Alberto Urrutia

Capítulo 8: Noches de claro en claro, días de turbio en turbio

CC INF

Acusé tremendamente el paso del colegio a la para mí malhadada Facultad de Ciencias de la Información, donde comencé a cursar los estudios de periodismo. El grueso del bachillerato lo hicimos Fernando, Julio, Jaime y yo en la que se llamaba entonces Institución San Isidoro, hoy convertida en instituto de segunda enseñanza. Situada en un lugar privilegiado, el que llaman Parque Metropolitano de Madrid, una preciosa zona residencial situada entre Moncloa y Cuatro Caminos, era, aún cuando fuimos nosotros, un internado para huérfanos de periodistas al que podían asistir también, mayoritariamente en condición de mediopensionistas, hijos de periodistas de Madrid y aun algunos otros alumnos de familias residentes en el barrio, sobre todo las cercanas calles de Isaac Peral, Cea Bermúdez y San Francisco de Sales.

Todos los antiguos alumnos de aquel colegio guardamos un gran recuerdo del mismo. Promovido por el Ministerio de Información y Turismo, con el entonces “aperturista” Manuel Fraga a la cabeza, el colegio tenía un proyecto pedagógico en el que ya afloraban valores propios  de sociedades más avanzadas que la que estábamos viviendo (primera parte de los setenta). No  se nos pretendió inculcar, en absoluto, los valores de la tradicional educación nacional – católica muy  vigente aun en aquellos años, y a algunos de los profesores que tuvimos, casi los veneramos aun hoy como responsables de habernos abierto las mentes y los ojos a mundos del conocimiento a los que dudo mucho que hubiéramos podido acceder en otros colegios al uso. El autoritarismo y el palmetazo y tentetieso estaban también fuera de lugar allí y la tranquilidad del casi idílico marco en el que se encontraba situado el colegio contribuía también enormemente a que nuestro paso por allí transcurriera de manera casi placentera. Las clases no eran mayores de quince o veinte alumnos – cinco o seis en el caso de los de letras, como era el caso de Julio, Jaime  y mío -y de este modo las amistades surgidas de la convivencia diaria se estrechaban también enormemente.
Así que pasar de ahí a otro lugar absolutamente masificado, en un edificio de aspecto algo siniestro, el llamado “bunker” que alberga a Ciencias de la Información – nunca entendí el por qué de tan pomposo nombre – fue todo un trago que creo que nunca acabé de digerir del todo. Quedé conmovido, sintiéndome completamente comprendido y hasta desagraviado cuando Alejandro Amenábar estrenó Tesis, su  excelente ópera prima, en la que los sótanos de ese amedrentador edificio sirven para la realización de una “snuff movie” con el pobre personaje encarnado por  Ana Torrent como protagonista. Y es que mi facultad me pareció siempre un lugar siniestro, inhóspito, desalentador de vocaciones como también se encargaron de relatar, además de Amenábar, otros relevantes personajes como el también director de cien Fernando Trueba. Confieso aquí que, cada tarde que iba – elegí las clases vespertinas antes las de la mañana por consejo de mi hermano Gonzalo, quien me aseguró que iba gente mucho más interesante por la tarde que por la mañana-  me sentía casi agredido por aquella inmisericorde masificación, aquel vocerío sin fin y la tremenda despersonalización que sentías cuando un tipo sentado sobre un estrado, generalmente de aquellos profesores que llamaban “penenes” (profesores no numerarios) dictaba una lección con más desgana que otra cosa.

