Alberto Urrutia

Camino a Soria. Historias de Navidad

            Cinco de los  seis hermanos junto al nacimiento.  Jaime aun no había nacido.,
Qué melancolía mirar el nacimiento la noche antes de volver al colegio, un pelado 8 de enero, sin ninguna perspectiva por delante más que la grisura de días y días de clase sin fin. La única que había se presentaba aún muy lejana, se llamaba Semana Santa y no tenía, ni mucho menos, la magia y el encanto de la Navidad, bien al contrario. Te preguntabas entonces mirando a los pastores y al apagado portal cuya luz ya no se iba a encender esa noche cómo se te había escapado el tiempo de disfrute por entre los dedos de la mano y no le habías prestado más atención a tu madre: «Jugad con el nacimiento, que no le hacéis ni caso; ni lo miráis. ¿Para eso vino vuestro tío y lo puso con tanta ilusión?». ¿Cómo se había pasado el tiempo tan deprisa, y en qué? Si cuando nos dieron las vacaciones había días y días por delante y ya no quedaba nada: «Y nosotros nos iremos y no volveremos más», reza el villancico. Recapitulemos:

No acababas de darte cuenta, pero, probablemente, el mejor día de toda la Navidad era el último de colegio. El gozo por las vacaciones era inmenso. Algunos años tirábamos las carteras al aire y parecíamos borrachos de felicidad, como si la naranjada que nos habían dado en la fiesta de Navidad del cole hubiera llevado ginebra, o poco menos. Qué simpática llegaba a estar en esos momentos felices Esperancita Pérez, con lo esquiva que se mostraba siempre. Sonaba en todo el colegio el disco de villancicos que había grabado la Familia Telerín aprovechando el gran éxito televisivo que supuso el Vamos a la cama. Echábamos serpentinas y confeti y Esperancita me decía que yo era un payaso, que hacía muchas payasadas y que le hacía reír, y a mí, lógicamente, me gustaba mucho que tuviera esa opinión de mí. Años después nos confesamos los hermanos pequeños, Julio, Jaime y un servidor, que los tres habíamos estado loquitos por esa niña y que, a nuestro modo, cada uno habíamos intentado estrechar la relación con su persona. Era una chavalilla morena preciosa, con unos profundísimos ojos negros. Resulta que, ya siendo todos jóvenes adultos, la vi un día entrar en el portal de su casa de Doctor Esquerdo. A la vista saltaba que había fraguado en la maravillosa mujer que prometía ser. Curiosamente se estaba despidiendo a la vez de tres chicos de muy buen porte, con un  inequívoco aspecto de pretendientes a ser su novio oficial los tres, y no sé si hasta dieron allí mismo manifiesta señal de rivalidad amorosa, entorpeciéndose el paso unos a otros para darle a Esperancita sus respectivos besos de despedida. También se los dieron por mí, para siempre. Las mujeres que tienen encanto y tirón lo tienen a los once lo mismo que a los veintiuno o a los cincuenta y seis.

