Carlos Hevia Fernández

El hijo del torero (Homenaje a Paquiro)

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«Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco en punto de la tarde»
 Federico García Lorca: La cogida y la muerte

Mi padre fue torero. No de los que salen en las revistas del corazón, perseguidos por paparazzis y mozas casaderas. Toreó algunos becerros en festivales benéficos con el apodo de Paquiro. Siempre en favor de causas sociales, la Cruz Roja le concedió la medalla de oro por su trabajo desinteresado. Yo no llegué a verlo torear, ya se había cortado la coleta cuando tuve edad de ir a los toros, pero seguro que se llevaría más de un revolcón de las vaquillas que lidió. Y se pasaría más tiempo tomando el olivo y a salvo en el burladero que dando pases. Tenía valor. Yo lo vi torear de salón, y lo hacía con un temple inigualable. Claro que “de salón” las astas del toro no embisten.
La primera vez que fui a los toros tendría diez u once años. Habían montado una plaza portátil por las fiestas de San Juan. No recuerdo los nombres de los matadores. Primero salía el Bombero Torero, un enanito que simulaba torear una vaquilla. Por supuesto, la pelea era tan desigual que el enano sufría un atropello tras otro, provocando la risa floja en niños y adultos. Cosas de la época. Por entonces, algunas atracciones de feria aún parecían salidas de Freaks, la película de Tod Browning. Junto a los espejos deformantes y las casetas de tiro se exhibían la Mujer Serpiente o el Hombre Más Alto del Mundo. Y Kaniska sosteniendo en difícil equilibrio una silla con la nariz o un poste de la luz con el mentón. También resistían aún los gobernadores civiles, los alcaldes nombrados a dedo y los procuradores en Cortes elegidos por el Movimiento. El franquismo conformaba la mayoría social del país. Contra los díscolos se afanaban la Brigada Político-Social y los grises, con su uniforme acorde a los tiempos. Tiempos en los que se cerraban bares y discotecas en Semana Santa; en los cines se proyectaban Ben-Hur o Los diez mandamientos y el recogimiento era obligatorio. Aunque las normas están para romperse y más en una dictadura.

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Francisco Hevia, Paquiro, toreando en Mieres

Cuando el enano terminó de dar volteretas por la arena, empezó el festejo “serio”. Todo me fascinaba, menos el olor de los farias. No soporto los puros; siempre recordaré una tarde en el fútbol en que me puse malísimo tras aguantar todo el partido a un tipo echándome el humo en la cara. Acabé vomitando la comida, el desayuno y creo que la cena del día anterior. Decía que me hipnotizó la liturgia de la corrida. El paseíllo, los trajes de luces, el toro, unos ritos en cierto modo comparables a una misa o a un auto de fe. Con los tiempos medidos; la apertura del chiquero, el toro invadiendo el albero con toda su fuerza y energía intactas, el torero iniciando la faena con el capote, a portagayola o dando verónicas, largas cambiadas -papá iba explicando cada parte de la ceremonia, cada lance del arte de Cúchares-, hasta que la trompeta marcaba el cambio de tercio y salía el picador a caballo escoltado por el monosabio, curioso nombre. Siempre encontré particularmente desagradable la labor del picador, me parecía que se ensañaba con el toro sin necesidad. Papá decía que el toro se crece con el castigo y que había que mermarle las fuerzas para la siguiente faena, la de muleta. Aunque antes, unos subalternos -los banderilleros- le clavaban unos palos puntiagudos en lo alto del lomo, intentando acertar en un lazo de colores que el toro lleva prendido en la piel, la divisa de la ganadería. En la muleta está la verdad, decía Paquiro, que se sabía todas las frases hechas que el toreo ha ido popularizando a lo largo de los años y los siglos. Y en los naturales -torear con la mano izquierda- es donde se distinguen los buenos toreros de los mediocres. “La izquierda no engaña”, era su lema. Se podría vender hoy a un partido político si no fuera mentira.
Paco Hevia, la memoria taurina de Mieres. Hasta ahí, el tipo del traje de luces había sostenido la muleta recta con una espada de madera, pero al son de los clarines, se acercó al burladero, se lavó las manos y cambió el juguete por uno real, de acero cortante y afilado. La hora de la verdad, de matar al noble animal. Formando una estampa de cuadro el torero levantó la espada y atravesó al toro con ella clavandola en el hoyo de las agujas. Paquiro explicaba cómo tenía que estar el toro para poder entrar a matar. Cuadrado, con las cuatro patas juntas y la cabeza agachada. Valoró la estocada como casi entera. El toro aún dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo, resistiéndose y aculándose en tablas, hasta que cayó al suelo entre estertores y mugidos. Un subalterno vino con un verduguillo y lo descabelló. El toro quedó tieso como la estatua de un dictador derrocado. Aplausos, vuelta al ruedo, gente entusiasmada arrojando flores y botas de vino a su paso. Unos peones engancharon el cadáver a una pareja de caballos enjaezados que lo arrastraron hacia el toril dejando un rastro de sangre por el ruedo. Olía a matadero.
Cuando salimos de la plaza, me ardían la cara y las orejas. Me sentía desconcertado. No sabía si me había gustado o no. Sé que en algunos momentos cerré los ojos por instinto. Nunca volví a pisar una plaza de toros para ver una corrida. Sin embargo, me senté muchas veces ante el televisor con Paquiro para ver corridas. Recuerdo cómo nombraba cada toro por el color de su capa o por la forma de los cuernos. “Ése es corniveleto”, decía cuando salía un toro con las astas parecidas a las de un buey africano. O berrendo, bragado, botinero. Y así me fui aficionando, aunque hoy pienso que más por admiración y cariño a mi padre que porque lo disfrutara con su misma pasión.