Decidí ir a  clase lo menos posible, y no puedo por menos de agradecer de nuevo a aquellas laboriosas y generosas chicas, que solían sentarse en  las primeras filas del aula, compañeras de promoción curso tras curso, la deferencia que tuvieron para conmigo de prestarme los apuntes, generalmente un par de días antes de los parciales para aprenderlos de mala manera con alfileres e ir aprobando las asignaturas  sin mayor pena ni gloria, año tras año, hasta acabar, por fin, cinco cursos después de que se iniciara aquel suplicio. Algo bueno sí saqué de allí, además de algunos confusos conocimientos de dudosa conveniencia práctica: dos grandes amigos llamados Carlos Sandoval -que lo sigue siendo hasta hoy mismo- y José Joaquín Rodríguez Lara, punta de lanza del periodismo extremeño ya desde los días del advenimiento de la Democracia hasta nuestros días.
Yo con 18 añosMe convertí  en un noctámbulo empedernido, y además me  emborrachaba todas las noches, pero no con alcohol de beber, – que también pudo haber algo de ello en salidas con amigos-  sino con letras de leer: Galdós, Baroja, Delibes, Torrente Ballester, Umbral… Ésa fue la embriagadora  absenta que tomé durante muchísimas noches de lectura apasionada y casi febril. De este modo comenzaron a discurrir en mi vida las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como las del hidalgo Don Quijote, aun creyendo yo ser mucho más sanchopancesco, tanto de hechuras físicas como de carácter y así  pasé, en definitiva, gran parte del tiempo que debía de haber dedicado a la universidad.
Resultó que, en lo que podía ser una flagrante contradicción con mi edad, fui descubriendo que me gustaban la soledad, el silencio, la tranquilidad y esa indudable magia y poesía  tan celebrada que pueden tener, por ejemplo,  una hora nocturna como las cuatro menos cuarto de la madrugada.  Durante días y días mi jornada pudo consistir en cenar, ver la televisión en unión de mi madre y  varios de mis hermanos, y casi aguardar ya a que todos se fueran a la cama y la casa quedara en silencio. Surgía entonces otro yo, el que tal vez haya pervivido en el tiempo, y comencé a encontrar un súbito placer en el silencio de la noche  y en la lectura absorbente y ensimismada mientras las horas pasaban sin apenas notarse. Qué delicia descubrir  por ejemplo, las Aventuras de Sherlock Holmes y dejar que sir Arthur Conan Doyle me transportara hasta el 23 de Baker Street, noche tras noche, para seguir de la mano de su pluma los apasionantes casos a resolver por el excéntrico detective del macferlán y la cachimba, y  su inseparable doctor Watson. ¡Qué capacidad evocadora la de la imaginación disparada a partir de la lectura! ¿Dónde estuve a eso de la cinco menos cuarto de la madrugada de un 7 de febrero de 1974, pongo por ejemplo? ¿Tambado en el sofá del salón comedor de la casa familiar en o en el mismísimo Londres de finales del siglo XIX? No voy a llegar al extremo de  decir que  confundía  la realidad con la fantasía, como llegó a ocurrirle en la genial invención cervantina al hidalgo manchego, pero desde luego, la lectura conjugada con mi fantasía me ofrecían unas sugestiones deliciosas, a todas luces mucho más atractivas de atender que la cotidiana realidad  doméstica, docente, social y política que acaecía en fechas próximas o coincidente con la muerte de Franco. En realidad, me doy cuenta ahora de  que, cuando todos dormían, en mi casa y en Madrid entero, yo  empezaba a vivir.

El hechizo mágico de la noche confabulada con las horas de  lectura -pudieron ser varios cientos de novelas las que devoré en aquellos años, fundamentalmente de literatura española- venía a romperlo todas las madrugadas, a eso de las seis, el paso por el último tramo de la calle Goya del 30, recién partido este autobús de su  punto inicial en la próxima avenida de Felipe II. Entonces se me encendía como una alarma interior que me decía que debía ir recogiendo mi recogimiento, plegar las velas de la irrealidad alimentada por la evocación literaria (tal vez Salvador Monsalud jugándose la vida en uno de los galdosianos Episodios nacionales que leí enteros con total apasionamiento) y meterme en la cama. Pero me ocurría a veces que, engolosinado con el veneno de la lectura, no podía abandonarla y  encendía la luz del cuarto para continuarla. ¡Pobre de mi hermano Julio, cuántas veces le desperté irritado y me exigió que apagara la luz! Lo malo para él era que, muchas veces, aguardaba a que se quedara dormido, en la esperanza de que su sueño fuera lo suficientemente profundo para que no volviera despertarse, y yo volvía a encender la luz hasta una probable y aun más irritada  y comprensible nueva queja suya.

