benidorm, en el lugar que llaman Rincón de Loix, al final de la playa de Levante.
Pero solíamos ir fuera de temporada, en ningún caso en los meses en los que, ya en aquellos años -todo esto ocurrió en 1968-, se arracimaban las multitudes veraneantes. No había el menor problema en nuestros colegios para que nos dieran permiso y dejáramos de ir a clase hasta una quincena entera, generalmente a principios del mes de octubre, época en la que ya descendía considerablemente la población flotante habitual de esa villa turística. De ese modo, las obligadas salidas de mi madre, tanto a la playa a impregnarse de yodo marítimo como a cumplir con sus tareas de ama de casa -no abdicó en absoluto de sus obligaciones domésticas, bien al contrario-, podían producirse en un entorno  más favorable a la discreción, pues el aspecto de su rostro, que ella tapaba en lo posible con un pañuelo liado a la cabeza que también cubría sus facciones, era, por desgracia, muy llamativo.
No estando ni mucho menos tan avanzada como ahora la cirugía estética, y temiendo siempre una posible reproducción del mal -que, afortunadamente, no ocurrió hasta muchos años después-, nuestra madre no quiso exponerse  a volver a entrar en un quirófano, en el que tan mal lo había pasado ya y al que había sobrevivido de milagro.
-Le advierto de que su actual aspecto físico le puede afectar tremendamente a su psique -le previno un  médico que le recomendaba una nueva intervención quirúrgica para tratar de arreglar en lo posible el terrible destrozo ocurrido en el rostro de una mujer que  había sido muy bella.
-Yo no tengo de eso -respondió ella, generando la inmediata carcajada del facultativo.
Aquellas estancias en Benidorm no las recuerdo como particularmente gratas ni creo que, dadas las circunstancias que nos obligaron a desplazarnos a ese lugar, pudieran serlo, a pesar de que nuestra madre hacía todo lo posible por que nuestra vida se desarrollara con la mayor  normalidad posible. Tal vez representativa de aquel malestar al que la vida nos había abocado pueda resultar la anécdota, en forma de exclamación de nuestro padre, cuando, llegando a ese cosmopolita lugar de vacaciones en aquel Seat 1500 cargado con bultos hasta arriba y con al menos cuatro hermanos ocupando el asiento de atrás, le pegó un bocinazo a un turista que cruzaba la calle al paso de nuestro coche mientras le  increpaba:
-¡Sueco, coño!
Se me viene aún hoy a la mente de manera vivísima la imagen de aquel joven y rubio nórdico que cruzaba la calle, obligado de repente a acelerar el paso para ponerse a salvo de las ruedas de nuestro coche y de la moderada ira de nuestro progenitor.
Pero era eso: ¡Sueco, coño! Como dando por resumida en esa exclamación la tremenda contrariedad que suponía para todos nuestra presencia en Benidorm:
-¿Qué  pinta aquí esta familia, sueco de las narices, cuyo coche ha estado a punto de atropellarte, cuando yo tenía que estar trabajando, mis hijos en el colegio reanudando el curso escolar, y Carmen, mi mujer, en casa completamente ignorante de operaciones, cicatrizantes yodos del mar y un muy fundamentado miedo a que ese horroroso  tumor se le pudiera reproducir en cualquier momento?

Benidorm a finales de los 60
Pero, a fuer de ser justos, la cosa tuvo también sus compensaciones. La primera de ellas, el descubrimiento y goce del mar, que disfruté como nunca lo he vuelto a hacer. Era capaz de pasarme horas en el agua, nadando sin parar y proponiéndome cada día recorrer  mayor distancia que el día anterior. Tomando como base la plataforma del Cablesky de la playa de Levante -la última vez que estuve en Benidorm, hará un par de años, aún permanecía abierto-, me proponía llegar hasta lo que llaman el Castillo, que divide ambas playas locales, Levante y Poniente; y aún más adelante fui capaz de recorrer entera la extensión de las mentadas  playas y regresar al punto de partida. Me gustaba mucho nadar a braza, un estilo que carece de la violencia y el sobregasto de energías que requiere el crol y me resultaba mucho más  placentero de practicar que éste. Recuerdo además que, por las razones que he mencionado, íbamos a la playa a horas tardías, después de comer, con lo que el retorno de la misma se producía, cansados pero razonablemente contentos, a última hora de la tarde, justo para contemplar desde la terraza del apartamento, mientras cenábamos, la puesta del sol. Algo tiene el agua, aunque sea salada, cuando la bendicen, por muchas cosas que se puedan decir en contra de esa ingente ciudad de vacaciones que es Benidorm. La contemplación del  color de plata que cobraba el mar a esa hora y su serenidad es también uno de los recuerdos que se me hacen más gratos de aquellas extrañas y extemporáneas vacaciones.
La segunda compensación fue gastronómica: el descubrimiento de las hamburgueserías y de las hamburguesas. Yo creo que, hasta ese momento, no había reparado nunca en ellas, aunque en Madrid solía ir yo solito -tenía entonces doce años- a Galatea, un establecimiento situado al principio de la  que entonces se llamaba calle de General Mola, hoy Príncipe de Vergara, probablemente el primero de la capital en el que se vendieron perritos calientes y hamburguesas.
Se abastecía  y se sigue abasteciendo este bar-cafetería del género de gran calidad proporcionado a su vez por La Madrileña, una chacinería de gran solera especializada en todo tipo de fiambres y embutidos alemanes existente en la calle del Arenal. Sus salchichas de Frankfurt eran y son extraordinarias. Pues bien, ése había sido mi principal objeto de placer hasta entonces: los perritos calientes de Galatea o también -seamos ecuánimes al hacer reconocimientos pretéritos- del Amsterdam, otra cafetería sita al principio de Conde de Peñalver. Para mí un perrito caliente mixto -bañado con las dos salsas, mostaza y tomate- con una salchicha de La Madrileña y una Coca-Cola eran la encarnación misma del paraíso, siendo aún yo entonces, y creo que  afortunadamente, impúber, y no habiendo sido todavía atormentado por las exigencias de ese inmisericorde tirano de improbable satisfacción llamado sexo.
Pero las hamburguesas de Panchito’s -que así se llamaba la hamburguesería del benidormense Rincón de Loix- que me llamaron la atención parecían ser otra cosa, distintas de las que se comían con cuchillo y tenedor en el mencionado establecimiento madrileño. Eran muy grandes y las servían en una especie de coladores de plástico, envueltas en papel para poder ser comidas a dos manos sin mayor problema. Su sabor se me hacía delicioso. La carne sabía a carne buena y tierna y tenían mucha lechuga, rodajas de tomate y no sé si alguna otra verdura. La rubita anglosajona que las servía era una chica sonriente de la que te podías enamorar sin que mediara aún otro interés ni deseo por ella que el de la contemplación de su sonrisa y la escucha de su acento extranjero, mientras quien parecía ser su novio iba cocinando en la plancha un trozo de carne que, ya digo, se me hacía delicioso de comer.