Creo que el secreto estaba en que nunca miré a los ojos a un toro. No era más que un animal criado para morir en las fiestas del pueblo. Repetía para mí mismo y en discusiones entre taurofilos y antitaurinos los lugares comunes protaurinos: el toro de lidia sólo existe gracias a la fiesta de los toros; lleva una vida mucho más feliz en la sierra que la de los terneros estabulados para producir leche o carne; hay que ser muy valiente para ponerse delante de un toro y lidiarlo; el toro tiene su oportunidad de defenderse e incluso de matar a su contrincante. Justificaciones acuñadas a lo largo de los años por quienes se lucran con tan lamentable espectáculo, que son muchos. Apoderados, ganaderos, cuadrillas, peones…, todo un negocio montado alrededor de la tortura y ejecución pública de un animal que nunca nos haría lo mismo a nosotros. A los que nos llamamos cultos y civilizados.

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Paquiro, en el centro, pertrechado de su capote y su gorra blanca

Porque cuando uno hace abstracción del rito, no ve arte en los lances ni valentía en el torero. Ve dolor físico, tan intenso que nosotros no podríamos soportarlo de manera tan honrosa. Y siente la agonía del animal que no entiende por qué le martirizan. Y la sangre resbalando lomo abajo, brillando roja al sol de la tarde, es la confirmación de la poca humanidad que hay en esa diversión. Soy un depredador, un carnívoro, y como tal, entiendo la vida salvaje. La supervivencia en el límite, donde aún hay que cazar para subsistir, donde no hay supermercados y el hábitat es el proveedor. No hay nada grandilocuente ni festivo en matar para comer y, por supuesto, nunca hay ensañamiento con la víctima. En el toreo, por el contrario, se ha sublimado el martirio. Picas, banderillas, estocadas, descabello, pinchazos, verduguillos: al toro se le apuñala una y otra vez para que no pueda defenderse, para debilitarlo, para desangrarlo poco a poco. Y a eso le llamamos arte. Puede que en su acepción como conjunto de reglas para ejecutar bien algo, como El arte de la guerra de Sun Tzu, no desde luego en la más común de manifestación de la particular visión de lo real o imaginado expuesta con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.
Invito a quienes aplauden a ese tipo embutido en su traje de colorines mientras se pasea ufano alrededor del ruedo mostrando al tendido una oreja recién amputada, aún caliente y temblorosa, a que, cuando salga el siguiente toro, lo miren a los ojos fijamente durante unos segundos. Notarán su angustia, percibirán su miedo, y quizá ya nunca vuelvan a disfrutar de esa pena de muerte ejecutada sin piedad a las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde.

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Un pensamiento en “El hijo del torero (Homenaje a Paquiro)

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