Clásica foto  en escalera de los hermanos Urrutia - Valenzuela en escalera, utilizada como felicitación navideña.¿Dónde va tú primooooo? ¡Camino Soriaaa! ¿Dónde va tú primooooo? ¡Camino Soriaaa! ¿Dónde va tú primooooo? ¡Camino Soriaaaaaaaaa! Con ese sonsonete que entonaban los niños del Colegio de San Ildefonso cada 22 de diciembre es como por primera vez se cantó en el comedor de nuestra casa por todos los hermanos al unísono la frase que luego dio título a aquella hermosa canción, bastantes años antes de que Jaime volviera a utilizarlo para componerla, omitiendo la preposición a, del mismo modo que lo hicimos entonces para que la letra encajara de manera adecuada en la musiquilla de la lotería. Ello dio origen en un momento muy posterior hasta a una tercera página de Abc de aquel gran lingüista y académico que se llamó Fernando Lázaro Carreter, de esas espléndidas que titulaba El dardo en la palabra, quejándose, creo que esta vez de manera poco acertada, de lo inapropiadamente que se expresaban algunos grupos musicales a la hora de ponerle título a las canciones. La verdad de todo ello era mucho más sencilla, y no dejaba de ser una deliberada licencia que Jaime se permitió tener con su infancia y con la de todos nosotros, importándole bastante poco que a la gente –comprensiblemente– no acabara de parecerle correcta la omisión de la preposición. Después de tener puesta toda la mañana la televisión con el sonsonete de las pedreas y la variación de cuando se daba premio —que era exactamente la que coreábamos todos los hermanos con aquella particular alteración de la letra—, resultaba inevitable continuar reproduciéndolo hasta bastantes meses después de las navidades, y tan contentos, oiga.
La Nochebuena era la fiesta de nuestra madre, sin duda. La vivía y disfrutaba como ninguna otra, haciendo todos los preparativos y cocinado desde el día anterior. Nunca sintió particular entusiasmo por estar entre pucheros y cacharros. Siempre dijo que cocinaba diariamente por obligación, pero en Nochebuena la cosa cambiaba y se notaba que se esmeraba particularmente y hasta le gustaba. Nuestra cena solía consistir en un singular guiso de cordero cuya receta, parece que de origen francés, es poco usual por estos pagos: primero ponía el cordero troceado en una gran olla a guisar lentamente junto con muchísimas verduras: zanahoria, puerro, apio… Una vez así cocinada, ponía la carne a dorarse en el grill del horno y la servía luego acompañada de la salsa hecha con el caldo de la cocción y las verduras tamizadas y una  guarnición de patatitas y cebollitas francesas salteadas con mantequilla. Un guiso intenso en el que el sabor de carne y verduras se reforzaban mutuamente de manera muy afortunada. Un poquito de vino blanco no le habría ido mal, pienso yo al evocar aquel condumio, con la perspectiva de los años.
Y ningún año fallaba, durante tres o cuatro seguidos que ocurrió: nada había que me gustara más en mi infancia que la mayonesa. Creo que alguna vez, a los once o doce años, me compré un bote pequeño de mayonesa Musa, que era la marca preferida de mi paladar, y me lo tomé entero y a la paz de Dios con una cucharilla, sin que por ello en mi cuerpo se registraran mayores consecuencias. Así que los espárragos que formaban parte de la entrada de la cena de Nochebuena me agradaba comerlos bien embadurnaditos de tan consistente salsa, lo que, casi de manera ritual y año tras año, no dejaba de irritarle a mi padre, que me increpaba de manera algo desproporcionada:
—¡No le pongas tanta mayonesa a los espárragos, puñeta, que haces que pierdan todo el sabor!
Lo cual a mí, que era un niño particularmente sensible a gritos e imprecaciones, me hacía brotar el llanto de manera inmediata y me llevaba a levantarme de la mesa y a abandonarla momentáneamente. Mi regreso a la dinámica de la cena familiar solía coincidir, casi exactamente, una vez secadas las muy sinceras lágrimas, con el anuncio por parte de mi  madre de que iba a proceder a servir el cordero. Afortunadamente, mi progenitor se daba por enterado de que era mejor dejarme en paz, al menos hasta el año siguiente, en que el suceso volvía a ocurrir,  y yo podía continuar cenando con total garantía de no volver a ser perturbada tan suculenta ingesta por ninguna amonestación más.
Qué bonita era la semana que media entre el día de Navidad y la Nochevieja, con el día de los Inocentes por medio. Días en que nuestro padre nos llevaba a ver la iluminación navideña, visitábamos el belén de la plaza Mayor e íbamos al Cine de la Prensa o a ver alguna representación teatral, como una excelente versión de Sonrisas y lágrimas que pusieron en el Teatro de la Comedia protagonizada por los Aguirre, a quienes  llamaban la Famila Trap española, una familia numerosa de cantantes que luego fue cantera de buenos profesionales del mundo de la música ligera española. (Dos de las hermanas, por  ejemplo, formaron parte de aquel famoso Trío La-la-la, que participó junto con Massiel en aquel Festival de Eurovisión que la apodada —con  mucha y sabia retranca, por cierto— Tanqueta de Leganitos logró ganar para nuestro país en 1968.)
Nochevieja y adolescencia podían suponer una mezcla peligrosa y acrecentar las tribulaciones sentimentales de un zangolotino casi lleno de tantas quimeras como espinillas se podían contar en su cara. Sobre todo cuando ibas viendo que, tras la cena, tus hermanos mayores se acicalaban y hasta se trajeaban —en el caso de Gonzalo y Fernando— para ir a las  fiestas de fin de año a las que habían sido invitados, mientras los pequeños nos quedábamos en casa con muy frustrados deseos de acudir a alguno de estos saraos. Qué ilusión la del primer año que logramos organizar nuestra primera fiesta la pandilla habitual en un piso de estudiantes de la calle de Santiago cuya llave me dejó un compañero de la facultad que pasaba las vacaciones en su casa, fuera de Madrid. Tras numerosas gestiones, al principio ilusionantes pero pronto defraudas, tan sólo logramos que acudiera una chica, para ocho o nueve tíos que éramos. Miento: al principio de la noche estuvieron otras dos, pero pronto se fueron a otro festejo que tenían. Así que Celia, que era una chica muy guapa y muy simpática, no tuvo más remedio que pasarse la noche bailando con un tío tras otro, sin que su comportamiento resultara, en ningún momento, inapropiado o lascivo. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, creo que aquella chica actuó aquella noche con auténtica  generosidad, por el simple afán de complacernos y hacer que pasáramos una noche agradable, otorgándonos a todos nuestro momento de gloria bailando «agarrao» con ella, sin que la cosa pasara de ahí. Las proposiciones que le hicimos  algunos, cómo no, para irnos juntos a un cuarto anexo las rechazó con total delicadeza procurando que no nos sintiéramos mal con la negativa. Lo que sí recuerdo es que yo personalmente no me sentí  precisamente muy contento conmigo mismo al día siguiente por ser uno de los que le hicieron tal propuesta.
Y del día de Reyes queda reconocer que las mágicas ilusiones y expectativas depositadas en que nuestro valedor el paje Elgorriaga, quien vigilaba desde los tejados nuestro comportamiento, les transmitiera a sus majestades nuestras desmandas sobre los juguetes que más nos gustaban, raramente fueron cumplidas, ésa es la verdad. Recuerdo como excepción un año en que nos trajeron, por fin, el deseadísimo Scalextric, el juguete del que, con diferencia, más he disfrutado en mi vida. Algo paradójico en alguien como yo, que, años después, ni siquiera fue capaz de sacarse el carné de conducir.

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