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En realidad, nunca he entendido por qué a un trozo de carne picada con algo de ensalada adjunta emparedado en un bollito de pan blando se lo llama comida basura, si es que la materia prima es de calidad y está bien cocinada y presentada. Mentiría si dijera que nunca he vuelto a comer unas hamburguesas como aquellas de Benidorm, para cuyo consumo guardaba todo el dinero que pudiera ahorrar, hasta alcanzar las veinticinco pesetas que creo recordar que costaban. Las he comido, y muy buenas, y qué caray, las sigo comiendo de vez en cuando, aunque no por ello he dejado de sentir también desde mi infancia auténtica pasión por los bocadillos de calamares, pongo por ejemplo, de los que espero hablar en otra ocasión.
Pero siento particular gratitud a aquellas hamburguesas de Panchit0’s, servidas por la rubia camarera, que me proporcionaron una compensación añadida con la que sobrellevar aquella situación de pesar e incertidumbre: nuestra madre se había quedado casi literalmente sin cara y aún se podía morir si se le reproducía el tumor que le acababan de extirpar.
También la comida me ha deparado importante consuelo en otros momentos de mi vida, cada vez que un sueco, un finlandés o  cualquier otra  persona, cosa  o quien demonios fuera, se me han atravesado en medio de la carretera de la vida.

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5 pensamientos en “Capítulo 6: ¡Sueco, coño! (De unas vacaciones extemporáneas en Benidorm)

  1. Como disfruto con estas memorias tuyas. La de perritos calientes que me habré comido con mi entonces novio (ahora sufrido marido) en “Amsterdam” y cómo sentí que lo cerraran. Menos mal que Galatea sigue abierta; y hemos establecido la costumbre, ya casi tradición, de el día de Reyes, después de intercambiar regalos con mis hermanos en casa, y antes de seguir intercambiando regalos en casa de mi suegra por la tarde, ir a comer unos buenos perritos a Galatea; En mitad de los excesos y exquisiteces navideñas un perrito mixto, como bien dices, es un descenso (¡o ascenso!) a la sabrosura de lo cotidiano, que sienta divinamente. Que tengas una feliz Navidad, y que el año 2014 nos sigas deleitando con tus memorias.

  2. ¿Ibas a Amsterdam a comer perritos? Eso sí que es compartir recuerdos.Y federico tambi´wn… Era un pedazo de cafetería. Muchísimas felicidades, GÜiuse. Y tú que lo leas.

  3. A esto le llamas memorias, pero es merecedor de entrar en los terrenos del cuento, del reportaje o de la crónica histórica; y sobre todo -ya te lo dije un día-, rezuma costumbrismo a lo Mesonero. Yo no soy de Madrid; no obstante, nada más llegar para meterme en el mundo de la farándula, capté ese ambiente que veo reflejado en tus “memorias”. Otrosí, hablando de Galatea, era el local preferido para suplir provisionalmente, y a placer, el plato de casa, cuando vivía en Duque de Sesto casi esquina a Antonio Acuña.
    También esas salidas al monte o a la playa tienen que ver con las de mi familia por esa época, pero por allí, en el Mediterráneo. En fin, toda una evocación, aunque la tuya ahora, con dolor.
    Hasta la próxima.

  4. ¡Qué sorpresa, Aldo! Que a alguien de tu finura de espíritu y formación cultural, lo que escribo le mueva a hacer tan ponderado y elogioso comentario me llena de satisfacción. Ojalá sigan complaciendo estas memorias tu gusto exquisito. Será la mejor señal de que no he marrado el tiro. Muchísimas gracias. Un abrazo.

  5. Estoy gozando como un enano de ” El bombero torero”,con estas tus memorias,que de alguna manera también son las mías,por amistad,por el tiempo aquél,por los seres queridos que siempre estarán presentes, y por ese tiempo que se nos fue sin darnos cuenta y del que nos queda la amistad, la sonrisa,y unas fotos de familia magnificas,que un devoto de los Urrutia, como yo, tiene en muy alta estima, sobre todo la de El gran Khan,al que no conocí personalmente, y por el que siempre sentí un cariñoso respeto. Vistos así,juntos,me gustan muchos estos Urrutias, les seguirè queriendo como hasta ahora. y son muy afortunados de tener un cronista tan excepcional.del cual se destilan vivencias en las que me reconozco y que comparto como si fueran mías. Un abrazo y gracias.

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