Quij JPGMuchas madrugadas de aquellas las solía rematar también, sobre todo en  verano, vistiéndome y yendo a la churrería de Felipe II a comprar unas porras para desayunar con un café que me hacía al regresar. Por si pudiera servir de cierto desagravio por las molestias causadas a la familia a causa de mi noctámbulo comportamiento, dejo aquí constancia de que adquiría porras en cantidad suficiente para que al levantarse mis hermanos y mi madre se dieran el placer de disfrutar el desayuno preferido de los Urrutia. Nuestra madre, como mucho llegaba tomarse una, un pajarillo comiendo como era la pobre mujer.

Lo malo de todo esto fue  que, durante largas épocas, y subyugado como estaba por la lectura, prolongaba  el tiempo de vela nocturna  cada día más, de tal modo que  un día me dormía, a lo mejor, a las seis y media y al día siguiente podía hacerlo a las siete, y al otro a las siete y media… La consecuencia es que, lógicamente, mi despertar  ocurría cada vez a hora más tardía: un día me levantaba a las dos, el siguiente a las dos y media y así sucesivamente. Era fácil que me acostara a las doce del mediodía para despertarme a las ocho de la tarde. La verdad es que cuando abría los ojos en una de esas ocasiones no me sentía precisamente satisfecho de mí mismo: no había ido, un día más, a la facultad, lo que era mi principal obligación y no dejaba además de resultarme  desquiciante tener un ritmo de vida que iba completamente a contrapelo del de la mayoría, sin que mediara para ello causa de fuerza mayor alguna.
-Alberto, eres un esclavo de ti mismo -comentaba mi madre cuando me veía  amanecer a una hora tan a despropósito. Y era cierto. Me sentía incapaz de disciplinarme mínimamente, pero también es verdad que tampoco lograba encontrar gran aliciente fuera de las horas de lectura, en lo que debía de ser mi vida normal. Afortunadamente y con los años, mi afición a la lectura fue decreciendo de manera paulatina para hacerse tal vez más selectiva y, finalmente, confieso que ya  casi ni eso, excepción hecha de algunos fuertes enamoramientos que tenido con la obra de varios poetas y uno reciente y extemporáneo – en otros momentos anteriores en que traté de leerlo no acabó de entrarme – con ese genio de las letras universales llamado Charles Bukowsky, cuya obra continúa cobrando mayor importancia cada día que pasa y en cuyas primeras traducciones al castellano tienen tanto que ver personas tan cercanas y queridas para mí como el inolvidable Jorge Berlanga, en colaboración con mi encantadora e inteligentísima “cuñada”, May Paredes.

En los últimos años siempre he pensado que mi adolescencia -como probablemente, la de  casi todos- y mi primera juventud resultaron casi atroces. Durante el tiempo que duró me fue imposible dar pie con bola. Tratar de manejarme en  la dura realidad de entonces era tarea poco menos que imposible y casi ningún logro me fue factible. Los complejos, las dudas  y el miedo eran el principal componente de mi espíritu y creo que finalmente me defendía de todo ello con aquellas largas noches de lectura compulsiva. Pero a día de hoy parece que comienzo a ver algunas grietas en este negativo panorama: no dejé de procurarme, gracias a las obras de los extraordinarios autores que leí, la formación intelectual que demandaba mi espíritu, y no la muy cuestionable que me proponían, y obtuve momentos de inolvidable deleite gracias a la lectura y al efecto que  produjo en mi fantasía.

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